OPINIÓN E IMAGEN

TENSIÓN: Aznar disgusta al Ppa y espanta el voto católico

Los días 3 y 4 de mayo, después de casi diez años, Juan Pablo II visita España. Lo hace en el peor momento para el Gobierno Aznar, golpeado duramente por la guerra de Iraq en donde más le duele: en la credibilidad de su líder, en su unidad y en su conciencia, mayoritariamente católica. La primera visita del Santo Padre a España durante el mandato del PP, un partido que luce el estandarte cristiano como importante reclamo, se ha convertido, paradójicamente, en el peor azote para José María Aznar. El "No a la guerra" de Su Santidad confirma la fractura entre el Vaticano y los dirigentes populares y, probablemente, entre éstos y un considerable número de votantes.

Por Ana Pardo de Vera

L a concejal popular de La Laguna (Tenerife) Raquel Lucía Pérez ha sido la primera en reconocer, la semana pasada, que votó a favor de la moción en contra de la guerra en el último pleno extraordinario del ayuntamiento, porque el ataque a Iraq no se justifica, entre otras razones, "desde el punto de vista cristiano".

A Pérez, como, sin duda, a muchos representantes y votantes del PP, su conciencia le ha obligado a optar entre sus principios católicos y su ideología popular, o sea, personalizando el dilema, entre el Papa y Aznar. Plantear hace unos meses tal disyuntiva hubiera parecido un disparate, porque, aunque el PP es un partido laico –ahora es muy frecuente oír esta aclaración entre los responsables populares–, lo respalda una fuerte mayoría cristiana y católica, empezando por el conservadurismo que, en ese sentido, esgrimen tanto el presidente Aznar como su esposa, Ana Botella.

En el Partido Popular se han echado a temblar desde que el Papa, de 83 años, inició su campaña antiguerra, al enterarse de las intenciones de Bush y sus aliados para atacar Iraq aun en contra de la ONU, un organismo que cuenta con el respaldo absoluto del Vaticano. Lo hizo, además, con una fuerza inesperada para su precario estado de salud, y es que dicen sus colaboradores que se crece en la adversidad, aunque, al mismo tiempo, reconocen el éxito de un nuevo tratamiento para el Parkinson, de la fisioterapia y del reposo al que se le había obligado.

A nadie es ajeno en la calle Génova que, entre la opinión del Santo Padre y la de José María Aznar, sus votantes católicos –al menos, los más conservadores– se decantarán mayoritariamente por el primero. Irse a dormir con la conciencia en desasosiego por respaldar una opción política, que, a su vez, apoya la guerra, es un esfuerzo poco probable, viniendo de un electorado desencantado, razonan en el búnker popular. A ello se suma lo que a nadie en el partido es ajeno: el clero es un fuerte creador de opinión pública, y si hace falta, como ahora, en contra del PP.

El descontento de Juan Pablo II con el presidente del Gobierno español, a quien conoció como líder de la oposición, junto a su esposa e hijos, durante una recepción privada en 1993, no tiene precedentes, sobre todo, por lo mal que ha encajado el Santo Padre el salto a la torera que Aznar ha hecho de sus sucesivos ruegos pacificadores. El enfado del Pontífice ha dado mucho que hablar: que Juan Pablo II llegó a golpear la mesa ante Aznar, al ver que no atendía a sus ruegos antiguerra, puede ser sólo un rumor y, en cualquier caso, no pasa de la mera anécdota, pero que Su Santidad le espetó con dureza al presidente español que lo que estaba haciendo con Iraq no era ni "cristiano ni evangélico" semeja una dura evidencia, que ha sido recogida por varios medios de comunicación.

Nunca el Vaticano había hecho tantas gestiones diplomáticas para parar una guerra, sin éxito. Tampoco lo logró en la Guerra del Golfo, aunque entonces no mostró tanta vehemencia. A pesar de que el Papa intentó convencer a Bush de su postura pacífica, enviándole a un emisario del Vaticano a EE UU –el cardenal Pío Laghi, a principios de marzo–, el presidente de los EE UU hizo caso omiso. Lo mismo ocurrió con el primer ministro británico, Tony Blair, que acudió al Vaticano con su esposa Cherie –católica practicante– con las mismas intenciones que Juan Pablo II, pero en sentido contrario: el premier británico intentó convencer al Su Santidad de que la guerra era, ya, la única opción de acabar con la dictadura de Saddam Hussein. Blair no convenció al Papa, pero tampoco el Papa persuadió al líder laborista de que sólo el desarme bajo el control de la ONU era la opción cristiana. El matrimonio y sus hijos recibieron la comunión de manos de Su Santidad, a pesar de las creencias anglicanas de Tony Blair –en Gran Bretaña existe desde 1998 una dispensa para que la parte no católica de un matrimonio mixto pueda comulgar en circunstancias especiales–, pero se fueron del Vaticano como habían llegado: con el "Sí a la guerra".

Además, en un intento desesperado por frenar el ataque a Iraq, Juan Pablo II había recibido en el Vaticano, a mediados de febrero, al viceprimer ministro del país amenazado, Tarek Aziz –cristiano caldeo–, para que le transmitiese su ruego a Saddam Hussein: obedecer a la ONU para evitar el castigo de EE UU, que, según la preocupación del Santo Padre, se cebaría en una población iraquí exhausta tras doce años de embargo. No contento con eso, en las mismas fechas, un enviado del Vaticano, el cardenal Roger Etchegaray, viajaba a Bagdad para entrevistarse con el dictador iraquí. "Saddam desea evitar la guerra", concluía Etchegaray de su visita y regresaba al Vaticano con la petición de Hussein para que el Papa intentase evitar el ataque de EE UU y los aliados a su país. El dictador iraquí confiaba en la diplomacia e influencia de Juan Pablo II para evitar la masacre, aunque su gestión, finalmente, y la aparente obediencia de Saddam, no hayan servido de nada.

Durante el mes de febrero, los esfuerzos diplomáticos del Vaticano llevaron también al despacho del Pontífice al ministro de Exteriores de Alemania y presidente de turno del Consejo de Seguridad de la ONU, Joshka Fischer, y al secretario general de la ONU, Kofi Annan, ambos dentro de la opción papal: evitar el conflicto..

Respecto a la postura de Bush y Blair, Juan Pablo II poco más podía hacer, pues, como se sabe, el presidente estadounidense practica creencias metodistas y el británico, anglicanas (ver, Fuera de la potestad papal). Pero con el presidente español, las cosas cambian. Aznar es católico, escrupuloso practicante y siempre ha hecho gala de ello, además de que el partido que lidera, y que gobierna, jamás ha disimulado la fuerte impronta católica que existe en sus filas. El Papa, máxima autoridad de los católicos, ha dicho "No a la guerra" y Aznar le ha respondido que "Sí", por lo que la visita del Pontífice a España, apenas 20 días antes de las elecciones municipales y autonómicas, ya se considera el más sonoro alegato contra la política de Aznar, una incuestionable sangría de votos que escaparán del PP.

Los esfuerzos de la CEE y el hartazgo de Rouco. Los delegados del Santo Padre en España, los miembros de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que preside el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, han encontrado en el apoyo incondicional de Aznar a las tesis belicistas de Bush la gota que ha colmado el vaso de una larga lista de desencuentros entre el máximo órgano de los obispos y el presidente del Gobierno, especialmente constatados desde hace dos años.

El prelado gallego, tan templado en sus formas como contundente en sus argumentos, ha mostrado su inflexible rechazo a la guerra allá en donde se le pregunta. Incluida su última comparecencia ante los medios de comunicación, un desayuno con periodistas celebrado en el madrileño Hotel Ritz, celebrado dentro del Foro Nueva Economía el viernes pasado, en donde Rouco Varela insistió en las tesis pacificadoras de la CEE, por extensión de las de Roma.

La Conferencia Episcopal lanzó su manifiesto contra la guerra, que permanece colgado de la página web de la CEE, cuando comenzaron los bombardeos sobre Iraq, y en las diócesis, los colegios religiosos, las iglesias y, en definitiva, en los lugares de reunión cristiana, el clero se esfuerza por transmitir el mensaje del Vaticano, que tanto corean en las calles multitud de manifestantes, aun no católicos: "No a la guerra", y, sobre todo, "No a la guerra preventiva", una acuñación norteamericana para justificar su ataque, que, especialmente, monseñor Rouco Varela se esfuerza en censurar.

Las tesis de Roma son las tesis del presidente de la CEE –"Una guerra calificada de preventiva no es éticamente aceptable desde el punto de vista de la misión católica"–, pero no son, evidentemente, las tesis de José María Aznar. Una vez más, las autoridades eclesiásticas se alejan del presidente del Gobierno y, en esta ocasión, amparadas por el máximo respaldo, el del Vaticano. Tal vez no se llegue a excomulgar a José María Aznar, aunque, como señalaba hace unos días el arzobispo de Madrid, el Papa "podría hacerlo", pero ya hay en la sociedad quien trabaja para ello.

De momento, existe en Internet una campaña para solicitar la excomunión de Aznar y sus ministros, promovida por un movimiento denominado "Cristianos contra la guerra", que agrupa a cristianos de Asturias que intentan recabar adhesiones a su campaña para hacerlas llegar a las sedes episcopales. Por ahora, este movimiento pacífico y religioso recaba firmas para un documento que pretenden enviar al Arzobispado de Oviedo, pero desean que esta misma iniciativa, que viaja por la Red, tenga "la mayor repercusión posible en la sociedad y en los medios de comunicación". Además, la iniciativa de este grupo asturiano no se limita a Aznar: piden la excomunión de todos sus ministros. Especialmente cuestionada está siendo la del ministro de Defensa. Federico Trillo-Figueroa, supernumerario del Opus Dei, la fracción más conservadora de la Iglesia Católica, y tremendamente estricto con sus prácticas religiosas –según fuentes del ministerio, acude a misa diariamente–, no ha dudado ni un momento en apoyar la intervención armada en Iraq. Muy ilustrativa a este respecto resulta una de las Cartas al Director publicada en el diario El Mundo del 28 de marzo, en la que el autor, que se confiesa votante del PP "hasta el pasado día 21", además de "cartagenero" y "católico practicante", se pregunta si el ministro de Defensa "tendrá la desfachatez y falta de ética de portar el paso en la próxima Semana Santa de nuestra tierra", Murcia.

"Cristianos contra la guerra" solicita también una condena similar a la excomunión católica para Bush y Blair en sus respectivas confesiones, metodista y anglicana.

Mientras la sociedad católica se moviliza, la Conferencia Episcopal trabaja en contra de la guerra, lanzando su mensaje de paz a diestro y siniestro. Las distantes relaciones entre Rouco y Aznar, que parecían haberse aliviado un poco antes de la guerra, vuelven a un punto de tensión, en este caso, de difícil retorno.

La última vez que se reunieron Aznar y Rouco Varela fue en diciembre del año pasado, precisamente, para preparar los detalles de la visita del Papa a España, que se sabía tendría lugar en primavera, aunque sin fecha concreta. La visita, la quinta que Juan Pablo II efectuará a España, tras las llevadas a cabo en 1982, 1984, 1989 y 1993, se hace con el propósito oficial de que el Papa canonice a los beatos madre Maravillas de Jesús, madre Genoveva Torre, padre Rubio, sor Ángela de la Cruz y padre Poveda, aunque el fantasma de la guerra ha ocupado su sitio destacado, ensombreciendo las canonizaciones en una visita que se considera, sobre todo, un clamor por la paz.

Anteriormente a su reunión en La Moncloa, Rouco había oficiado en la basílica de El Escorial el matrimonio entre la hija del presidente del Gobierno y Ana Botella, Ana Aznar, y Alejando Agag, en septiembre de 2002. Entonces se comentó que el presidente de la CEE había acudido a regañadientes a celebrar el sacramento, debido al boato que se le dio a la ceremonia y que tan poco casa con el carácter del arzobispo de Madrid. Sin embargo, al parecer, Ana Botella se lo había pedido personalmente y monseñor Rouco no había podido negarse, bajo riesgo de generar más polémica, bien justificada, en torno a sus tirantes relaciones con Aznar.

Hace casi dos años, a mediados de abril de 2001, estallaba un duro desencuentro entre la Conferencia Episcopal y el Gobierno español. El diario El Mundo publicaba en portada la intención del presidente de la CEE, monseñor Rouco Varela, de que los etarras fuesen excomulgados. La noticia, rotundamente falseada, según los portavoces del máximo órgano de los obispos, marcaba para siempre las relaciones entre el Ejecutivo de Aznar y la Conferencia Episcopal que, a partir de entonces, según confirmaba un portavoz de la CEE a El Siglo, irían "lentas". Disgustados y desolados, como confesaron sentirse los prelados, monseñor Rouco Varela concluía extraoficialmente, según fuentes muy cercanas al arzobispo de Madrid, que la filtración había procedido de La Moncloa, incluso, del propio Aznar. Efectivamente, y tal y como se pronunció entonces el interlocutor de esta revista, "¿De dónde si no?".

La desconfianza se instalaba entre el poder católico y el Gobierno en España. En esas fechas (ver El Siglo, núm 458: La Iglesia no se somete. Las claves del desencuentro Aznar-Rouco), un viejo amigo del arzobispo madrileño reconocía a este semanario que el problema terrorista en Euskadi, con toda la polémica de los obispos vascos, estaba erosionando las relaciones entre Aznar y Rouco, "que es conservador, pero que, ante todo, es un demócrata".

Para esta fuente, al presidente de la CEE no le era ajeno que lo que Aznar pretendía era poner a las autoridades eclesiásticas "de parte del Gobierno", de forma sumisa. Para Rouco, según este amigo, Aznar esgrime un severo "autoritarismo" y, aunque su objetivo final sea machacar los llamados nacionalismos periféricos, especialmente el vasco", él no es más que un "nacionalista español".

Además, el arzobispo madrileño se mostraba profundamente contrariado con la manipulación mediática que el Ejecutivo de Aznar estaba llevando a cabo entonces y que alcanzó su mejor prueba –lo que dio la razón al descontento de Rouco– con la filtración, falsa, según los obispos, de la supuesta excomunión de los etarras, un tanto que, de llevarse a cabo, se apuntaría José María Aznar.

La política antiterrorista del Gobierno ha sido el principal motivo de fricción entre las autoridades eclesiásticas españolas y el Gobierno. Quedó constancia con la firma del Pacto Antiterrorista por parte de PP y PSOE, que la CEE se negó a rubricar, ganándose duras críticas por parte del Ejecutivo y de la oposición y volvió a resurgir con el cacareado tema de la excomunión de ETA. Pero éstas no son las únicas razones del desencuentro Aznar-Rouco, ahora especialmente grave con el tema de la guerra.

El mantenimiento del estatus quo del aborto legal; la autorización y comercialización de la RU-486, la píldora abortiva; permitir la llamada "píldora del día después"; la ausencia de una política pro-natalidad; el bloqueo en la situación de las clases de religión, cada vez más arrinconadas, según los obispos; el mantenimiento de la misma línea moral y cultural en las emisiones de la televisiones públicas que la seguida por el PSOE, o las leyes de parejas de hecho promovidas en algunas Comunidades Autónomas, son otros motivos que han ido erosionando las relaciones entre la máxima autoridad de la Iglesia Católica en España, la CEE, y un partido, el PP, que, hasta hoy, caminaba con la bandera del catolicismo pegada a la frente.

Fuera de la potestad papal

Aunque es deseo expreso de algunos cristianos, que ha dado lugar a alguna confusión en la polémica Vaticano-Iraq desde que ésta ha estallado, ni el presidente de EE UU, George Bush, ni el primer ministro británico, Tony Blair, pueden ser excomulgados por el Papa, pues las confesiones de ambos mandatarios, metodista y anglicana, respectivamente y cuya doctrina es resumida a continuación, escapan a la jurisdicción del Vaticano. Juan Pablo II, en su lucha diplomática contra la guerra, se ha tenido que limitar a tratar de influir en las posturas de Bush y Blair, sin éxito. No habría pues, condena o castigo para ambos gobernantes por parte del Vaticano, que sí podría tomar medidas con la postura de José María Aznar, católico practicante. Sin embargo, tanto la Iglesia metodista como la anglicana se han pronunciado abierta y contundentemente en contra de la guerra en Iraq.

LA DOCTRINA METODISTA DE BUSH

Esencialmente, la doctrina es anglicana y anticalvinista.

La salvación es para todos, libre y segura.

La salvación se experimenta, es decir, se siente. Uno se da cuenta claramente de que "ha nacido de nuevo" y de que su alma "ha resucitado del pecado a la vida".

Su doctrina se puede resumir en esto: ¿Crees en Jesucristo? ¿Crees que tus pecados han sido perdonados? Pues estás salvado.

Una vida honrada y de auténtica santidad es la señal externa de la salvación interior.

En una segunda venida de Cristo, los santos serán arrebatados a su encuentro. Seguirá el regreso visible de Cristo con todos los santos, para reinar en la tierra durante mil años. Entonces, los judíos como pueblo aceptarán a Cristo y habrá paz universal.

n Admiten el bautismo como el inicio de la vida cristiana.

Admiten también la cena del Señor como centro del culto y alimento espiritual.

Aunque el matrimonio no sea un sacramento, no conviene fomentar el divorcio.

Los sacerdotes pueden contraer matrimonio.

El metodismo está decididamente a favor del ecumenismo.

LA DOCTRINA ANGLICANA DE BLAIR

El Rey o la Reina de Inglaterra es el jefe de la Iglesia anglicana, aunque aparte de esto, es igual a la Iglesia católica, si bien mantienen notables diferencias en la interpretación de ciertos sacramentos, como son:

La confesión es una mera declaración del perdón concedido por Dios. La Iglesia católica enseña que el ministro perdona en nombre de Dios.

Jesús está espiritualmente presente en el pan y vino consagrados. La Iglesia católica enseña que Jesús está totalmente presente con cuerpo, sangre, alma y divinidad, aunque sea bajo las formas del pan y del vino.

Con relación al orden sacerdotal, los anglicanos, al separarse del Papa en 1534, eran verdaderos obispos y sacerdotes, aunque actuaban ilícitamente. Sin embargo, después, el rey Enrique VII nombró a Tomás Cranmer, que no era obispo, como titular de la Sede de Canterbury –el arzobispo de Canterbury está jerárquicamente después de la Reina y del Parlamento inglés– y su representante sobre la Iglesia anglicana. En 1880, el Papa León XIII declaró interrumpida la sucesión apostólica en la Iglesia anglicana, por lo cual, sus obispos y sacerdotes no son lícitamente ni válidamente consagrados.

La Iglesia anglicana permite el matrimonio de sus sacerdotes, así como el sacerdocio femenino

El frente de las parroquias

"Estamos rezando cada domingo en nuestras parroquias, como ha indicado el Papa, para que acabe la guerra", asegura Rafael Tomás Gómez de Salazar, secretario de la Fundación Familia de Nazaret, dependiente de las comunidades neocatecumentales y uno de sus destacados representantes en España.

Estas comunidades de católicos, fundadas en los años 60 por el español Kiko Argüello, son de las que más han crecido en número e influencia dentro del mundo diocesano español desde que el PP está en el poder (ver El Siglo del 8 de enero de 2001: La derecha católica avanza en España. Los ‘neocatecumentales’ se infiltran en seminarios y parroquias).

Su defensa de los valores de la familia tradicional, su llamada a las vocaciones sacerdotales y su fiel obediencia a las directrices del Vaticano los ha hecho un hueco al lado de otras congregaciones más fuertes y conocidas, como el Opus Dei o los Legionarios de Cristo, en las que Juan Pablo II viene apoyando su largo Pontificado.

Con menos significación pública que los seguidores de Escrivá de Balaguer o el mexicano padre Maciel (fundadores del Opus y la Legión de Cristo) los neocatecumenales, también conocidos como "kikos" por el nombre de su promotor, pueden representar una seria preocupación para el PP dada su mayor presencia en las parroquias de las distintas diócesis españolas y su implantación entre las clases medias y bajas.

Aunque el citado Gómez de Salazar señala que desde sus comunidades no han hecho llamamiento alguno a participar en las distintas movilizaciones contra la guerra –"eso es cosa de cada uno, nosotros somos personas normales y cada uno actúa en conciencia", señala– sí reconoce que siguen con fervor las indicaciones del Vaticano y del cardenal Rouco en sus oraciones al igual que ya se hizo hace tiempo cuando se pidió rezar en las misas dominicales para que se acabara el terrorismo.

Este "ambiente" contrario a la guerra que cada domingo, en las misas a las que también acude buena parte de dirigentes del PP, se afianza según se van conociendo los horrores del conflicto supone otro frente nada despreciable dentro del mapa electoral que maneja Génova y en el que las 23.000 parroquias españolas ocupan un lugar relevante.

Por I.S.


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