LOS DOSSIERES

No están todos los que debían estar, pero menos da una piedra. En nuestro afán de ser más tolerantes que nadie a nuestra derecha, os hemos seleccionado estos breves dossiercillos que los enemigos de España publican en libelos social comunistas. Te los dejamos leer. Luego si te han gustado da las gracias a los de la revista El Siglo y los de Interviú. Son de lo que ya no quedan.

Desconcierto en el PP : rajoy NO MANDA

Le obedecen porque es el sucesor del todavía jefe, así que, hasta ahora, no ha sido necesario que blandiese el rígido bastón de mando de Aznar. Ni siquiera que sus opiniones se manifestasen de forma tan contundente como las del presidente saliente. Sigue con su talante a la gallega, pero conforme se aplaca la euforia del nombramiento de Mariano Rajoy, el grueso del PP asiste desconcertado a brotes aquí y allá de encontronazos entre importantes dirigentes, inquietudes por acaparamiento de poder, premisas contradictorias de la línea más representativa del partido o amagos de rebeldía. No son ya ni uno ni dos los que preferirían que el líder popular “subiese o bajase” y se implicase de lleno, porque Aznar se va y es necesario que Rajoy le pida sitio y empuñe la vara de líder único.

Por Ana Pardo de Vera

T ras el entusiasmo inicial que supuso su nombramiento en septiembre, las alabanzas que llegaron de todas partes y los marianistas que empezaron a brotar en masa a su alrededor, llega la realidad de la asunción del puesto, y no en un contexto precisamente cómodo. Mariano Rajoy, reconocen en el PP, no lo tiene fácil, aunque parte a las elecciones generales de 2004 con la baza nada desdeñable de ser la cabeza de un partido que hoy está en el Gobierno con mayoría absoluta, cosa que no le ocurrió, sin ir más lejos, a José Luis Rodríguez Zapatero, cuando, en julio de 2000, sucedió a Joaquín Almunia, que había perdido las elecciones un año atrás y relevado a Felipe González, ex presidente del Gobierno tras una profunda crisis que acabó con algunos de sus altos cargos compareciendo ante los tribunales. Todo ello, con el episodio de bicefalia por el medio, que aunó por poco tiempo a Almunia y a Josep Borrell en el liderazgo socialista.

Sin embargo, y aunque José María Aznar ha hecho gestos indiscutibles –“más ceremoniales que otra cosa”, reconocen algunas fuentes muy cercanas al Gobierno– para demostrar que él se va y que quien se queda al mando, con todo “atado y bien atado”, es Rajoy, el secretario general del PP se mantiene a la sombra del presidente del Gobierno, que sigue representando la voz cantante del partido. La última demostración se hizo en el Pleno Extraordinario celebrado el pasado con motivo de la dramática muerte de siete agentes del CNI en Iraq.

Sorpresa en el hemiciclo cuando, en lugar del portavoz parlamentario, Luis de Grandes, subió a la tribuna de oradores el número uno del PP para defender las tesis del Gobierno tras el discurso de Aznar, pero si alguien en la oposición esperaba algún gesto del candidato popular a la Presidencia del Gobierno que, al menos, matizase el duro rechazo que hizo el jefe del Ejecutivo al consenso que le ofreció Zapatero, salió, sin duda, decepcionado. Sin desviarse ni un milímetro del discurso de Aznar, Rajoy hizo una intervención que no gozó de la repercusión que se pudiera esperar de la primera actuación del sucesor en el Congreso de los Diputados.

Fuera de las Cortes, los razonamientos sobre la oportunidad o no de la intervención de Rajoy se suceden: si el PP quería dejar apuntalada la imagen de continuidad del sucesor respecto al sucedido, la intervención del ex vicepresidente fue un éxito, aunque si lo que pretendía era un estreno rimbombante del líder popular en el Parlamento, no parece que la jugada le haya salido bien por el poco eco en los medios que logró el momento. Máxime, después de que la premisa del Gobierno tras el asesinato de los siete españoles en Iraq fuese la de no utilizar políticamente a los muertos.

La guerra no ha sido, en opinión de algunas voces del entorno popular, el mejor contexto para el estreno de Rajoy en el hemiciclo, especialmente porque, de todas las cuestiones que pudieran afectar a la credibilidad del Ejecutivo en los últimos tiempos (decretazo, Prestige, guerra en Iraq,...), el apoyo sin fisuras a la intervención de EE UU allí, una opción personal de Aznar, y la planificación de la posguerra, tropas españolas incluidas, es la que le ha alcanzado de lleno por el componente de rechazo que ha supuesto en la opinión pública. El último barómetro elaborado por el Real Instituto Elcano, el laboratorio ideológico del PP en política internacional, es buena prueba de ello: a la pregunta “¿Cree usted que la Guerra de Iraq ha merecido la pena?”, un 85% de los españoles aseguró que no, frente sólo a un 9% que respondió afirmativamente. El resto se abstuvo de contestar.

Los ‘enanos’ de Rajoy. Una de los argumentos favoritos de una persona que conoce bien al líder popular es el de que éste “no ejerce el bastón de mando como lo ha hecho y hace Aznar. Se ‘deja obedecer’, como quien dice, y en el partido han sido disciplinados hasta ahora porque es el sucesor del ‘jefe’ y se vivía un momento de euforia propio de su designación, pero esa situación no dura eternamente”. En privado, también, algunos altos dirigentes del PP, comentan que Rajoy no es capaz de mojarse como lo ha hecho hasta ahora Aznar en sus declaraciones de alto calibre político y que continúa caminando de perfil sobre los temas, granjeándose una imagen más propia de un “Jefe de Estado” que de uno de Gobierno. Y ya va siendo hora, creen, de que se implique, de que suba o baje y abandone su talante a la gallega.

Al mismo tiempo que la “euforia” postsucesoria se iba apaciguando, el partido, con Rajoy al frente, asistía a sus primeras discrepancias internas, desconcertados los observadores populares porque en la etapa Aznar, que da sus últimos coletazos, algunos episodios acontecidos estos dos últimos meses eran impensables.

Fundamentalmente, han salido con especial estrépito de los muros de Génova las diferencias entre la recién electa presidenta de la Comunidad de Madrid y el alcalde de la capital, después del tira y afloja tributario entre Alberto Ruiz-Gallardón y su partido, que asistió pasmado a la propuesta de subir el IBI en las viviendas madrileñas que permaneciesen vacías. El alcalde oyó, antes de la charla de Rajoy para que rectificase, la reprimenda del ministro de Economía, que aseguró que con la subida de impuestos no se mejoraban los servicios, y la advertencia velada de José María Aznar para que Ruiz-Gallardón diese una explicación convincente a su idea. El alcalde no levantó la voz al presidente, aunque asistió con satisfacción a las declaraciones de su esposa –Ana Botella, concejala, al fin y al cabo, de Gallardón, valoró positivamente lo que su marido pensó que requería explicaciones–, pero sí respondió a Rato: si alguien tenía algo que decirle es el secretario general del PP, e incluso apuntaba la posibilidad de dimitir. Rajoy entró en escena y convenció al alcalde para que rectificara.

El incidente hubiera pasado sin más, si no llegase la presidenta de la Comunidad de Madrid con un discurso de investidura que reabrió la herida Gallardón. En la Asamblea, Esperanza Aguirre anunció la bajada de un punto en el tramo autonómico del IRPF, un ambicioso plan de privatizaciones y una ley de estabilidad para la región. La presidenta madrileña se aplicó la receta de Rodrigo Rato y la restregó por la cara de su antecesor, presente en el acto, hablando de una necesaria “austeridad fiscal”. Posteriormente, en la toma de posesión de Aguirre, Ruiz-Gallardón no tomó la palabra –algo que sí había hecho el socialista Joaquín Leguina en la suya– y tampoco asistió, menos de un mes después, a la toma de posesión del nuevo Gobierno en la sede de la Puerta del Sol.

De la buena relación personal entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón, en la que ella ha insistido con su particular franqueza, nadie duda en el PP, aunque la armonía política no parece que sea una constante entre la presidenta y el alcalde. Hace menos de dos semanas, Aguirre lanzaba una nueva decisión contraria a la política seguida por el regidor capitalino en la Comunidad de Madrid al congelar el llamado céntimo sanitario de los hidrocarburos, implantado por Gallardón para financiar la sanidad madrileña. Éste aseguró que no se sentía “enmendado” por las propuestas de su sucesora en el cargo, aunque comentó que el sistema del céntimo sanitario “ha sido extraordinario para la Comunidad de Madrid”. En el PP están convencidos de que el goteo de encontronazos de los dos máximos dirigentes madrileños sólo acaba de empezar, y lo dicen con el temor que le tienen a cualquier acontecimiento que pueda poner en duda la cohesión de su partido, una de sus principales bazas frente al electorado. De Rajoy depende, creen, acabar con las diferencias entre Aguirre y Gallardón.

Aparte del de Madrid, al secretario general del PP se le abría no hace mucho tiempo otro frente en la Comunidad Valenciana. Algunas informaciones publicadas estos días, tanto en medios locales como nacionales, aseguran que Rajoy ya está volcado en solucionar este contratiempo, aunque otros, como digital Elconfidencial, sostienen que Aznar ha tenido que actuar para imponer orden. La situación se arrastra desde que Eduardo Zaplana, presidente del PP regional, llegó a Madrid en calidad de ministro, dejando como sucesor a Francisco Camps, que ganó las elecciones de 25-M con mayoría absoluta. Ahora que Zaplana se perfila en las listas de Rajoy como número uno por Valencia para las generales de 2004, toca redefinir el poder valenciano, que se divide entre los que son partidarios de que el portavoz gubernamental siga ostentando la presidencia regional y los que lo son de que ésta pase a manos de Camps. Por otro lado, los estatutos del partido prohíben que un líder popular regional sea diputado o viceversa, aunque en casos que beneficien claramente a la estrategia del PP, podría contemplarse la excepción, ésta que sería la baza que busca Zaplana. Siempre según Elconfidencial, Rajoy habría ofrecido al ministro una vicepresidencia y un ministerio, esto es, más poder en su potencial Gobierno, si le cede la baronía a Camps, que cuenta con el apoyo, entre otros, del poderoso presidente de la diputación de Castellón, Carlos Fabra.

Y en Cataluña, tras el amargo ascenso del PP en los comicios del 16-N, no son pocos los populares que aseguran que Josep Piqué no tiene intención de quedarse como líder de una cuarta fuerza parlamentaria. Él mismo, aseguran personas muy cercanas a Génova, se ha encargado de tantear el terreno para ver cómo acogerían en el partido su ubicación en el número uno de la lista barcelonesa, y lo ha hecho filtrando a la prensa que en el PP se baraja tal posibilidad, algo que no ha sentado muy bien a todo el mundo allí. Sin embargo, otras fuentes aseguran que Rajoy tiene en muy alta estima a Piqué y lo considera uno de los principales activos del partido, aunque no aprobara su comportamiento cuando al portavoz del Grupo Parlamentario Vasco, Jaime Mayor Oreja, se le ocurrió la brillante idea de asociar la “herencia de Pujol” con la “herencia de ETA” y el presidente del PP catalán declaró que Mayor había “roto la estrategia electoral”. Con la venia o no del líder nacional del PP, Piqué siguió despotricando contra el líder popular vasco en cuantos medios le preguntaron por el incidente y dando cuenta, de esta forma, de una fisura más de las tan temidas en el seno del partido, las que tienen como protagonistas a dos importantes dirigentes, a dos ex ministros que podrían volver a serlo.

¿Y qué le ha hecho Mariano Rajoy, gallego de pro, al presidente de la Xunta para que, en pleno y convulso debate sobre qué hacer para desbaratar las pretensiones del plan Ibarretxe, regrese con su cantinela sobre la reforma de la Constitución? Seguramente, nada, pero Manuel Fraga, sostienen en Galicia, ha lanzado un aviso al líder del PP “porque ya no es Aznar, y si se atrevió a hacerlo con éste, aunque fue rápidamente silenciado, ¿por qué no va a intentarlo con Rajoy?”. Efectivamente, no es la primera vez que el presidente fundador del PP y padre de la Constitución se pronuncia sobre este asunto y en esta misma línea, pero no en un momento tan delicado, en pleno asentamiento del liderazgo de Rajoy y en tiempo de especial acoso al Gobierno central por parte de los nacionalistas vascos y catalanes, que propugnan la reforma de sus correspondientes Estatutos. En el PP gallego se muestran convencidos de que Fraga, antes de irse, quiere hacerse oír. Su propuesta sobre el papel de las regiones en la UE, que pretendía darles representación directa, fue hábilmente manejada por Gabriel Elorriaga durante el XIV Congreso del PP, celebrado en enero de 2002, para quedarse en una cuestión que se abordaría más adelante, lo mismo que la necesidad implícita en el planteamiento de Fraga de reformar el Senado, que incluía un cambio previo de la Constitución. El número uno del PP, sostienen convencidos desde la sede compostelana de A Nécora, abordará más pronto que tarde la sucesión de Fraga y éste lo sabe.

Madrid, Cataluña, Valencia, Galicia,... y Álava. A Mariano Rajoy le salen enanos por todas partes, también en el País Vasco, y no se trata precisamente del plan Ibarretxe, un inmenso gnomo que ha brotado también en el jardín del PSOE.

Se trata de que, después de la decisión tomada por el Gobierno, que retira a las Comunidades Autónomas la facultad de subir las pensiones por su cuenta y que ha contado, por ejemplo, con el rechazo del Ejecutivo andaluz, cuyos responsables aseguran que seguirán incrementando el salario de los pensionistas como han hecho hasta ahora, lo que ha contado con las críticas más feroces por parte del PP, la Diputación General de Álava, que encabeza el popular Ramón Rabanera, seguirá abonando los complementos a las pensiones.

Rabanera ha preferido la opción de Manuel Chaves que la del PP y el diputado de Bienestar Social, Enrique Aguirrezabal, ha ido más allá al asegurar que los pagos se seguirán haciendo “mientras nadie los recurra”. Y ese alguien sería, en todo, caso un Gobierno que aspira a presidir Mariano Rajoy.

Los gestos de Aznar

Para que la opinión pública en general y los votantes del PP en particular viesen que la promesa de abandonar a los ocho años de gobierno realizada por José María Aznar era firme, el presidente anunció a su sucesor el último fin de semana de agosto y le entregó la Secretaría General del partido. Todo el PP quedaba en manos de Rajoy y así lo quiso transmitir Aznar esa fecha ya histórica para el partido y para la política española. A continuación, vinieron los gestos que pretendían corroborar esa actitud.

El más significativo se produjo la noche del 26 de octubre en el balcón del búnker popular de la calle Génova. Una vez confirmada, y no sin sudores, la victoria de Esperanza Aguirre en las segundas elecciones de la Comunidad de Madrid, una nutrida representación del ‘núcleo duro’ popular salía a saludar al público que los aclamaba en la calle Génova. Por primera vez desde 1991, José María Aznar no estaba con ellos, cediendo el protagonismo absoluto a su sucesor y a la ganadora de esa noche. Junto a ellos, Rodrigo Rato, Alberto Ruiz-Gallardón y Jaime Mayor Oreja, pero no el presidente del Gobierno, un hecho que no pasó desapercibido a nadie.

El todavía presidente del Partido Popular no asistió tampoco el domingo 30 de noviembre al 25 Aniversario de Nuevas Generaciones (NN GG), que preside María del Carmen Fúnez. Estuvieron en Guadalajara los que fueran los tres candidatos a suceder a Aznar, Mariano Rajoy, Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja, junto a una nutrida representación de veteranos populares que acompañaron a los cachorros del PP en su cumpleaños como NN GG. Los que conocen bien al presidente del Gobierno señalan su debilidad por las jóvenes promesas del partido, algo que demostró en muchas ocasiones, en especial, apadrinando al llamado clan de Becerril, que en su día fue un poco el compendio entre NN GG y los jóvenes que pasaron a ocupar cargos relevantes en el partido o en el Gobierno.

Desde que Rajoy accedió al liderazgo del partido, aparte de la buena acogida que tuvo en general, se destacaron dos lagunas que al sucesor le quedaban por cubrir para ser un buen presidente si ganaba las generales de 2004: la política económica y el apartado internacional. De la primera, se encargaría de formarle su amigo y compañero –aunque amable rival en el capítulo sucesorio–, Rodrigo Rato, que aún no hace poco mostraba su disposición a quedarse al lado de Rajoy en un potencial Gobierno, a pesar de los insistentes rumores, surgidos incluso de su propio entorno, que lo sitúan fuera de la política.

Y en cuanto a su proyección internacional, aunque del grueso de ella –y a ella más que a otra cosa– se sigue dedicando José María Aznar, éste ha querido hace algún gesto más que demuestre su retirada y ha enviado, por ejemplo, a Mariano Rajoy a Francia en un momento tan delicado como es el conflictivo transcurso de la posguerra de Iraq. Rajoy se entrevistó con el presidente galo, Jacques Chirac y, según se dejó caer desde el entorno de La Moncloa , fue tratado como si fuera el propio Aznar, cumpliendo perfectamente su papel de sucesor. Ahora, el líder del PP tiene pendiente un viaje a Argentina para entrevistarse con Néstor Kirchner, que está previsto para este domingo. E irá, también, sin Aznar.

18.12.03

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