OPINIÓN E IMAGEN

INCOMUNICADO

 

El Gobierno, y el PP que lo sustenta, no consigue que sus mensajes cuajen en la opinión pública. El problema, muy grave teniendo en cuenta que los populares se hayan ante una de sus crisis más importantes, tiene responsables, y no son ni el decretazo, ni el Prestige, ni Saddam Hussein. La cuestión está dentro de las paredes de La Moncloa y de la sede central de Génova, y no es ajena a los populares, que la reconocen como su peor fracaso en estos momentos. Para ellos, las multitudinarias manifestaciones del 15-F son la prueba de que si el Partido Popular no logra comunicarse con los españoles, está perdido.

Por Ana Pardo de Vera

Si José María Aznar supiese transmitir correctamente su postura en la guerra de Irak a la opinión pública, se habría ahorrado muchos disgustos y, sobre todo, esa apabullante soledad que le rodea en su apoyo al presidente norteamericano, George Bush. Esta sensación, agobiante para los colaboradores del jefe del Ejecutivo, no es, sin embargo, única y exclusivamente producto de una guerra respaldada incondicionalmente por Aznar y desaprobada por la postura pacifista de muchos españoles, sino que se debe, en buena parte, a una deficiencia técnica en la política de comunicación del Gobierno y del partido que le respalda.

La incomunicación del Gobierno se vislumbró con la huelga general del 20 de junio de 2002, se ha intensificado con la crisis del Prestige y ha alcanzado sus peores momentos en el conflicto de Irak. Hasta el ministro de Ciencia y Tecnología, Josep Piqué, que ha sido además, el segundo portavoz del Gobierno Aznar, ha reconocido este “déficit de comunicación”. Entre los expertos se señalan como causas la escasez de los mensajes que salen de La Moncloa, la ausencia de labor pedagógica en estos mensajes dirigidos a la opinión pública o el empecinamiento en el “o estás conmigo o estás contra mí”, además de la propia actitud del presidente, que transmite la imagen de un enfado permanente con el exterior y de un estadio de perpetuo aislamiento, avivado por la falta de sucesor.

Desde luego, del mosqueo de José María Aznar nadie tiene la culpa, pero del resto de motivos, se buscan responsables en las filas afines y en el Partido Popular. Y ya se les señala con el dedo, además de que, desde los sectores más osados, o con inmunidad para hacerlo, se pide rectificación y se aconseja, incluso, el remedio. Es el caso del director de La Razón, el académico Luis María Anson, o del director de ABC, José Antonio Zarzalejos, muy duros estos últimos días en sus respectivas columnas de prensa, con la política de comunicación del Gobierno. Para Anson, el más tajante, “El fracaso de la exangüe política mediática del PP es de tal calibre, la incapacidad de hacer llegar sus mensajes a la opinión tan grande, que o rectifican con urgencia o terminarán contemplando cómo se extiende en España un clamor incontenible contra el Gobierno y su partido”. Mientras que para el director de ABC, hermano de Javier Zarzalejos, uno de los miembros del grupo de fontaneros de La Moncloa, al que se achaca la responsabilidad de la mala gestión informativa, el Gobierno de Aznar ha cometido una serie de errores “perceptivos”, que le han llevado a una “situación de cierto aislamiento de la realidad social española”. Para Zarzalejos, el “más manifiesto de todos ellos ha sido la extrañísima relación con los medios de comunicación de todo signo”, que han llevado al Ejecutivo a un “autismo cuya única conexión externa ha sido la de subordinar algunos medios –los más débiles o los directamente controlados– a un cerrojazo informativo y de opinión a mayor gloria del halago o, explícitamente de la ocultación de la realidad”. El director de ABC pide a Aznar “audacia” y “humildad” para admitir que, a veces, la “previsibilidad de decisiones y calendarios, lejos de ser virtud puede llegar a constituir una fácil coartada para los adversarios”. Sin duda, el presidente del Gobierno habrá tomado buena nota de ambas apreciaciones, que tampoco han sido las únicas.

Ahora que Aznar está obligado a relevar a su ministro de Medio Ambiente, candidato popular a la presidencia de Baleares, tal vez se produzca algo más que la sustitución de Jaume Matas y ésta se convierta en una crisis similar a la de julio del pasado año. Las quinielas no cesan: Aznar podría devolver a Mayor Oreja al Gobierno, darle por fin a Mercedes de la Merced una cartera, mandar a Rato a Asuntos Exteriores, destituyendo a la cuestionada Ana Palacio, e, incluso, remodelar su aparato de comunicación, que parece que junto a una buena gestión al frente de la diplomacia, es lo que más falta le hace en estos momentos

Sin enlaces y con ausencias. Entender la política de comunicación tanto de La Moncloa como del Partido Popular no es fácil, pero no lo es principalmente, por la ausencia de un enlace efectivo entre el interior y el exterior de las paredes de la residencia presidencial, y por la inexistencia de un comunicador en Génova que no sea el secretario general y ministro de Administraciones Públicas, Javier Arenas.

Cuando Aznar realizó la última remodelación ministerial, en julio de 2002, le dedicó especial atención a las responsabilidades de comunicación, a la proyección al exterior de la actividad del Gobierno. Seguramente, pensó en el secretario de Estado de Comunicación que, antes de ejercer como tal, le había ayudado a llegar a La Moncloa y cuyo arrojo, mejorable o no, en la tarea de portavoz tanto se está echando en falta estos días (ver, ¿Dónde está MAR?).

Por ello, el presidente del Gobierno hizo desaparecer la figura del ministro Portavoz, que representaba Pío Cabanillas, el cual cayó con su ministerio, y recuperó la del secretario de Estado de Comunicación, que asumió uno de sus hombres por excelencia, junto a Zarzalejos y el director de Gabinete, Carlos Aragonés, el fontanero Alfredo Timermans.

Sin embargo, Timermans no obtuvo las funciones de portavoz, como antaño Miguel Ángel Rodríguez, sino que éstas recayeron en el vicepresidente primero y ministro de la Presidencia, Mariano Rajoy. Aquí, muchos entienden que está el principal error de José María Aznar: Timermans no tiene experiencia en el campo político –ha pasado raudo y veloz por una Concejalía del Ayuntamiento de Madrid– y las relaciones con los medios, y sus poderosos empresarios –la actividad principal de su Secretaría, junto a la política informativa– exigen, como mínimo, mucha cintura política y un contacto permanente con la prensa y los grupos de este ámbito.

En éstos podría colaborar algo más, si no tuviese todas las demás tareas propias de su Vicepresidencia política, Mariano Rajoy. Éste se limita, entonces, a dar la cara en las ruedas de prensa posteriores al Consejo de Ministros de los viernes, lo que no se considera suficiente para hacer llegar los mensajes de La Moncloa a los ciudadanos.

En cuanto a las relaciones entre el gallego y el fontanero Timermans, se ha dicho desde que caminan cada uno por su cuenta (orgánicamente, la Secretaría de Estado para la Comunicación depende del ministro de la Presidencia), hasta que no se pueden ver. Sin embargo, aunque desde La Moncloa se apunta que su relación es cordial, no estuvo exenta de tensiones al principio, cuando el recién nombrado ministro de la Presidencia, aunque por segunda vez, hubo de acoger al ex subdirector del Gabinete de Aznar impuesto por éste. Rajoy no tenía más remedio que aceptar que Timermans se adueñase de las dos principales funciones: las relaciones con los medios y la política informativa.

Sin embargo, Alfredo Timermans tampoco mantenía toda su influencia, pues pasaba de estar puerta con puerta del despacho del presidente a un edificio contiguo y a despachar no sólo con el presidente, sino también con Rajoy.

El vicepresidente primero recibió al fontanero con la cordialidad de la que siempre hace gala, pero desde su equipo surgieron las protestas: el lobby monclovita tenía demasiado empeño en controlar toda la propaganda del Gobierno. Hoy no consta que estas tensiones hayan cesado, aunque los hechos confirman que cada sector, el de Rajoy y el de Timermans, camina por su cuenta y que eso podría estar afectando a la función de todos: que los ciudadanos entiendan la política de su Gobierno.

A Alfredo Timermans se dirigen todos los dedos acusadores de la mala gestión de la política informativa en la crisis de Irak. Algunos van más allá, y le achacan errores de comunicación muy polémicos y con cuestiones muy delicadas. Por ejemplo, cuando el pasado mes de enero, junto al revuelo provocado por las declaraciones del presidente del Tribunal Constitucional sobre las nacionalidades históricas (dijo que en el año 1000, “en algunas zonas de esas llamadas Comunidades históricas ni siquiera sabían lo que era asearse los fines de semana”), José María Aznar reivindicaba en la Convención Nacional del PP una España “fuerte”, sin “guetos culturales e identitarios”. Las alarmas nacionalistas no tardaron ni un segundo en saltar y si el presidente de la Generalitat de Cataluña, el nacionalista moderado Jordi Pujol, se llevó las manos a la cabeza, ni qué decir tiene lo que opinaron sobre Aznar el PNV o el BNG.

La polémica podría haberse evitado, pero  no se hizo así y el nombre de Timermans saltó al coso como el responsable de que no quedase zanjada rápidamente desde La Moncloa: sólo Piqué aseguró que eran unos “enfermos” los que creían que Aznar se refería a Cataluña. Y lo dijo allí, en Manresa, Barcelona.

En La Moncloa están preocupados: además de que las opiniones vertidas desde La Moncloa no cuajan en la población, la crisis de la guerra de Irak copa los medios de comunicación y otras iniciativas del Gobierno, en las que basaban su estrategia política, apenas tiene eco. Es el caso de la bajada de impuestos, con la eliminación del Impuesto de Actividades Económicas (IAE) y la reducción de retenciones del IRPF. Hasta el tema de la legislación en materia antiterrorista permanece en un segundo plano, a pesar de tratarse de una medida contra una terrible situación que afecta directamente a los españoles, el terrorismo. ¿La culpa? “La culpa es de quien no sabe ‘vender’ las bondades y los éxitos”, apuntan desde el Partido Popular. Y el máximo encargado de esa transacción no es otro que Alfredo Timermans.

Un partido agobiado. Desde que Isidro Cuberos abandonó la Dirección de Comunicación del PP, en marzo del pasado año, los sistemas de información del PP no dan abasto. Y no es que María Pilar, Marilar de Andrés, jefa de Prensa del PP y de Ana Botella simultáneamente, no sea eficiente, sino que tras la marcha del número uno de la Comunicación del partido y mano derecha de Javier Arenas, la número dos, Marilar de Andrés, asumió las funciones de Cuberos sin que nadie la sustituyese a ella. Y lo hacía pocos meses antes de que Ana Botella dejara de ser sólo la esposa del Gobierno para convertirse en la candidata a la Concejalía de Asuntos Sociales del Ayuntamiento de Madrid para unas elecciones especialmente complicadas.

Génova trata de explicar que De Andrés no puede dedicar todo su tiempo al fichaje de Ruiz-Gallardón, así que Ana Botella cuenta con su propio equipo electoral, formado por un técnico, Jorge Rodrigo, de 34 años, y una responsable de prensa, Marta Villarrubia, a las órdenes de Marilar de Andrés, a quien, por cierto, en el PP se le conoce como Íker Casillas, el portero del Real Madrid, por su valiosa función y extraordinaria valía para parar todos los embates que vienen de fuera, desde rumores absurdos a noticias que conviene desechar. Botella tiene además, a su secretaria de La Moncloa, Cristina Alonso, ayudándola con las cuestiones de agenda.

Marilar de Andrés es, pues, la mujer de confianza de Aznar en el búnker de Génova, y no sólo eso, pues procede del núcleo que ha acompañado al presidente y a su esposa durante toda la trayectoria política de aquel, desde comienzos de los ochenta, cuando José María Aznar era un político más.

El problema del PP, sin embargo, no radica únicamente en el desbordamiento de tareas que sufre su equipo de Prensa. “Y quien piense aquí que se trata de evitar gastos, se equivoca. Javier Arenas no encontró a una persona que pudiera sustituir a Isidro Cuberos mejor que Marilar, pero tampoco encontró a otra que pudiera sustituir a Marilar. Eran el tándem perfecto”, asegura una persona del entorno de Génova.

Y así quedaron las cosas, aunque tal vez, entonces, nadie previese la macrocrisis que se avecinaba, con el hundimiento del Prestige y la guerra de Irak.

En el Partido Popular hay quienes apuntaron tímidamente la posibilidad de recuperar la figura del portavoz del PP, que hace unos años asumió Rafael Hernando, diputado por Almería y coordinador del área de Comunicación desde el XIII Congreso del PP. Sin embargo, esa posibilidad debió ser descartada de plano, pues todos saben que quien asume tal actividad es Javier Arenas, encantado de desgranar ante las cámaras todo cuanto atañe al partido. Además, Rafael Hernando, ex presidente de Nuevas Generaciones, no contaba con el beneplácito de un sector del PP, disconforme con su estilo demasiado bronco. En la actualidad, Hernando limita sus apariciones a alguna declaración en prensa, a las referencias que de él se hace en las Notas de Prensa que envía el Partido Popular a los medios o a la página web del PP.

El PP, mientras se critica su política informativa, tanto en la rama gubernamental como en la de partido, insiste en su estrategia tomada hace unas semanas: los mensajes por escrito, como los encartes en prensa, unos libretillos titulados “Por la paz. Por nuestra seguridad”, en los que se trata de explicar la postura del PP en la crisis de Irak, aludiendo al peligro terrorista, culpabilizando a Saddam Hussein de la crisis y reivindicando el respeto a la legalidad internacional. Sin embargo, el PP no ha podido evitar hacer referencia a los mandatos del PSOE y hace una comparativa de la postura del PSOE y la del PP ahora y con la Guerra del Golfo.

Ése es, según han manifestado estos días algunos expertos en materia de propaganda y comunicación, uno de los errores del PP, aunque no el más grande. Lo peor es tratar de darle la vuelta a la tortilla y culpar a quienes se manifiestan por la paz de estar en contra de todo lo que el Gobierno propugna en su panfleto. La prueba más reciente está en el Periódico Popular del mes de febrero, que en una colorida doble página y en grandes caracteres recoge: “Diciendo NO estás diciendo SÍ al riesgo real de las armas de destrucción masiva. Al triunfo de la amenaza del terror sobre la paz mundial. A que grupos terroristas como Al Qaeda protagonicen otro 11-S. Al totalitarismo de Husein frente a la lógica internacional. A dar la espalda a la razón y a la libertad”. Todo aplicable a los millones de manifestantes del 15-F.

El ministro Aznar. Tampoco en una crisis internacional como la que atravesamos, el hecho de tener un Ministerio de Asuntos Exteriores cuyo principal activo es el presidente del Gobierno –porque él así lo quiere, según se confirma extraoficialmente en el propio entorno popular–, que delega en una ministra de paja, Ana Palacio, que no se limita a hacer, sino, más bien, a deshacer en cuestiones de diplomacia ayuda a esta grave situación que atraviesa el PP.

Desde los más diversos ámbitos empiezan a preguntarse cómo es posible que Aznar se equivocase tanto con la designación de Ana Palacio, poniéndola al frente de la cartera más delicada de su Gabinete. Una cosa, entienden, es querer llevar las riendas de un departamento, poniendo a gente que no anule al presidente en su decisión personal de dirigir la política internacional, y otra, colocar a alguien que perjudique la imagen de España con declaraciones como “No quise llevar nada escrito y, como estaba cansada, me atasqué”, una frase autocrítica de su intervención en la histórica sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, celebrado el pasado 14 de febrero.

Nadie duda de la buena intención de la ministra, pero todos lo hacen de su eficacia como jefa de la Diplomacia, un sector especialmente descontento con la titular que les ha impuesto Aznar, tal y como adelantó El Siglo (ver, núm. 532, Palacio siembra el descontento en Exteriores). Declaraciones como la de la ausencia de los papeles en una cuestión tan importante no la pueden frenar ni los hombres de confianza de Aznar, llegados desde La Moncloa para controlar el ministerio. De hecho, el que verdaderamente ejerce como titular de Exteriores, según fuentes de la diplomacia, es Ramón Gil-Casares, ex asesor de Aznar en política internacional en su puesto anterior, el de director del Departamento de Internacional y Seguridad del Gabinete de Presidencia del Gobierno. Éste se trajo, a su vez, a tres de sus colaboradores al Palacio de Santa Cruz: Victoria Morera, jefa del Gabinete de la ministra y ex vocal asesor en el Gabinete de la Presidencia del Gobierno; Luis Javier Gil, secretario general de Asuntos Exteriores y ex asesor del Departamento Internacional de la Presidencia del Gobierno, y Alfonso María Dastis, secretario general de Asuntos Europeos y ex vocal asesor del Departamento Internacional de la Presidencia del Gobierno.

De las pretensiones de Aznar de controlar su Ministerio de Asuntos Exteriores se ha llegado a decir que es muy significativo que el mejor ministro del ramo haya sido Abel Matutes (junto a Piqué y Ana Palacio conforman el trío dirigente del Palacio de Santa Cruz) y, de hecho, durante la etapa de presidencia española en la UE (primer semestre de 2002), los colaboradores de Aznar se quejaban de la desaparición de éste en el ámbito de la política nacional.

El presidente del Gobierno siempre ha cuidado mucho sus amistades con los principales líderes europeos. Tony Blair y Silvio Berlusconi son dos buenos amigos suyos, y hubo quienes vieron en esta dedicación su intención de convertirse en presidente de la Comisión Europea. Ahora, en cambio, se descarta ésta al ser Aznar uno de los partidarios de los norteamericanos en detrimento de los principales líderes europeos, los de Francia y Alemania. Con la amistad de Bush entre los méritos del presidente que el ámbito popular más se esfuerza en destacar, se apuntan mejores posibilidades si el presidente aprovechase bien esta relación. La pena, volviendo a la política informativa del Gobierno tan criticada, es para muchos que ni Aznar ni quienes le rodean hayan sabido vender los beneficios de la política internacional del presidente.

¿Dónde está MAR?

Desde que Miguel Ángel Rodríguez (Valladolid, 1964) dimitió de su puesto de secretario de Estado de Comunicación el 13 de julio de 1998, las cosas no han vuelto a ser lo que eran en la política informativa del Gobierno. Para bien o para mal –en el PP hay opiniones de todo tipo– el hoy presidente de la empresa de publicidad CARAT empieza a ser echado en falta por muchos de los populares, que no encuentran arrojo ni acierto en la actual política de comunicación del partido.

MAR, en sus funciones de portavoz agresivo y entregado a su causa, era, sin embargo, un hombre volcado con los medios, que tenía fama de hablar con los periodistas continuamente y a cualquier hora para explicar la postura del Gobierno en todas las cuestiones.

Además, en ámbitos populares, se destaca de Rodríguez una cualidad de la que, al parecer, carecieron sus sucesores (Josep Piqué, Pío Cabanillas, como portavoces, y Pedro Antonio Martín Marín, como secretario de Estado de Comunicación) y carece Alfredo Timermans: actuaba por libre, siendo a la vez consejero y crítico con el presidente. Esto, reconocen en cambio, estuvo bien en la etapa en que se trataba de llevar a Aznar primero al Gobierno y después, a la mayoría absoluta. Pero MAR no llegó ni a esta última, pues su estilo, agresivo en exceso, se supone que producto de una dura labor en la oposición, le llevaron a dimitir en 1998, a dos años de saborear las mieles del triunfo del que era, en buena parte, responsable.

Hoy, Miguel Ángel Rodríguez sigue manteniendo una excelente relación con los Aznar y de vez en cuando, asesora al presidente en algún tema, le escribe un discurso y aconseja a la segunda dama, Ana Botella. Incluso, se llegó a publicar que MAR colaborada en la campaña de la candidata popular a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Ésta nunca lo desmintió, aunque matizó que los consejos de Rodríguez estaban entre los de muchos otros expertos.

También desde su columna del diario La Razón, la más leída junto a la Canela Fina de Luis María Anson, MAR opina, aconseja y critica, si hace falta, la labor del Partido Popular, como una especie de ángel guardián del presidente Aznar, que tanto le debe. De hecho, para el jefe del Ejecutivo, la dimisión forzosa, que no forzada, de Miguel Ángel Rodríguez supuso uno de los tragos más duros de su trayectoria de presidente.

Lo cierto es que, aunque sea en la sombra, el PP sigue contando con el apoyo efectivo de MAR, aunque a muchos les gustaría recuperarlo para su antigua función al frente de la política informativo. Aunque, reconocen, eran otros tiempos.

24.02.03

 


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