OPINIÓN E IMAGEN

Gestiona mal, solivianta a los militares...…y no dimite

 

La insatisfacción del ministro de Defensa con su cargo ha desembocado en una auténtica crisis de departamento, que sitúa a los militares a un lado y a Federico Trillo-Figueroa y su equipo, en otro. Mientras el ministro trata de guardar las apariencias, miembros de la cúpula del ejército arremeten en privado contra un titular del Gobierno al que, desde su nombramiento, critican su penosa gestión, su principal preocupación por seguir figurando políticamente más allá de 2004 y, sobre todo, su deseo de echar balones fuera a la hora de asumir responsabilidades como superior. "¿Para esto queremos un ministro del ejército?", preguntan.

Por Ana Pardo de Vera

Después del Prestige y la guerra en Iraq, sorteados aceptablemente en el 25-M, el PP respiraba aliviado: a partir de entonces, las cosas no podrían ir a peor, ni siquiera igual de mal. Pero a sólo un día de la dulce derrota de los populares, la página de sucesos volvía a abrirse ante ellos mostrándoles el accidente más grave en la historia de las Fuerzas Armadas Españolas: un avión ucraniano de alquiler se estrellaba en Turquía con 62 militares españoles, que regresaban de una misión humanitaria en Afganistán, y 13 tripulantes ucranianos a bordo. Sin supervivientes.

A partir de ahí, y ante las dudas sobre la seguridad del avión, el Yakovlev 42, todas las miradas se posaron en el ministro de Defensa buscando responsabilidades. Aquél, lejos de asumirlas, desvió su dedo acusador hacia otro lado. En él estaban la Agencia de Mantenimiento y Suministro de la OTAN (NAMSA) y el Estado Mayor de la Defensa (Emad). Según Trillo-Figueroa, quien se encargaba de dar la autorización a NAMSA para que procediese al alquiler, en este caso, del avión ucraniano era el Emad. En el seno de éste, encabezado por el almirante general Antonio Moreno Barberá, reventó un descontento que se arrastraba desde que, poco después de su nombramiento, Trillo-Figueroa demostrase con su gestión que poco importaba –o le importaba– su vinculación con el ejército, pues el titular de Defensa es hijo de militar; en 1974, ingresó por oposición, con el número uno de su promoción, en el Cuerpo Jurídico de la Armada; desde 1975 a 1979, estuvo destinado en la Fiscalía de la Zona Marítima del Mediterráneo, y es miembro de la Comisión Española de Historia Militar. El único precedente de un ministro vinculado al Ejército era el del teniente general y capitán general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente primero del Gobierno para asuntos de la Defensa con el Gobierno de la UCD.

El accidente en Turquía destapó la caja de los truenos contra el ministro e, implícitamente, contra el Gobierno Aznar. "¿Cómo pretenden que nos convirtamos en la quinta potencia mundial con semejante infraestructura de Defensa?", se pregunta indignada una fuente del entorno militar. El silencio que caracteriza a la férrea disciplina del ejército se rompió definitivamente con el drama del avión ucraniano: unos, como hizo públicamente el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, Antonio Moreno, desmintieron al ministro asegurando que, contrariamente a lo que había dicho Trillo-Figueroa, no era la agencia de la OTAN la que se encargaba de realizar la revisión de las condiciones técnicas de todas las aeronaves; otros, como hizo el general del Ejército del Aire y jefe de la base aérea de Torrejón de Ardoz, Andrés Navas, en la cadena de televisión Telecinco, se quejaron de la situación de los aviones en los que se desplazaban los militares. Si España deseaba un "papel relevante en el extranjero", sus soldados deberían moverse en condiciones paralelas.

Éstos fueron los testimonios públicos. El malestar interno de la cúpula militar es, hoy, "el equivalente a un avispero con sus moradoras enfurecidas", señala una fuente próxima al Ministerio de Defensa, pues prima la sensación de que Federico Trillo no ha defendido los intereses de Defensa y, encima, ha pretendido que la fracción militar de este departamento cargue con la responsabilidad. Porque en el ministerio se puede hablar de dos fracciones bien diferenciadas: la política, representada por el ministro y su equipo, y la militar, con el Emad al frente de los otros tres Estados Mayores, uno por cada Ejército (Tierra, Mar y Aire). "El problema –señala la misma fuente– no es la diferenciación, evidente y lógica, sino la falta de comunicación y coordinación entre dos sectores que deberían estar constantemente en contacto". En este caso, la tradición militar que arrastra el ministro pudiera haber actuado de lazo de unión, pero, lejos de eso, la percepción general es que Trillo-Figueroa sólo se ocupó de la política y de su futuro fuera del Ministerio. "Aun sin saber quién puede ser el sucesor, el ministro trataba de colocarse en la mejor posición de salida para incluirse en un potencial Ejecutivo popular en 2004". Hoy, en el entorno popular y fuera de él, muy pocos le otorgan un nuevo puesto de poder el año que viene, no digamos un ministerio.

La evidencia más estridente de la debilidad actual del ex presidente del Congreso de los Diputados, dentro y fuera de su partido, se tuvo el pasado miércoles en la Comisión de Defensa, que se celebró, a petición propia del ministro, para informar sobre el accidente del Yak-42 en Turquía. Ninguno de los pesos pesados del PP acudió a arropar a Trillo-Figueroa. Aparte de los miembros populares de la Comisión, encabezados por el portavoz Manuel Atencia, apenas destacó la presencia del ex ministro Jesús Posada o del diputado Teófilo de Luis. En pasillos, se recordaba sin remedio el apoyo que recibieron los ministros de Economía y Hacienda, Rodrigo Rato y Cristóbal Montoro, cuando hubieron de comparecer por el caso Gescartera. Chocaba, además, el despliegue que hizo la oposición para inquirir al ministro: fue el portavoz del PSOE en el Congreso, Jesús Caldera, y no el portavoz de Defensa, Jordi Marsal, quien afrontó el debate. Le respaldaban, además de los miembros socialistas de la Comisión de Defensa, dos representantes de la Ejecutiva del partido, Carmen Chacón y Juan Fernando López Aguilar. Por parte de IU; además del portavoz, Felipe Alcaraz, acudió el coordinador general, Gaspar Llamazares.

Una contrariedad tras otra. Cuando Federico Trillo-Figueroa (Cartagena, 1952) accedió al ministerio en abril de 2000, nadie cuestionó su valía, aunque en su entorno, y alguna vez él lo insinuó en privado, eran conscientes de su decepción por no haber obtenido la cartera de Justicia, la que realmente anhelaba. A pesar de las expectativas puesta en él, parece que el ministro de Defensa acogió su encomienda con desgana y la crítica a su gestión comenzó muy pronto, alentada por algunos acontecimientos que le favorecieron muy poco. La frase "Si el ministro se hubiera rodeado de un buen equipo de gestores, se habría ahorrado muchos disgustos" es una de las que más se ha oído estos días. La impresión general en el entorno de Defensa es que, aunque no es la valía de las personas la que está en cuestión, el trabajo en equipo, en un departamento que, además, debe unir tantas sensibilidades, "no ha cuajado". En la estructura del ministerio, sin embargo, hay una figura clave para La Moncloa, la del secretario de Estado de Defensa, Fernando Díez Moreno, encargado de una de las tareas más importantes del Gobierno Aznar: coordinar en España las actividades para reconstruir Iraq (ver, El hombre de La Moncloa en Defensa).

Los sobresaltos llegaron pronto al departamento de Federico Trillo-Figueroa, pues apenas 20 días después de su nombramiento, recalaba en Gibraltar el submarino nuclear británico Tireless. Lo hacía cuando navegaba entre Sicilia y el Norte de África, debido a una avería que exigía ser reparada inmediatamente y que suscitó las protestas en la zona, pues tanto los alcaldes de la comarca gaditana como sus habitantes, respaldados por una movilización de colectivos sociales y ecologistas de todas España, exigían que el Reino Unido se llevase de allí el submarino y lo reparase en su país.

De nada sirvieron los esfuerzos del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Josep Piqué, y del de Defensa, Federico Trillo, para que Tony Blair se llevase el reactor nuclear. Tampoco para obtener las garantías absolutas de que la reparación del Tireless no conllevaba riesgos, porque nunca logró demostrarse del todo. Trillo-Figueroa compareció ante los medios asegurando que la reparación del submarino llevaría todo el otoño, pero no se cumplieron sus predicciones pues hasta un año después, en mayo de 2001, el Tireless no emprendió el rumbo hacia tierras británicas.

Entretanto, el ministro de Defensa no se libró de otras polémicas, como la del desfile del Día de las Fuerzas Armadas en Barcelona, en mayo de 2000. Una turbia organización, que no contó, como era de esperar, con el entusiasmo del nacionalismo catalán gobernante porque el evento militar se celebrase en la Ciudad Condal. No se sabe si para aplacar ese malestar, el ministro Trillo sorprendió con una decisión, cuando menos, chocante: habría una destacada presencia en el desfile de ONGs participantes en misiones humanitarias. La cúpula militar, se supo entonces, aunque nunca trascendió, acogió con incomodidad esta propuesta y, lo que fue peor, muchas de las más importantes ONGs, como Cruz Roja o Intermón, negaron esta participación. Tras una fuerte polémica, que derivó en un incómodo debate sobre el papel del ejército, con la definitiva indignación de los militares, la supuesta aportación de estas ONGs se limitó a la asistencia de algunos de sus representantes como espectadores.

Unos meses después, y por primera vez con Trillo-Figueroa al frente del Ministerio de Defensa, se ponían en cuestión las condiciones de los militares destinados en operaciones de paz. Desde el departamento de Defensa de Bélgica, a finales de diciembre de 2000, se reconocía que cinco militares de ese país, desplazados en operaciones de paz en Kosovo, tenían cáncer. La razón más probable, según apuntaron entonces científicos y expertos, aunque aún hoy no se ha confirmado, fuera la contaminación por radicación en la zona. El llamado síndrome de los Balcanes, además, podía haber afectado a militares de muchos países europeos que participaron en misiones de paz desde 1992, entre ellos, España. Todas las miradas, especialmente las de los soldados implicados y las de sus familias, se posaron en Trillo-Figueroa. "¿En qué condiciones estaban los destinos de los militares?", se preguntaban. El ministro desechó toda posibilidad que relacionase algún cáncer con el uranio empobrecido que podía haber en las armas empleadas o en las zonas de misión, aunque las denuncias contra la administración de militares españoles enfermos o de sus familias se acumulan.

En octubre de 2001, vuelve la polémica a Defensa. Tras el atentado del 11-S contra las Torres Gemelas de Nueva York, EE UU decide invadir Afganistán y el Gobierno español acepta que los aviones norteamericanos usen las bases de Rota y Morón. Una vez más, Trillo-Figueroa hizo frente a un importante descontento popular que protestaba por las concesiones incondicionales a EE UU, aun a costa de poner en peligro a España, convirtiéndolo en el punto de mira de los terroristas.

Más tarde, en julio de 2002, el conflicto hispano-marroquí por el islote de Perejil adquiriría tintes de tebeo si no fuera porque las relaciones entre los dos países se tensaron como nunca, incluida una acusación de esperpéntica a la actitud marroquí por parte de Federico Trillo. Marruecos reivindicaba la posesión de la isla estableciendo en ella un grupo de militares y España constaba su soberanía desalojándolos pocos días después. Los intentos del ministro de Defensa para que no se agudizase el conflicto hispano-marroquí existente entonces fueron fallidos: una vez desalojado Perejil, el ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed Benaissa, se negaba a reunirse con su homóloga española, Ana Palacio, a quien, por cierto, el conflicto en el islote cogió en los primeros días de su gestión.

Tres meses después, una decisión, que no terminó de cuajar, volvía a alterar los ánimos, al confundir a la opinión pública por su, al menos, llamativa ejecución. Los nacionalistas, herida su sensibilidad, fueron los que se echaron las manos a la cabeza con especial fuerza cuando, en este caso, el ministro de Defensa y el entonces alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, anunciaron un espectacular homenaje a la bandera española en pleno centro de la capital española. No contentos con las críticas que surgieron de diversos ámbitos cuando tuvo lugar el acto, ministro y alcalde señalaron que esta cortesía se realizaría una vez al mes. La poca oportunidad de su patriótica idea se reflejó en que tal homenaje no volvió a tener lugar, aunque la inmensa bandera, de 300 metros cuadrados, sigue ondeando en la madrileña Plaza de Colón, para pasmo de propios y, sobre todo, de extraños.

A partir de aquí, se hicieron más frecuentes las críticas a la gestión de Trillo-Figueroa. El 12 de octubre de 2002, Día de la Fiesta Nacional, el público del Paseo de la Castellana de Madrid asistió sorprendido al paso de un carro de combate Leopard 2E. Parecía que muy guardado se tuviera el Ministerio de Defensa su capacidad armamentística, aunque no había tal: el alquiler del Leopard, un prototipo de la compañía alemana Krauss Maffei, había costado al Gobierno 112.000 euros. El Ejército, sin embargo, había dado una cifra menor.

Pero uno de los principales varapalos que se llevó Federico Trillo como ministro de Defensa ha sido su fracaso en el ambicioso proyecto de profesionalizar el ejército, una vez suprimido el servicio militar obligatorio. Con un gasto de casi 15 millones de euros en campañas publicitarias para incorporar a jóvenes al Ejército, a finales de 2002 Trillo-Figueroa se encontraba con un crecimiento de 800 soldados en nueve meses, frente al de 12.000 que había previsto. A ello se sumaba, además, el ansia del ministro por engrosar estas cifras. "El problema del Ministerio de Defensa es que primó la cantidad por encima de la calidad", asegura el portavoz de Defensa del PSOE, Jordi Marsal. Efectivamente, en la memoria horrorizada de la cúpula militar está la de llevar a sus filas a gente sin experiencia, incluidos inmigrantes suramericanos y marroquíes. "Al final, ni cantidad ni calidad –señala el responsable socialista–, por lo que el Gobierno acabó admitiéndonos su error".

No se acabarían ahí los contratiempos de un ministro cuya mala gestión, según la oposición y la cúpula militar, culminó el pasado lunes 26 de mayo, con el accidente aéreo en Turquía. En noviembre de 2000, la Guardia Civil intervenía en Melilla 750 kilos de hachís hallados en un camión del Ejército, que iba a embarcar en un buque de la Armada con destino a Almería. Trillo salió al paso con unas no muy convincentes declaraciones: "Cualquiera pudo introducir la droga en el vehículo". Ese mismo mes, salía a la luz el borrador de la Revisión Estratégica de la Defensa con una desafortunada sentencia: la "inmigración ilegal masiva" es una amenaza para la seguridad nacional. También en noviembre, salían a la luz los abusos denunciados por la soldado Dolores Quiñoa, que acusaba a un superior de haberla violado, y que derivaban inexplicablemente en la apertura de un expediente de incapacidad a la soldado por pérdida de sus aptitudes psicofísicas para poder ejercer su tarea militar. El silencio del ministro de Defensa llevó a la oposición y a los grupos feministas a ejercer una presión sin precedentes, hasta que, finalmente,  el supuesto violador, el teniente de Infantería de Marina Iván Moriano, ingresaba en la prisión militar de Alcalá de Henares a finales de mes.

Una sucesión de contratiempos –muy mal gestionados, según la oposición y muchos militares– que hicieron tambalearse la credibilidad del ministro de Defensa desde su nombramiento, incluyendo sus declaraciones sobre las "esplendorosas" playas gallegas y lo "extraordinario" del marisco, a pocas semanas del hundimiento del Prestige en la Costa da Morte y con los voluntarios aún recogiendo negro chapapote. "Una de dos –apuntó entonces un miembro de la oposición– o el ministro hace gala de su ironía llevándola al extremo o no se entera de nada".

El hombre de La Moncloa en Defensa

La presencia del secretario de Estado de Defensa, Fernando Díez Moreno, junto a Federico Trillo recuerda a muchos analistas del entorno monclovita la de Ramón Gil-Casares a la vera de la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, ejerciendo un papel más que oficioso de ministro en la sombra. Y, desde luego, el secretario de Estado de Defensa debe de gozar de toda la confianza del presidente del Gobierno cuando le ha sido encomendada una de las responsabilidades estrella del Gobierno: coordinar desde España las actividades para reconstruir Iraq con organismos internacionales y otros Estados. En términos de influencia, se trata de trata de crear un sistema político y administrativo democrático con la ayuda de España, que encabeza Díez Moreno.

Este manchego de nacimiento (Toledo, 1941), accedió a ‘número dos’ de Defensa cuando el PP obtuvo la mayoría absoluta en 2000. Procedía de la Subsecretaría de Estado de Economía y Hacienda, en donde había estado desde 1996, lo que confirma las tesis que le colocan debajo del paraguas del vicepresidente segundo, Rodrigo Rato. De Díez Moreno, abogado y profesor de Derecho Comunitario, destacan quienes le conocen su carácter distante, pero correcto. Se trata de una figura emergente, vinculada al ala más a la derecha del PP, que si bien huye del protagonismo, va tomando especial relevancia según se cuestiona al ministro de Defensa. Entre sus numerosas actividades, aun encuentra tiempo para escribir libros sobre Derecho e, incluso, uno titulado El pensamiento social de Juan Pablo II, de quien es un ferviente seguidor.  Fernando Díez Moreno, casado y con tres hijos, podría haber sido la perfecta opción para sustituir a Trillo, si esto no le supusiese tantos quebraderos de cabeza a Aznar, que de momento, ha preferido dejar las cosas como están.

Cascos, otro ministro con problemas

El pasado martes se producía el accidente más grave de la historia ferroviaria española en los últimos 30 años. Según el balance oficial al cierre de esta edición, 19 personas fallecieron al chocar frontalmente un tren de mercancías contra un Talgo a cuatro kilómetros de la localidad albaceteña de Chinchilla. Es el decimotercer accidente que se produce en las líneas férreas en España en sólo seis meses, y ello ha levantado la polémica acerca de su situación y de la gestión del ministro de Fomento, Francisco Álvarez-Cascos. La primera actuación suya que ha recibido fuertes críticas es la de atribuir el grave accidente a un error del jefe de circulación de la estación de Chinchilla. Los sindicatos han calificado de "irresponsable" esta atribución, que hizo inicialmente el presidente de Renfe, Miguel Corsini, y han pedido a ambas autoridades que rectifiquen y que abran una severa investigación.

Pero las principales críticas han venido por el estado de la red ferroviaria. Casi la mitad de los más de 12.000 kilómetros de vías férreas en España se regulan mediante sistemas telefónicos no automáticos que dejan la seguridad de los viajeros en manos de los jefes de circulación, que es el que puede bloquear el tren. Renfe, sin embargo, asegura que el 84% de la red dispone de sistemas de bloqueo automático, en el que una locomotora se frena automáticamente si se salta un semáforo en rojo. Otro reproche sindical se dirige hacia el elevado crecimiento de las inversiones en el tren de Alta Velocidad, lo que ha supuesto descuidar el mantenimiento de la red convencional, un aspecto que nuevamente niega la empresa ferroviaria. El presidente de la Cámara de Comercio de Murcia, Pedro García, declaraba indignado que el ministro "es uno de los mayores culpables de esta situación", y que "un fallo humano puede ser excusable, pero el estado de las vías es imperdonable".

09 de Junio 2003


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