OPINIÓN E IMAGEN

EL OPUS SE CRECE

El Opus Dei, Prelatura de la Iglesia católica fundada por el español José María Escrivá de Balaguer, está más crecido que nunca. Este año celebrará el centenario del nacimiento de su fundador y podrá añadir a los festejos su deseada canonización, aprobada por el Papa las pasadas Navidades. Tan insignes acontecimientos llegan en un momento en que la conservadora institución religiosa acumula más poder que nunca, con algunos de sus más destacados fieles sentados en puestos clave del Gobierno, la Administración y la judicatura en España

Las pasadas Navidades fueron especialmente emotivas para los más de 80.000 fieles del Opus Dei. Cuatro días antes de la Nochebuena el Papa aprobó el decreto que confirmaba un milagro atribuido a su fundador, el ya beato José María Escrivá de Balaguer, lo que abre la puerta a su canonización durante 2002. Curiosa coincidencia: en el año recién estrenado se celebra también el centenario de su nacimiento, ocurrido en Barbastro, Huesca, el 9 de enero de 1902.

Por fin, y tras muchos esfuerzos políticos, diplomáticos y económicos, el Opus tendrá a su santo, tal como el propio Escrivá de Balaguer había profetizado (Ver recuadro Camino a los altares), y ello en un tiempo récord, apenas 27 años después de su muerte.

Aunque la calidad de los dos sucesos milagrosos que primero le hicieron beato y ahora le van a elevar a la santidad estén dando munición a los críticos de la Obra por su escasa consistencia (Ver recuadro Dos polémicos milagros), sus fieles no van a desaprovechar la oportunidad de rentabilizar este nuevo ascenso dentro de la escala de poder de la Iglesia católica justo en un momento en que la sucesión de Juan Pablo II ya ha desatado tensiones en el Vaticano.

Desde la misma Roma, el Prelado del Opus Dei (máxima jerarquía de la institución desde 1994 y antiguo colaborador del beato Escrivá de Balaguer), Javier Echevarría, no oculta, en unas recientes declaraciones con motivo del centenario, que el Opus cuenta "con la simpatía del Papa", el mismo que le concedió la categoría jurídica de "prelatura personal" y ahora va a convertir en santo a su fundador.

Pero, aunque la Prelatura lucha por conseguir un marchamo internacional para su ámbito de actuación y sus datos oficiales sitúan en España a menos de la mitad de sus miembros (Ver La Obra en cifras) es en nuestro país donde, tras la llegada del Partido Popular al poder, está volviendo a vivir momentos de gloria.

Ya tras la victoria del 1996, Aznar dio señales de los tiempos que se avecinaban para los opusdeístas. En su primer Gobierno situó a dos reconocidos miembros de la Obra, la titular de Medio ambiente, Isabel Tocino, y el de Sanidad, José Manuel Romay Becaría, y a otro, Federico Trillo, lo puso de presidente del Congreso de los Diputados. Otras dos ministras, la de Agricultura, Loyola de Palacio, hoy vicepresidenta de la Comisión Europea, y la de Justicia, Margarita Mariscal de Gante, aun sin ser miembros del Opus, sumaban sus puestos a la creciente influencia de la institución debido a sus contactos y cercanía a la misma.

Tras el segundo triunfo en las urnas y con un Aznar menos atado a los compromisos de partido, el poderío de los fieles a Escrivá de Balaguer no sólo no ha retrocedido sino que se ha instalado claramente en la armadura de su Administración. Puede que, esta vez, sólo haya un ministro con carné de supernumerario del Opus, el ya citado Federico Trillo, que ocupa la cartera de Defensa, pero el sigiloso ascenso de otros opusdeístas en puestos en conexión directa con el poder así lo confirman.

La llegada de Trillo a Defensa, aunque a costa de perder el tercer puesto en la jerarquía del Estado, ya supuso un triunfo en sí para la Obra. El estamento militar sigue siendo feudo habitual de fieles al beato Escrivá y la remilitarización que el nuevo ministro emprendió tras su llegada al departamento, con la sustitución de civiles en puestos clave (Ver EL SIGLO nº 452: Los militares reconquistan Defensa), no hizo más que dar oxígeno a su apostolado y su "santificación del trabajo ordinario", aunque de ordinario tengan poco los despachos que muchos de sus miembros ocupan.

La constatación de esta creciente implantación de opusdeístas en la sensible seguridad del Estado llevó hace unos meses al heterodoxo presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, a denunciar públicamente que la Defensa, las fuerzas de orden público y la judicatura en España estaban en manos del Opus Dei.

La conocida cercanía a la Prelatura del director general de la Policía, Juan Cotino, y, más aun, del fiscal general del Estado, Jesús Cardenal, estaban detrás de las denuncias de Ibarra, pero posteriores nombramientos no han hecho más que apoyar sus palabras.

La controvertida renovación del Consejo General del Poder Judicial, piedra angular del gobierno de los jueces en nuestro país, llevó a finales de diciembre a una de sus sillas a otro reconocido supernumerario de la Obra, José Luis Requero, hasta entonces agresivo portavoz de la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura (APM) y canalizador durante toda la anterior legislatura de los intereses de ésta ante el Gobierno. Su nombre entraba dentro del cupo de propuestos por el PP.

También la reciente renovación del presidente de la Audiencia Nacional, hasta ahora ocupada por Clemente Auger, magistrado de reconocida sensibilidad progresista, ha llevado a este puesto a Carlos Dívar, situado desde hace tiempo en la órbita de los jueces cercanos al Opus, tal como la califican distintas fuentes judiciales consultadas. Su nombre fue propuesto por la mayoría de la que ya goza el PP en el Consejo del Poder Judicial.

En el Opus se esfuerzan en desligar la cercanía al poder de sus fieles con sus intereses como institución religiosa a pesar del peso de su propia historia (Ver Eficaces colaboradores de Franco) y llegan a señalar que preferirían que no hubiera ministros entre sus fieles para que "se deje de decir que somos una institución interesada en el poder", según señala su portavoz en Madrid, Rafael Ramonet.

No es de extrañar que no les guste tan evidente conexión. El Opus, desde su nacimiento, ha hecho del sigilo una de sus herramientas básicas de actuación y, aunque su actual prelado, Javier Echevarría, negaba hace unos días a El País el secretismo del que siempre han sido acusados, su financiación, la identidad de sus miembros (salvo los que quieran hacerlo público), el número y ubicación de sus residencias o los centros de enseñanza ligados a él continúan, aún hoy, siendo secreto de sumario. Los colegios, en concreto, "no pertenecen" oficialmente a la Obra sino a distintas empresas privadas, la más importante de las cuales es Fomento de Centros de Enseñanza, cuyos propietarios "sólo inicialmente" eran supernumerarios y hoy "únicamente nos piden que les llevemos la dirección espiritual del centro a través del contrato con uno de nuestros sacerdotes", según explican en su sede madrileña.

A pesar de estos esfuerzos por desligarse de su criticado interés por ocupar áreas de influencia y poder en la sociedad española, la realidad lleva tiempo dando argumentos en contra. Con la llegada del PP al Gobierno no sólo volvió a verse a algunos de sus miembros sentados en el Consejo de Ministros, sino que, incluso áreas no ocupadas por miembros de la Obra pero de evidente interés para la misma, como es la educación –una de sus joyas en España es la reconocida Universidad de Navarra–, no se resistieron a su influencia.

Al siguiente curso escolar después de la llegada de Aznar a La Moncloa, algunos colegios de elite "con dirección espiritual del Opus" entraron por primera vez en la categoría de "concertados" con el Ministerio para escándalo de la comunidad educativa. El departamento, entonces ocupado por Esperanza Aguirre, contestó a la polémica levantada a través de criterios técnicos: la ley no obligaba expresamente a excluir a los colegios de enseñanza separada entre niños y niñas, como son este tipo de centros, a pesar de lo cual los dos que lo solicitaron en Murcia y Valladolid se iban a transformar en mixtos ese mismo curso, señalan hoy en el Ministerio recordando la situación. Actualmente, para regocijo del Opus, la subvención estatal a estos centros ha dejado de ocupar titulares de prensa mientras el número de colegios dentro de su órbita que han pasado a ser concertados es un dato del que ni el Ministerio ni la Obra disponen.

Este es el gran año del Opus Dei. Sonoras celebraciones que culminarán en la solemne ascensión a la santidad de su fundador, para la que aún no hay fecha, jalonarán los próximos meses tanto en España como en Roma y otras ciudades en distintos países. Seminarios, conciertos, exposiciones, presentación de libros, celebraciones eucarísticas… hasta una nueva traducción de la Biblia, tanto en su Antiguo como en su Nuevo Testamento "traducida y comentada por profesores de la Universidad de Navarra".

A tanto y a más se atreven  los discípulos de José María Escrivá de Balaguer, quien descubrió para la Iglesia católica las posibilidades de los laicos como arma contra la secularización de la sociedad, tal como en su día reconoció el Padre Arrupe, superior de los jesuitas en los años de crecimiento y expansión del Opus en la España franquista y con cuya orden tuvo y mantiene tensas relaciones. La actual España del PP, la de reconocido Estado laico según la Constitución, ha hecho un nuevo hueco a la original Prelatura en su estructura. No es de extrañar que monseñor Echevarría no tema un ambiente polémico a la canonización de Escrivá de Balaguer, como ha dicho. Ya lo dijo antes el fundador en su "catecismo" Camino: "¿qué te importa del  ‘qué habrán dicho’ o del ‘que dirán’?".

Eficaces colaboradores de Franco

Cuando José María Escrivá de Balaguer sea proclamado santo la Iglesia católica habrá incorporado un nuevo franquista a la extensa nómina abierta por el Papa Juan Pablo II con sus conocidas canonizaciones de "mártires" de la guerra civil española.

El fundador del Opus Dei no sólo asistió y asintió a la implantación del régimen franquista tras la contienda como hizo la mayor parte de la jerarquía católica, sino que tanto él como miembros de su Obra colaboraron eficazmente con él. Pruebas de su complicidad se han ido documentando a lo largo de la transición por reconocidos autores, alguno de los cuales dio a conocer la carta de felicitación que el propio Escrivá envió al Generalísimo después de haberse instalado en Roma (Jesús Palacios, Los papeles secretos de Franco): "No quiero dejar de unir a las muchas felicitaciones que habrá recibido, con motivo de la promulgación de los Principios Fundamentales, la mía personal más sincera. (…) Con la perspectiva que se adquiere en esta Roma eterna he podido ver mejor que nunca la hermosura de esa hija predilecta de la Iglesia que es mi Patria, de la que el Señor se ha servido en tantas ocasiones como instrumento para la defensa y propagación de la Santa Fe católica en el mundo".

Años antes, Escrivá de Balaguer ya había regañado, en 1949, a don Juan, el padre del actual Rey, porque su falta de información le estaba haciendo cometer un grave error en la educación de don Juan Carlos cuando éste dudaba de enviarlo al lado de Franco. Le argumentó entonces que estaba mal informado de las cosas de España y que la mejor contrapartida al envío de su hijo a Madrid era la propia "educación patriótica" que en la España de Franco iba a recibir.

El propio Franco tampoco escatimó elogios al fundador del Opus. En sus Conversaciones privadas con Franco, el primo del dictador, teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, pone en su boca estas opiniones: "Escrivá de Balaguer es persona que vale mucho y de gran religiosidad. El Opus Dei (…) hace un bien muy grande y sus confesores son magníficos". "Al Opus Dei se le ataca por la colaboración que algunos de sus componentes me prestan como ministros y en otros cargos".

Esta estrecha colaboración se puso de manifiesto a comienzos de la década de los 60, cuando un destacado plantel de miembros de la Obra fueron nombrados ministros por Franco, a quienes dio poder suficiente para llevar a cabo un histórico giro en su política económica. López Rodó, el más significativo del conocido como grupo de los "tecnócratas del Opus", aplicó los conocidos Planes de Desarrollo para desesperación de otros sectores del franquismo entonces relegados. Otros ministros como Ullastres, Navarro Rubio o López Bravo colaboraron en aquel lavado de cara económico del régimen, gracias al cual éste se perpetuó hasta la muerte del general.

Dos polémicos milagros

El plano de santidad que nos pide el Señor –aseguraba Escrivá de Balaguer– está determinado por estos tres puntos: la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza" (Camino, 387). De los tres excesos santificados por el fundador del Opus Dei, se puede aplicar el de la desvergüenza –la santa desvergüenza por usar su misma terminología– al proceso seguido para elevarle a los altares. No hubo necesidad de aplicar la máxima de la santa coacción porque el tribunal –con algún miembro del Opus integrado en el mismo– estaba entregado a la causa. Pero no se confunda el lector, de ser lego, ya que "una cosa es la santa desvergüenza y otra la frescura laica" (Camino, 388).

Hacía falta un milagro para hacerle beato, y sus postulantes se sacaron uno de la chistera, que parece extraído de las páginas más flacas en ingenio de nuestra literatura picaresca. Aportaron la curación de una "úlcera gástrica" y una "lipocalcinogranulomatosis tumoral", que padecía una monja emparentada con miembros de la Obra, y que diagnosticaron posteriormente un internista y un analista, ambos de la Obra.

Se trataba de una religiosa de 70 años, sor Concepción Bullón Rubio, que jamás rezó, ni se encomendó al padre Escrivá para que se curasen sus dolencias. Dirimió la autoría del milagro el testimonio posterior de unos familiares de la enferma –por cierto, miembros del Opus Dei– asegurando que habían pedido en sus oraciones al Padre –de la Obra– que intercediese ante el Padre –Eterno– para que sanase sor Concepción. El recurso taumatúrgico no tiene desperdicio.

En los libros de medicina se dice que las úlceras duodenales desaparecen con mucha frecuencia en corto tiempo, pudiendo no dejar rastro, por supuesto sin ninguna intervención sobrenatural, siendo muy amplia la casuística de enfermos que superan esta dolencia. En cuanto al tumor, nombre que frecuentemente se asocia con el cáncer, no es otra cosa que un aumento de volumen de una parte inflamada. Muchos de estos abscesos son benignos, como el que tenía sor Concepción, que sólo le ocasionaría las molestias producidas por la compresión de las partes próximas. En definitiva, el tumor diagnosticado no es otra cosa que un depósito de calcio en grasa, que puede ser reabsorbido, como ocurre con los quistes sebáceos.

La propia comunidad religiosa donde vivía la enferma no fue consciente, en un primer momento, de la trascendencia milagrosa que iba a tener la curación de sor Concepción, de tal suerte que las monjas no han sido capaces de fijar la fecha exacta del prodigio. La propia superiora general de las Carmelitas de la Caridad Vedruna, sor Catalina Serna, confesó a Carandell que se enteró por el periódico del milagro operado en una religiosa carmelita y creyó que se trataba de una hermana de otra congregación.

Pero la Iglesia exige un segundo milagro para ser santo a aquellos que no han muerto martirizados y era una pena dejar pasar el año del centenario del nacimiento de monseñor Escrivá sin elevarle a este rango. Así que para que todo casase, la Divina Providencia, que está en todo, obsequió a la Obra con un supuesto prodigio –hay que creer en la presunción de inocencia de los taumaturgos– que es otra chapuza, en su segunda acepción, de obra hecha sin arte ni esmero.

Se trata de la curación –mediante estampita de José María Escrivá– del médico Manuel Nevado Rey, que como consecuencia de la exposición a los equipos de radiodiagnóstico, sufría una "radiodermitis crónica" hacía 30 años.

La medicina no es una ciencia exacta pero sí las estadísticas que genera su casuística, y un considerable porcentaje de este tipo de enfermos se cura cuando dejan los pacientes de estar sometidos a la exposición de las radiaciones, que es lo que el doctor Nevado confiesa que hizo. En cualquier caso, la afección no era cancerígena.

Luego hay otro aspecto que es preciso tener en cuenta, los efectos biológicos de la fe. Carlos Marx, tomando una broma de Heine, había dicho que "la religión es el opio de los pueblos", y sin pretenderlo había formulado una gran verdad científica. En efecto, en los estados de gran excitación devota, se ha demostrado a partir de mediados de la década de 1970, que el cerebro segrega una diversidad de potentes drogas, conocidas como endorfinas, algunas de las cuales pueden tener importantes efectos curativos. Es lo mismo que vienen haciendo los curanderos desde hace siglos, sin que a ninguno de ellos se le haya elevado a los altares. Conocedores de este efecto psicobiológico, los laboratorios prueban sus fármacos dando a la mitad de los enfermos del test unas cápsulas sin el principio activo, y lo curioso es que un porcentaje de ellos se cura, sin que hasta el momento se hayan calificado estos casos de milagrosos.

Nada de lo que antecede es nuevo para los médicos. Las razones por la que los 60 facultativos de la Congregación para la Causa de los Santos, que previo pago de 500 dólares por caso, dictaminaron que lo sucedido al doctor Nevado era "científicamente inexplicable", nunca las conoceremos. A no ser que alguno quebrante el secreto pontificio al que están sometidos bajo pena de excomunión y, por supuesto, de no hacer más informes.

Pero a muchos católicos para los que José María Escrivá no es santo de su devoción, quizá les consuele saber que el Vaticano no es infalible cuando canoniza a alguien, y mucho son los que va descolgando periódicamente del calendario. El último, san Cucufato. Y si siempre fue así, ahora lo es más que nunca, ya que el actual Pontífice ha desactivado las garantías del proceso, cargándose al llamado abogado del diablo, que es el equivalente a la figura del fiscal en los tribunales de justicia. De esta manera, Juan Pablo II se ha podido convertir en el mayor fabricante de santos y beatos de la historia, un total de 1.738 personas, cifra superior a la suma de las canonizaciones acumulada por todos sus antecesores.

Gracias a esta permisividad vaticana, la canonización de José María Escrivá de Balaguer ha batido un récord de celeridad en el proceso, al ser beatificado cuando sólo habían transcurrido 17 años desde su muerte y declarado santo diez años después.

Los que crearon el santo de la nada, posiblemente se aplicarán aquello de "¿si tienes la santa desvergüenza, qué te importa del ‘qué habrán dicho’ o del ‘qué dirán’?" (Camino, 391).

Por Ramos Perera

Camino a los altares

Todo apunta a que desde edad temprana, José María Escrivá sabía que iba para santo. Se hizo sacerdote porque "el matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo... engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares" (Camino, 28).

Una vía muy expeditiva para llegar a ser canonizado es el martirio, que no requiere los preceptivos milagros. Pero monseñor Escrivá había desechado hace tiempo esa opción, cuando no dudó en hacerse pasar por un loco para eludir su detención en la guerra civil. En Camino dejó muy clara su posición: "Me hablas de morir ‘heroicamente’. ¿No crees que es más ‘heroico’ morir inadvertido en una buena cama, como un burgués..., pero de mal de amor?" (743).

Tampoco debía tener muy claro el cumplimiento de los prodigios sobrenaturales que se requieren para ser canonizado, cuando escribió "No necesito milagros: me sobran con los que hay en la Escritura" (Camino, 362)

Su elevación a los altares pasaba por crear una prelatura, que llamó en un gesto de soberbia, "Obra de Dios", aunque en latín. Era consciente que las órdenes religiosas no escatiman esfuerzos para colocar en sus altares a sus respectivos fundadores, y el Opus Dei tenía el dinero y el poder necesarios para conseguirlo. Por ello, llevaba al lado siempre a dos hagiógrafos, denominados "custodios de la fe", para que apuntasen todas sus ocurrencias "no vaya a pasar –les decía– como a san Ignacio de Loyola que se descuidaron en vida y luego no encontraban nada". Un sobrino del padre Escrivá, hizo la confidencia al escritor Manuel García Viñó, que antes de obtener el marquesado, su tío le había confesado: "si bien los jesuitas tuvieron un noble que llegó a ser santo, mi Obra tiene un santo que llegará a ser noble".

Y por si sus hagiógrafos no eran lo suficientemente prolijos, dejó escrito su catecismo, Camino, que refleja mejor que nada su talante machista y paternalista.

Tan machista es su obra, que parece redactada sólo para hombres. Aconseja al lector o lectora: "...sé varón, ‘esto vir" (4); "sé recio, sé viril, sé hombre y después sé ángel"(22). Y acusa indirectamente a las mujeres de tener el monopolio del chismorreo cuando dice "eres curioso y preguntón, oliscón y ventanero: ¿no te da vergüenza ser, hasta en los defectos poco masculino?" (50). Y es que cuestiona la igualdad, dado que "tal como la entienden, es sinónimo de injusticia" (46).

Su concepción paternalista se pone de manifiesto en muchas máximas de Camino. "...se precisa mucha obediencia al Director y mucha docilidad de gracia. Porque, si no se deja a Dios y al Director que hagan su obra, jamás aparecerá la escultura..." (56); "Director, lo necesitas, para entregarte, para darte..., obedeciendo..." (62). El libre albedrío y el discernimiento ajenos no entraban en su credo.

Él mismo, en otro gesto de soberbia se hizo llamar "Padre", haciendo caso omiso a la recomendación de Jesucristo "no llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro sobre la Tierra, porque uno es vuestro Padre, el del Cielo". Sin embargo, hasta en su lápida se puede leer "El Padre".

Para el jesuita José María Martín Patino, personaje clave de la transición española, José María Escrivá no es un buen modelo de santo porque no fue capaz de superar ninguna de las tres grandes tentaciones que tuvo que vencer Jesús en el desierto: la de tener propiedades, la de tener poder y la de obtener notoriedad.

Por R. P.

140102


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