OPINIÓN E IMAGEN

 

OPERACIÓN   BBVA : LAS CLAVES POLÍTICAS

 

La operación control BBVA da sus últimos coletazos a la vista de todo el país. El Gobierno tenía ya concluido su asalto a la segunda entidad financiera española a través de Francisco González, ex presidente de Argentaria y amigo de Rodrigo Rato, cuando el malestar de los expulsados del poder ha dado publicidad a unas cuentas secretas que han puesto en evidencia las sucias armas empleadas en la estrategia. Aunque el escándalo pueda tener un coste político mayor del previsto, el objetivo ha merecido la pena.

Por Inmaculada Sánchez

L a banca debe estar con el Gobierno". Esta frase, pronunciada hace ya 15 años en unas declaraciones públicas por Pedro Toledo, presidente del antiguo banco de Vizcaya, autor de la fusión con el entonces banco de Bilbao que presidía José Angel Sánchez Asiaín y fallecido inesperadamente al año de la boda, ocupa página especial en el manual del buen banquero desde siempre, pero seguro que estos días a Emilio Ybarra le está sonando en los oídos.

Su defenestración como copresidente del BBVA el pasado 18 de diciembre tiene mucho que ver con el interés del Gobierno de José María Aznar por controlar el segundo banco del país. Ybarra y sus consejeros, desprestigiados por el conocimiento público de los fondos de pensiones suscritos a su nombre en una de las cuentas ahora afloradas, no estaban lo suficientemente cerca del presidente Aznar ni de sus fieles. Y lo han pagado.

Que el escándalo de las cuentas secretas haya salido a la luz ahora no parece que figurase en el guión gubernamental (Ver recuadro ¿A quién interesaba el escándalo?) y tanto Aznar como Rato están teniendo que hacer frente a un aluvión de preguntas de la oposición que amenaza con crispar nuevamente el panorama político en un momento en que Moncloa pretendía fijar las miradas únicamente en la dimensión internacional de su inquilino como presidente de turno de la Unión Europea.

El primer traspiés ya ha tenido lugar: mientras Aznar negaba rotundamente a comienzos de semana que "nadie de su Gobierno" hubiera tenido conocimiento de la existencia ni la investigación sobre las cuentas secretas, tres días después el ministro de Economía respondía al PSOE en el Congreso que el Banco de España le informó en octubre de 2001 de su inspección al BBVA, aunque "sin dar detalles". Dos meses más tarde, Ybarra abandonaba adelantadamente la copresidencia del banco (según los acuerdos de la fusión no debía irse hasta marzo del 2002) y, con él, para mayor sorpresa, también se iba Pedro Luis Uriarte, su fiel escudero, vicepresidente y consejero delegado. Tres meses más tarde, Francisco González, que ya ejercía como presidente único, laminaba a buena parte de los consejeros procedentes del antiguo BBV días antes de la junta de accionistas –hechos consumados–, reducía su número y desequilibraba las proporciones firmadas en la fusión a favor de los consejeros procedentes de Argentaria. Nadie entendía el vigor en la embestida de González ni la docilidad en la retirada de los vascos. Ahora, la administración de plazos y momento de los ataques encaja tan ajustadamente en el desarrollo del caso de las cuentas y de su conocimiento por parte del Gobierno que pocos dudan de la relación entre ambos.

Sintéticamente: en enero de 2000 se fusionan el BBV que preside Emilio Ybarra y Argentaria, entidad pública que el PP terminó de privatizar al llegar al poder y a cuyo frente había colocado a Francisco González, amigo personal de Rodrigo Rato y que presidía por primera vez un banco. Meses después Ybarra informa a González de las cuentas secretas del BBV en paraísos fiscales y se decide aflorarlas al cierre de ese ejercicio contable. En enero de 2001 ambos copresidentes informan al gobernador del Banco de España, Jaime Caruana, de la existencia de esas cuentas y de sus intenciones al respecto. El banco de España da cuenta en octubre a Rato, según él mismo ha dicho en el Parlamento, de que tiene abierta una inspección en el BBVA y en diciembre González se convierte en su presidente único al dimitir anticipadamente Ybarra y Uriarte. Tres meses después, González completa su toma de control del banco con un reajuste en el Consejo que deja sin espacio a las históricas familias procedentes del Bilbao Vizcaya. Sólo el joven José Ignacio Goirrigolzarri, designado nuevo consejero delegado, ponía una nota vasca con su apellido al "refundado" BBVA.

La operación habría sido perfecta (uno de los dos grandes bancos del país controlado por uno de los "amigos" colocados al inicio de la legislatura en las distintas empresas públicas que posteriormente se privatizarían) si no se hubiese conocido el feo asunto de las cuentas  y todo lleve a pensar que el Gobierno lo ha utilizado como medida de presión para que Ybarra y su gente abandone el barco sin pelea.

El desencuentro entre el BBV y el Gobierno de Aznar viene de antiguo, incluso de antes de que éste llegase a tener gobierno, y sólo conociendo su gestación y desarrollo puede entenderse la energía desplegada por éste para asegurarse su control.

Ya en los tiempos de gobierno de Felipe González el entonces BBV mantenía unas relaciones especiales con sus ministros y el propio presidente que le habían llevado a ser llamado en alguna ocasión "el banco del régimen".

En el origen de esta relación estaba un nombre: Carlos Solchaga, el todopoderoso ministro de Industria, primero, y de Economía después durante varios gobiernos socialistas. Solchaga, navarro de Tafalla, había iniciado su carrera profesional en el Banco de Vizcaya donde coincidió con Pedro Toledo, con quien desde entonces mantenía una sólida amistad. Claudio Aranzadi, el sucesor en Industria de Solchaga, también era vasco y compartió amistad e inicios profesionales con Toledo.

Tras consumar la fusión con el Bilbao de Sánchez Asiaín el atrevido Pedro Toledo tomó de su mano establecer para el nuevo banco renovadas conexiones con el poder que las antiguas familias de accionistas no habían cuidado (estamos en 1988 y los socialistas "sólo" llevan seis años en el Gobierno).

Son los tiempos en los que el BBV sienta en su Consejo a un militante del PSOE y ex consejero de la Junta de Andalucía, José Aureliano Recio, amigo, a su vez, de Solchaga desde sus tiempos de abogado laboralista en la UGT de Bilbao. Recio había sido fichado por Toledo para el Vizcaya como director general adjunto y ocupó puesto en el consejo de la fusión dentro de la cuota del Vizcaya.

Por su parte, el banco vasco es la entidad privada que mayor número de operaciones mantiene entonces con el público Instituto Nacional de Industria (antiguo INI predecesor de la actual SEPI) y, cuando el PSOE decide iniciar la privatización de Repsol, consigue comprar al Estado un porcentaje significativo de su capital antes de que éste salga a Bolsa, lo que obligó en su día al ministro Aranzadi a tener que dar explicaciones en el Congreso después de que el grupo popular preguntara sobre el posible favoritismo.

La inesperada muerte de Pedro Toledo –falleció en diciembre del 89 por una grave crisis hepática detectada apenas unos meses antes– abre una lucha sin cuartel entre las distintas familias y los ejecutivos aupados en su día por Toledo en la que resulta vencedor Emilio Ybarra, como representante de los apellidos con más peso en la historia y el accionariado del Bilbao y como principal accionista individual del banco en ese momento. Neguri, el aristocrático barrio de la margen derecha de la ría del Nervión, volvía a controlar el banco que el impulso modernizador de Pedro Toledo y José Angel Sánchez Asiaín, empleados al fin y al cabo, había alejado de sus verdaderos dueños.

En enero del 90 Emilio Ybarra abandona, pues, su plácida vida de vicepresidente y aunque continúe tomando el aperitivo en el elegante y restrictivo restaurante Tamarises, con vistas a la playa de Arteaga, en el microclima neguriense, ha de coger el timón del BBV y aterrizar en la arena madrileña. Los socialistas enfilan su cuesta abajo y Aznar acaba de ser nombrado también, nuevo presidente del PP refundado.

El BBV de Ybarra no alimentó los lazos con un PSOE moribundo, pero su historia y, también, el peso de su grupo industrial le empujaba en más de una ocasión a recordar la frase de Pedro Toledo sobre lo importante que es para un banco llevarse bien con el Gobierno.

Es así que los caminos de Ybarra y Aznar divergían. Mientras el BBV, dentro de su estrategia industrial, había entrado a formar parte del accionariado de Canal Plus, el flamante único canal de televisión de pago del país cuyo socio principal era Jesús Polanco, el "editor maldito" para el PP como "sostén del felipismo", directivos cercanos a los todavía Santander y Central Hispano, coqueteaban con el aspirante entreviéndole en un futuro no lejano instalado en el palacio presidencial.

Ángel Corcóstegui, el ex consejero delegado del Santander Central Hispano, que, curiosamente, saldrá de la órbita del BBV a raíz de la llegada de Ybarra a la presidencia, actúa discretamente en labores de asesoría de José María Aznar. Y Emilio Botín, nada menos que el presidente del Santander, ubica palmariamente a su banco del lado del PP cuando en unas sonadas declaraciones, con un Aznar aún aspirante a La Moncloa, asegura que el programa económico del Partido Popular le "suena bien". Incluso llegó a hablarse de que Botín había puesto a disposición de Aznar su avión privado en alguno de sus desplazamientos al extranjero como jefe de la oposición, extremo siempre negado desde el banco.

Tras la victoria del PP las relaciones entre el nuevo Gobierno y el BBV no lograban pasar de la mera cortesía. Y eso que Ybarra había aprovechado una reestructuración del consejo para, en febrero del 98, sacar al citado Recio del mismo y eliminar toda sombra de su pasada vinculación con el PSOE. La batalla mediática emprendida por Aznar en su primera legislatura eran, y siguen siendo, en parte, culpables de buena parte de la incomunicación.

La participación del BBV en Canal Satélite Digital, la plataforma televisiva liderada por Sogecable, del Grupo Prisa, ha colocado a la entidad en el bando de los "enemigos" del Gobierno durante mucho tiempo. Algunas fuentes llegaron a apuntar en su día el malestar del banco por sentirse discriminados en distintos concursos públicos desde que el PP ocupaba La Moncloa –entre ellos el de la privatización de Aldeasa, del que fue excluido por presentar un "baja temeraria", calificación económica que, según los expertos, difícilmente puede ser adjudicada a una entidad del tamaño del BBV–.

El Gobierno, por su parte, según El Siglo reveló en su momento, había requerido, en sus primeros años de andadura, una rebaja del tono crítico de Tele 5, la cadena participada mayoritariamente por el Grupo Correo donde la familia Ybarra es destacado accionista. Una noticia, en concreto, había encendido la chispa en Moncloa: Tele 5 fue la primera que informó que Aznar había recibido a Silvio Berlusconi el día que viajó a Madrid para comparecer ante el juez Garzón dentro de la investigación que éste realizaba sobre la supuesta vulneración del tope legal del 25 % entre los propietarios de la cadena, una cita que el presidente no quería hacer pública.

La revista Época, claramente ubicada en la "guerra digital" –fue ella la que publicó el famoso informe que pudo llevar a Jesús Polanco a la cárcel–, llegó a titular en portada Tele 5 compromete la neutralidad del BBV. La alianza entre el Grupo Correo y Polanco, al servicio del felipismo.

El Grupo Correo se vio obligado a publicar una nota en la que señalaba que la familia Ybarra era accionista a nivel particular y que el BBV nada tenía que ver con el grupo empresarial.

A pesar de que la tensión digital se ha reducido al mínimo, los problemas del Gobierno con Tele 5 y el Grupo Correo se mantienen. Fueron las presiones de Moncloa las que forzaron el cese del anterior director de informativos de la cadena, Luis Fernández, y la compra del grupo vasco del Abc no ha sido bien recibida en el PP. De hecho, la primera incursión de los vascos en la gestión informativa del diario, considerado hasta entonces el rotativo más cercano al Gobierno, ha sido el nombramiento de un director adjunto, Eduardo Sanmartín, en cuya trayectoria profesional figuran varios medios del Grupo Prisa –El País y El Globo–, la subdirección de El Siglo en sus años fundacionales e, incluso, un puesto de editor en el telediario de TVE cuando el PSOE gobernaba todavía.

Que Ybarra organizase una discreta cena en la sede madrileña del banco para que destacados empresarios conversasen con el entonces nuevo secretario general socialista, Joaquín Almunia, en abril del 98, no vino más que a confirmar que el actual gobierno y el Bilbao Vizcaya, aun manteniendo las formas, no encontraban el hilo común del que prender ninguna dosis de complicidad.

Todo, sin embargo, empezó a cambiar en octubre del 1999, cuando se produce la fusión del BBV y Argentaria, unión que daba respuesta a la protagonizada el año anterior por el Santander y el Central Hispano. El asalto había comenzado y los cimientos de algún palacete de los que cobijan a los herederos de la margen derecha del Nervión llegó a temblar. Los términos de la boda, que dejaban como presidente único tras el periodo transitorio a Francisco González, el "amigo de Rato" colocado por el Gobierno al frente de Argentaria, la entidad "menor" de las dos fusionadas, fueron interpretados como una "rendición" en algunos sectores de Neguri.

La interpretación que circulaba en los despachos mejor informados hablaba de que Ybarra había transigido con el Gobierno y "entregado " la entidad a cambio de una buena despedida. Ya entonces, la "españolización" que para el banco suponía la presidencia única de Francisco González no gustó en los sectores nacionalistas, a pesar de que Neguri y las familias del BBV poco tengan que ver con el PNV. Tras la dimisión de Ybarra los calificativos se agriaron y se llegó a hablar de "traición".

En este profundo malestar con origen en el País Vasco puede estar la clave de la publicidad del escándalo. Con él o sin él, el Gobierno de Aznar ha sumado a su órbita uno de las dos más importantes patas financieras del país. Nadie duda de que Francisco González, salvo imprevistos giros personales, como ocurrió con Juan Villalonga, y que siempre pueden ser reconducidos –el presidente de Telefónica pagó con su puesto la traición a quien le nombrara–, el BBVA inicia una nueva etapa en la que la comunicación con el Gobierno será una de las bases de su estrategia. Y con un grupo industrial como el del banco vasco, en el que  figuran empresas tan importantes como Repsol YPF, Iberdrola, Iberia o la misma Telefónica no es pequeño el margen de maniobra que la "operación FG" ha regalado al Ejecutivo

¿A quién interesaba el escándalo?

Esta pregunta circula como un reguero de pólvora estos días en los despachos de categoría de Bilbao y Madrid. Nadie entiende de dónde ha podido salir la filtración de las cuentas secretas ya que todos los que podían conocer el caso salen perjudicados con su publicidad.

Al Gobierno el caso le está poniendo en un aprieto indeseado. Mientras por un lado tiene que hacer frente a la ofensiva de la oposición sobre su posible implicación, con otro secretario de Estado de Hacienda en entredicho y el ministro Rato nuevamente en el punto de mira, las consecuencias sobre la credibilidad del sistema financiero en su conjunto perjudican sus esfuerzos por perfilar la "recuperación económica" del país. Además, una instrucción en manos del juez Garzón es impredecible y, por lo tanto, peligrosa.

Al PSOE de Rodríguez Zapatero vuelve a ponerle frente al pasado de su partido ya que en el debate sobre los objetivos de las famosas cuentas pueden aparecer inoportunas relaciones con los socialistas de las anteriores direcciones (El citado José Aureliano Recio llegó a estar citado a declarar en la instrucción del caso Filesa para hablar de los supuestos pagos de informes del BBV).

A las familias de Neguri "expulsadas" del banco les convenía más pasar discretamente al ostracismo que no con su honor mancillado y a los vencedores de la batalla, Francisco González y su equipo, no les viene nada bien poner en peligro la estabilidad de la entidad con un escándalo de proporciones impredecibles y que ya está teniendo consecuencias en la cotización bursátil.

¿Quién entonces? Las versiones que se intercambian estos días al respecto elevan a una como la más creíble: El soplo ha salido de Neguri, de fuentes ofendidas con el asalto del que han sido objeto sobre todo respecto a sus posibilidades futuras y a las que no ha importado arrastrar en su "venganza" a nombres como Emilio Ybarra o Pedro Luis Uriarte. "Si ya nos han matado, vamos a morir provocando problemas a nuestros verdugos", sería el resumen de las intenciones de los filtradores a los que, vista la dimensión del escándalo, éste se les ha ido de las manos.

También hay quien asegura que una inspección puesta en marcha por el Banco de España era inevitable que fuese conocida antes o después y que la publicidad del escándalo era imposible de evitar. Sólo se habría retrasado por el "miedo" de los medios a poner en aprietos a un gigante financiero como el BBVA. También hay otras teorías, que relacionan el caso con ETA (Ver información al respecto en las páginas 59 y 60 de este mismo número) y con el vuelco dado en el mundo tras el 11-S respecto a la permisividad sobre estas cuentas secretas radicadas en paraísos fiscales

Nuevos banqueros para nuevos tiempos

El recambio en el cuartel de mando del BBVA se suma a otros muchos relevos ocurridos en el panorama bancario español en la última década que deja casi en solitario a Emilio Botín, en cuanto principal dueño del Santander Central Hispano, y a los hermanos Valls, ejecutivos de prolongada confianza en el Popular, como únicas imágenes fijas de un mapa de la banca española que ha sufrido notables cambios.

En los años finales de los ochenta el poder bancario español no sólo perdió, debido a su muerte, al joven y prometedor Pedro Toledo. Sánchez Asiaín, otro valiente ejecutivo que había osado lanzar una fallida OPA hostil para apropiarse de Banesto, fue forzado a retirarse cuando se desató la pelea entre las familias del Bilbao y el Vizcaya tras la fusión.

En esos años también despuntaban como banqueros los famosos primos Albertos (Cortina y Alcocer) que lucharon por hacerse con el Banco Central de Alfonso Escámez y que, tras el sonado divorcio de sus esposas hubieron de retirarse a sus cuarteles del segundón banco Zaragozano, donde todavía se mantienen como principales accionistas.

El propio Alfonso Escámez ya está jubilado y su sucesor al frente del fusionado BCH, José María Amusátegui pertenece también al grupo de las víctimas de las fusiones, después de que Botín lo expulsase del BSCH antes de tiempo. Mario Conde, otro agresivo banquero ha dado con sus huesos en la cárcel y pronto se sabrá si el Supremo revisa la sentencia del caso Banesto (se prevé para el mes próximo el pronunciamiento del alto tribunal al respecto.

No son pocos los que intuyen que la presente crisis del BBVA abre una nueva etapa en la banca española. Los nuevos tiempos son de Ana Patricia Botín, colocada por su padre como primera mujer presidenta del Español de Crédito, del todavía desconocido sucesor de los Valls y del propio FG, o de algún delfín que aún no ha dejado ver su estilo natatorio.

15.04.02


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