OPINIÓN E IMAGEN

 

Y AZNAR BAJÓ A LA TIERRA: Las claves sucesorias del nuevo Gobierno

 

El presidente del Gobierno, a menos de dos años de su retirada, ha emprendido una profunda reforma de su Gabinete que, acertada o no, ha logrado darle un vuelco de ciento ochenta grados al panorama político y, más aún, al de su intrincada sucesión. Ahora que parecía estar claro que tres eran tres los posibles de Aznar, han recuperado con poderío su sitio en la línea de salida los nombres de Acebes, Ruiz-Gallardón, Arenas y Zaplana, mientras se vislumbran sombras como la de Loyola de Palacio cuando se sostiene que, si Aznar desea pasar a la historia con su nombre escrito con luces de neón, que lo desea, nada mejor que con la designación de una mujer como sucesora.

Por Ana Pardo de Vera

El martes 9 de julio comenzó una minilegislatura para el PP si se tiene en cuenta el vuelco que le dio José María Aznar a su Gabinete, ya que prácticamente procedió al vaciado completo de sus piezas y a su recomposición con algunas de las ya existentes, en los mismos o en distintos lugares, y con otras absolutamente nuevas, unas imprevisibles y otras, menos. Lo que es indiscutible, y el jefe del Ejecutivo ha hecho de ello su sino personal, es la capacidad de José María Aznar para sorprender a propios y extraños.

Así, y lo reconocen ahora dentro de los muros acristalados de la sede de la calle Génova, cuando parecía, como decía Pedro J. Ramírez en una de sus cartas dominicales, que "en el hermetismo de la Esfinge empiezan a producirse fisuras orientativas" y el círculo sucesorio comenzaba a estrecharse en torno a tres claros aspirantes, el trío de vicesecretarios generales del PP, entre los que brillaba con más fuerza Jaime Mayor Oreja, de pronto Aznar coge su Consejo de Ministros, lo despedaza y recupera o refuerza en él a figuras que se mantenían en la segunda fila de los posibles herederos, aunque más por estar que porque realmente tuvieran alguna posibilidad, según los aznarólogos habituales, que tampoco se han librado del desconcierto general.

Al final, el resultado ha sido un Gabinete de corte político, que se vislumbra con claridad con la incorporación de dos pesos pesados del partido y tenidos ambos, dentro y fuera del partido, por dialogantes y abiertos: Eduardo Zaplana y Javier Arenas. El primero, la gran novedad del nuevo Gobierno, ha asumido el Ministerio de Trabajo justo después de la convocatoria de la primera huelga general contra el PP el pasado 20 de junio, un golpe muy duro para Aznar que no ha podido retirarse de la política nacional sin su huelga correspondiente, lo que lo hace comparable al tan repudiado desde el PP ex presidente socialista, Felipe González.

Eduardo Zaplana sustituye a Juan Carlos Aparicio, el prototipo de hombre técnico y trabajador, también dialogante y conciliador, pero sin la tercera parte de cintura política que el ya ex presidente de la Generalitat Valenciana. De Aparicio se lleva buen recuerdo hasta de los sindicatos que le montaron la huelga, pues alguno de sus miembros más destacados reconocía al enterarse del cese del burgalés que, en realidad, nada se había solucionado con la marcha de Aparicio, pues el decretazo de la discordia era obra y gracia del presidente y de su ministro de Economía y ambos siguen imperturbables en sus puestos, aunque al segundo se le intuya cierta desgana.

Ahora, Zaplana se enfrenta a la recuperación del diálogo social del que tanto alardeaba José María Aznar hasta hace no mucho tiempo y no es ésta tarea fácil. Sin embargo, personas muy cercanas al ministro de Trabajo subrayan su capacidad para conciliar posturas, buscar acuerdos y lograr unas buenas relaciones incluso con miembros de la oposición. A pesar de su disposición a recuperar el diálogo con UGT y CC OO, que Eduardo Zaplana hizo pública incluso antes de su toma de posesión como ministro el pasado miércoles, para algún antiguo miembro del aparato de Génova el ex presidente valenciano deberá tener en cuenta que los sindicatos podrían mantenerse en sus trece en cuanto a su postura de hablar única y directamente con el presidente del Gobierno, "crecidos como están ante la trascendencia política de la huelga, la cual, por cierto, ni ellos mismo se esperaban" y que ha provocado la caída de dos ministros, según sostienen las mismas fuentes, la del citado Juan Carlos Aparicio y la de Pío Cabanillas, ex ministro Portavoz y decidido más que presumiblemente a retirarse de la política, tal y como hacía prever una fuente oficial al asegurar que Cabanillas "sólo piensa en sus vacaciones".

Con tarea ingrata o no, lo cierto es que Zaplana, otrora retirado de la línea de salida en la carrera de la sucesión, vuelve a apostarse con fuerza en ella, aunque los mismos que decían entonces que Aznar nunca cedería el relevo al ex presidente de la Generalitat Valenciana lo sigan manteniendo, amparados en la tesis de que jamás sucederá al presidente del Gobierno un hombre con muchas más cualidades políticas que él, "tal vez admita alguna más que cuando él empezó, pero Zaplana es un líder nato, y eso, nunca", afirman tajantes.

Asimismo, existen otras tesis, aunque de momento indemostrables, que circulan incluso en el seno del Partido Popular y que aseguran que la decisión de Aznar de darle a Zaplana un ministerio no fue una operación de traída del presidente de Valencia al Gobierno de Madrid, sino "de extracción del mismo del mando de la Generalitat Valenciana, con una oposición socialista regional a punto de echársele al cuello sin piedad" incluso antes de que comenzase la precampaña de los comicios autonómicos de 2003. "Ni que decir tiene –argumentan las mismas voces– que Zaplana nunca podría ser el sucesor, pues si es vulnerable como candidato a gobernar la Generalitat, mucho más como candidato a la Presidencia del Gobierno".

Quienes así razonan creen que Aznar actuó de forma similar trayéndose a Zaplana de Valencia a Madrid que manteniendo en el Gobierno a Josep Piqué y a Jaume Matas, a pesar de que casi con toda probabilidad el primero será candidato a la Presidencia catalana y el segundo, a la balear. Zaplana, según aseguran fuentes valencianas, podría ser sometido por la oposición del PSV a una dura embestida de la que el presidente Aznar ha querido librarle trayéndoselo a Madrid, tal y como, por otro lado, era el deseo del ya ex presidente regional.

De Josep Piqué se asegura en el entorno de La Moncloa que Aznar ya le anunció el pasado mes de mayo que sería el candidato para derrotar a Artur Mas e impedir el cada vez más factible desembarco de Pasqual Maragall como president, pero de momento se mantiene en el Gabinete sustituyendo a su amiga Anna Birulés en el Ministerio de Ciencia y Tecnología, tratando de arreglar el entuerto que le dejó la gran ejecutiva catalana que tanto prometía y tan poco consiguió y tomando carrerilla con tiempo suficiente para preparar su desembarco en Cataluña, algo que no hubiese sido posible desde el departamento diplomático. ¿Por qué no cesó Aznar a Piqué y a Matas si van a ser los candidatos a la Presidencia de sus respectivas comunidades de origen? Según fuentes del entorno del PP, por razones similares por las que el jefe del Ejecutivo se trajo a Zaplana: para mantenerlos bien guarecidos de la quema de la oposición. En el caso de Piqué y de Matas, además, porque son especialmente vulnerables como candidatos comunitarios con los recientes procesos judiciales del caso Ercros y del caso Formentera, respectivamente. Se puede suponer, pues, que ambos ministros aterrizarán en sus comunidades de origen con el tiempo justo para afrontar las campañas electorales, la de Baleares antes que la de Cataluña.

 Arenas: ¿premio o castigo? No todo el ámbito popular las tiene todas consigo al considerar que el nombramiento de Javier Arenas como ministro de Administraciones Públicas supone un reconocimiento a la labor del secretario general de Partido Popular y una apuesta por él como posible sucesor de cara a la opinión pública, mucho menos si se tiene en cuenta que la Secretaría General pasa ahora a ser ocupación secundaria del recuperado ministro y supondrá una delegación de funciones en el responsable del Programa Marco para los comicios de 2003 y portavoz popular en el Parlamento de Vitoria, Jaime Mayor Oreja. Incluso, casi se ha convertido en un convencimiento general el hecho de que en breve el ex ministro de Interior será el número dos del PP y quedará a la misma altura que el resto de los pesos pesados populares.

La de Javier Arenas, por ello y según estas interpretaciones, no ha sido un premio a su fidelidad, sino una constatación de la misma, "que no es igual", al situarlo en un plano, hoy, especialmente delicado: el directamente responsable de las relaciones con las Comunidades Autónomas, especialmente deterioradas tras dar el Gobierno vasco las primeras pinceladas de su proyecto soberanista, algo que, por otra parte, ya ha llevado a Arenas a su primer enfrentamiento verbal como ministro con el lehendakari Juan José Ibarretxe. Sin embargo, no hay que olvidar que, en cierta manera, "Aznar ha sacado a Arenas del partido en un momento en que de éste se colaban al exterior disturbios cada vez menos disimulables", como los existentes entre el propio secretario general y el intocable ministro de Fomento, Francisco Álvarez-Cascos.

La crisis abierta en el PP se habría cerrado con un abrazo entre el ex secretario general del PP y su sucesor Arenas, abrazo que, por cierto, la televisión pública se apresuró a emitir durante las informaciones sobre el cambio de Gobierno, pero Cascos se ha apresurado a reeditarla al mostrar su disconformidad con que Arenas sea ministro y secretario general del PP simultáneamente. Lo que está claro, es que si Arenas sale de Génova su puesto en la carrera sucesoria perderá fuelle, pues no es lo mismo ser ministro de Administraciones Públicas y secretario general del PP que sólo lo primero. "Arenas es un hombre de la confianza de Aznar, que, además, quería ser ministro, pero que, por otro lado, había asumido y superado con creces el papel que le correspondía como número dos del PP, pues se dio cuenta de que ese puesto le daba más cancha que un departamento en el Gobierno", más si se trata de ocupar el ministerio que fue de Jesús Posada. Y nada que decir si Arenas conserva el papel que tuvo su antecesor en el Gobierno, el "ministro invisible", como se le conocía en los corrillos políticos.

El tapado se asoma con fuerza. Lo que nunca nadie se atrevió a descartar radicalmente fue un puesto, pequeño pero con espacio propio, para Ángel Acebes en la pugna sucesoria, pues, tal y como adelantó El Siglo en su día (ver, núm. 476, "Ángel sí señor", el tapado), si Aznar tuviese que elegir sin condicionamiento externo alguno a su heredero, se decantaría sin duda por Ángel Acebes, su declarado ministro favorito. Sin escándalos que enturbien su trayectoria política, fiel, eficaz, cumplidor, trabajador, curtido ahora más que nunca en el terreno parlamentario y negociador con éxito del Pacto de Justicia, uno de los grandes logros de la última legislatura de Aznar, el ex ministro de Justicia se ha hecho con el trono de los elegidos: el Ministerio de Interior, un puesto que, sea mejor o peor la gestión, siempre encumbra a quienes lo ocupan por la especial sensibilidad que existe en España debido al terrorismo de ETA. Y lo hace, además, manteniendo un tándem perfecto con el que fuera su mano derecha en Justicia, el ex secretario de Estado y hoy ministro de este departamento, José María Michavila. Esta pareja, también muy similar en el fondo y en la forma, deja atado y bien atado otro de los objetivos cuyo logro se había marcado José María Aznar: la ilegalización de Batasuna con la nueva Ley de Partidos Políticos.

Sin duda, sólo cabe una interpretación para estos dos nombramientos y es que, junto a Mariano Rajoy, Acebes y Michavila son los grandes premiados en la remodelación de Gobierno, además de que el nuevo ministro de Interior se sitúa en la carrera sucesoria al mismo nivel que los tres vicesecretarios generales y amenazando con superar a alguno de ellos cuando las encuestas, como acostumbran, encumbren al ahora máximo responsable de la lucha antiterrorista del Gabinete Aznar. Alguno que, según la opinión mayoritaria del entorno del PP, podría ser Rodrigo Rato. De hecho, no es el primer dirigente popular que reconoce que el ministro de Economía "ya ha tocado techo político" y, aunque mantiene su feudo en el terreno empresarial, perderá fuelle de aquí a 2004, pues no ha podido oxigenar su trayectoria política de los últimos meses, tocada por los escándalos de Gescartera y de los dos grandes bancos, el BBVA y el SCH. La posibilidad para ello hubiera sido que Rato accediese a la jefatura de la Diplomacia española, tal y como se pensó que ocurriría, pues el propio vicepresidente segundo, según fuentes no oficiales de La Moncloa, se lo pidió personalmente a Aznar sin éxito.

El refuerzo del político por excelencia. El San Pedro del Partido Popular, como publicó El Siglo en su núm. 490, había dejado oxidarse alguna de sus llaves al asumir la cartera de Interior en sustitución de Jaime Mayor cuando éste la abandonó para tratar de hacerse con el Gobierno del País Vasco. Para Mariano Rajoy, las complejas y amplísimas competencias de Interior suponían un impedimento para volcarse tanto como él desearía en la coordinación de los restantes ministerios, función puramente política que asumió el futuro presidente del Senado, Juan José Lucas, sin demasiado éxito. Ahora, con la remodelación efectuada por Aznar la semana pasada, Rajoy es más San Pedro que nunca y obtiene el premio más grande de entre los premios concedidos por el jefe: los dos ministerios políticos por excelencia, Portavocía (imagen del Gobierno) y Presidencia (coordinación del Gobierno), y la vicepresidencia primera.

Desde luego, no se puede pedir más, pero, además, Rajoy ha podido permitirse premiar con el Ministerio de Sanidad a Ana Pastor, su más fiel colaboradora desde los tiempos del clan de Pontevedra, en los que ambos ejercían con efectividad la política en Galicia. Pastor, aunque es gallega de adopción (nació en Cubillos del Pan, Zamora), como le gusta decir, es conocida por la rigurosidad y efectividad de su trabajo, la lealtad al partido y a Mariano Rajoy, a quien ha acompañado en su periplo por los cuatro ministerios anteriores al actual, su sobriedad y su discreción, un perfil poco similar al de su antecesora, Celia Villalobos, máxime teniendo en cuenta el talante conservador de la nueva ministra de Sanidad. Incluso, desde Galicia se le sitúa en el entorno del Opus Dei.

Por último, entre las novedades más clamorosas de esta minilegislatura que comienza, nada más y nada menos que en un contexto político tan apetitoso como la reciente celebración de una huelga general y el Debate sobre el Estado de la Nación de esta semana, se encuentra la incorporación como ministra de Asuntos Exteriores de Ana Palacio, hermana de la vicepresidenta de la Unión Europea (UE), Loyola de Palacio y otra de las incorporadas a la carrera sucesoria, aunque, como le ocurre a Mayor, desde fuera del Gobierno. El argumento que esgrimen los convencidos, que los hay, de que Loyola será la heredera, al margen de su indiscutible calidad política, es que "nada más propio de Aznar que dar el último golpe de mano de su trayectoria política, plagada de sorpresas, posando su mano derecha sobre una mujer y, entonces, Loyola de Palacio, sería la elegida".

DE MADRID, AL CIELO

"El único socialista que debe de estar frotándose las manos en estos momentos por el nombramiento de Alberto Ruiz-Gallardón como candidato del PP a la alcaldía de Madrid es Javier Solana", sostiene un veterano popular, pues míster PESC, reconocen incluso los populares sería la única persona con alguna posibilidad para arrebatarle la victoria al actual presidente de la Comunidad de Madrid. José María Aznar dio otro de sus grandes golpes de efecto con la designación de Ruiz-Gallardón como sustituto de José María Álvarez del Manzano para concurrir como cabeza de cartel a la alcaldía de la capital. Aznar no podía retirarse de la política nacional perdiendo Madrid, así que, "en esta ocasión sí", tuvo que reconocer que sólo Alberto Ruiz-Gallardón podía salvarle, después de haberle arrinconado prácticamente por sus declaradas ambiciones políticas a la hora de pronunciarse sobre sus querencias por ocupar el sitio de Aznar.

De esta forma, el presidente del Gobierno recupera a Ruiz-Gallardón también como posible heredero al reconocer casi explícitamente el tirón de un hombre tachado por sus propios compañeros de progre y de aliado del gran enemigo del PP, el presidente de Prisa, Jesús de Polanco. En Génova se muestran exultantes con la nueva ubicación del presidente madrileño, especialmente después de contemplar con inquietud como distintos sondeos anunciaban un ascenso imparable de la candidata socialista Trinidad Jiménez. Ahora, en el PP no tienen ninguna duda: Ruiz-Gallardón será el alcalde Madrid en el año 2003, pero eso implica llevar a su propio partido a admitir la valía y el tirón de este hombre, hoy, con lugar propio en la carrera sucesoria, a pesar de Aznar o no


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