LOS DOSSIERES

No están todos los que debían estar, pero menos da una piedra. En nuestro afán de ser más tolerantes que nadie a nuestra derecha, os hemos seleccionado estos breves dossiercillos que los enemigos de España publican en libelos social comunistas. Te los dejamos leer. Luego si te han gustado da las gracias a los de la revista El Siglo y los de Interviú. Son de lo que ya no quedan.

 

Annus magnificus: El Rey refuerza su papel, casa a su hijo y se libra de Aznar (*)

El rey Juan Carlos, que esta semana celebra su 66 aniversario, comienza 2004 con buen pie. El nuevo año le depara una serie de oportunidades que, bien aprovechadas, colocarán a la Corona y a la propia figura del monarca en una posición preeminente. El cambio de interlocutor político le permitirá recobrar su papel moderador, que con la presencia de José María Aznar en el Gobierno ha quedado reducido a una mera anécdota; las demandas nacionalistas de catalanes y vascos le permitirán demostrar su talla de jefe del Estado y la boda del príncipe Felipe refuerza a su hijo como heredero. A partir de ahora, el Rey podrá recobrar nuevos bríos largo tiempo adormecidos.

Por Virginia Miranda

El pasado 24 de diciembre, el Rey se asomaba a los hogares de los españoles para transmitirles sus mejores deseos para el año que ahora comienza. La tradicional felicitación navideña apenas se salía del guión de otras Nochebuenas; tan sólo la mención especial a la Constitución, que acaba de celebrar su 25 aniversario, y a Letizia Ortiz, cuyo compromiso matrimonial con el Príncipe de Asturias “constituye un motivo de gran alegría, tanto desde el punto de vista familiar como institucional”. Sin duda, ésta resultó ser la más sincera y significativa. Al margen de los comentarios sobre los posibles recelos que los Reyes hubieran podido manifestar ante la elección del heredero de la Corona, don Juan Carlos está realmente feliz. Después de ver cómo su hijo se convertía en habitual de la prensa rosa, de que  Eva Sannum pusiera a todos los monárquicos y buena parte de los españoles en contra del heredero y de que sus salidas nocturnas suscitaran más interés informativo que su presencia en actos institucionales, Letizia Ortiz ha llegado a La Zarzuela como agua bendita. El próximo 22 de mayo, Madrid se vestirá de gala para hacer los honores a la pareja real y el Rey, por fin, dejará zanjado uno de los asuntos pendientes que, desde hace ya varios años, tenía puesta en un brete a la Casa Real.

Si para la reina de Inglaterra 1992 fue un annus horribilis, para don Juan Carlos 2004 será su annus magnificus. Poco antes de que el Príncipe de Asturias contraiga matrimonio en la catedral de la Almudena, el Rey también se habrá quitado de encima una de las losas más pesadas de cuantas haya tenido que soportar desde la llegada de la democracia. Las elecciones generales se celebrarán el mes de marzo y Aznar se despedirá de La Moncloa. Con él desaparecerán también las tensiones, los desplantes y las descortesías que el monarca viene sufriendo desde que el presidente llegara al Gobierno en 1996. Don Juan Carlos, acostumbrado a la cordialidad y entendimiento dispensados por Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo y Felipe González, ha tenido que sobrellevar, no sin gran indignación, el trato desconsiderado de José María Aznar. El papel moderador que la Constitución otorga al monarca se ha topado en numerosas ocasiones con serias cortapisas, bien porque las entrevistas del Rey y el presidente han dejado de ser tan frecuentes como de costumbre, bien porque la información gubernamental le ha llegado a don Juan Carlos de forma sesgada.

A pesar de los intentos oficiales por tratar de contrarrestar el alcance informativo de las tensiones Moncloa-Zarzuela, el pulso mantenido por sus dos inquilinos a lo largo de estos últimos ocho años ha elevado sus desencuentros al rango de célebres anécdotas.

En el caso del papel de su Majestad en la diplomacia internacional, reconocido expresamente por la Constitución, los desplantes de Aznar han dado mucho juego. Uno de ellos tuvo lugar en 1998. Don Juan Carlos quería ir a La Habana para conmemorar el centenario de la independencia cubana. Sin embargo, Aznar se lo impidió zanjando el asunto con su ya famosa frase “el Rey irá a Cuba cuando toque”. Al parecer, tocaba al año siguiente. Fue en el mes de noviembre de 1999, como motivo de la IX Cumbre iberoamericana. En aquella ocasión y saltándose todo el protocolo, Aznar se paseó por las calles de La Habana en mangas de camisa con la chaqueta al hombro en presencia del Rey, que soportaba impertérrito las altas temperaturas caribeñas con su americana puesta. En 2001, en una recepción ofrecida por los Reyes a los grades duques de Luxemburgo en El Pardo, el presidente volvió a ningunear al monarca español con una frase bochornosa pronunciada ante los periodistas allí congregados. Después de mencionar su próximo viaje a Moscú, apuntó a Don Juan Carlos con el dedo diciendo ”y a éste lo mando a Polonia”.

Por otra parte, Aznar también ha aprovechado la visita a España de jefes de Estado extranjeros para suplantar el papel institucional del Rey. Lo hizo en octubre de 1999, cuando Jacques Chirac y su esposa vinieron a nuestro país en visita oficial. A pesar de que su homólogo era don Juan Carlos, el jefe del Ejecutivo apenas se despegó del entonces presidente francés y los reyes de España tan sólo tuvieron un encuentro privado con el matrimonio Chirac.

Lo mismo ocurrió en junio de 2001, durante la primera visita oficial a España del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y su esposa. Sólo se programó un breve encuentro oficial de los Reyes con el matrimonio americano en la Zarzuela. Después de esta audiencia, la pareja marchó a la finca toledana Quintos de Mora para almorzar con los Aznar. Por cierto, que Ana Botella también dispensa el mismo trato a la reina Sofía, suplantando en ocasiones su papel de primera dama. Durante aquel mismo viaje, la mujer del presidente hizo las veces de guía turística de Laura Bush en el Museo del Prado y a la Biblioteca Nacional, y tuvo el atrevimiento de hacer esperar a la Reina a las puertas del restaurante madrileño Casa Lucio, donde la primera dama aguardó durante varios minutos a que Ana Botella y su invitada se presentaran a la cita.

Otro detalle especialmente significativo tuvo lugar a finales de 1999. En aquella ocasión, la segunda dama española realizó una visita que, según fuentes de la Casa Real, habría sido del agrado de la Reina. Se trataba de la exposición Pablo Picasso-Estudios para el Guernica, una muestra de dibujos de la colección permanente del Centro de Arte Reina Sofía cedida temporalmente por el Ministerio de Cultura al Museo de Arte Cicládico de Atenas, la ciudad natal de doña Sofía.

Las mismas condiciones adversas que han dejado al Rey poco margen de maniobra le han permitido agudizar el ingenio para aprovechar el momento oportuno en el que devolver a Aznar el golpe. Sin duda, el que le propinó el 24 de junio de 1998 debió doler. Don Juan Carlos celebraba su onomástica en los jardines del Campo del Moro del Palacio Real y su Majestad saludaba a los invitados con su habitual cortesía. Sin embargo, hizo dos deferencias especiales. Una fue para Felipe González, a quien abrazó efusivamente. La otra, para José María Aznar, a quien tan sólo estrechó la mano.

Un año después, durante la recepción oficial de la Pascua Militar, el Rey volvió a hacer de las suyas. En aquella época, ETA había decretado la tregua, pero se seguían sucediendo los incidentes callejeros. Horas antes de la celebración, varios encapuchados lanzaron cócteles molotov contra las viviendas de la Guardia Civil en Getxo, y el presidente aprovechó el acto para advertir que estas acciones no eran compatibles con el diálogo. Su Majestad le contradijo y recomendó la continuidad de los contactos.

Estos desencuentros, que tan sólo representan una pequeña muestra de los muchos que han llegado a protagonizar en público o privado don Juan Carlos y José María Aznar, llegarán pronto a su fin. Será en el mes de marzo, cuando Mariano Rajoy o José Luis Rodríguez Zapatero le sucedan al frente del Ejecutivo. Con Mariano Rajoy aún no ha tenido demasiadas oportunidades para intercambiar impresiones. Sin embargo, es previsible que con el nuevo secretario general del PP, que fue recibido en el Palacio de la Zarzuela el pasado 4 de septiembre nada más anunciarse su nombramiento, las relaciones cambiarían sustancialmente. El carácter afable y campechano del Rey y el buen talante y sentido del humor del líder del PP limarían las posibles asperezas que pudieran surgir entre ellos, por muy resentido que pudiera estar don Juan Carlos con el heredero natural de Aznar.

Con el secretario general del PSOE mucho se tendrían que torcer las cosas para que no hubiera sintonía entre ellos porque, hasta el momento, sólo se conocen parabienes por parte de ambos. En marzo de 2002, el Rey le lanzó un par de guiños con los que, de paso, aprovechó para incomodar a Aznar. El día 12 se cumplía el ecuador de la legislatura del presidente y, sólo tres días después, se celebraba en Barcelona el Consejo de Europeo, donde el jefe del Ejecutivo iba a codearse, como anfitrión y líder del encuentro, con los máximos dignatarios de la Unión. Curiosamente, Zarzuela eligió aquel 12 de marzo para recibir, por primera vez y en audiencia, a la Comisión Ejecutiva federal del PSOE, encabezada por José Luis Rodríguez Zapatero y el presidente del PSOE, Manuel Chaves. La coincidencia no resultó del agrado de Aznar, que después de haber visto cómo el Rey le quitaba protagonismo en anteriores ocasiones (cuando viajó por primera vez a Estados Unidos como presidente del Gobierno, la Casa Real hizo público el enlace de la Infanta Cristina con Iñaki Urdangarín) ya no cree en las casualidades.

Al día siguiente, el Rey volvió a hacer gala de esos pequeños detalles que tanto efecto tienen en aquéllos a los que van dirigidos. Don Juan Carlos acudió al Camp Nou, donde compartió palco con Joan Gaspart, entonces presidente del club azulgrana, y Rodríguez Zapatero, forofo culé al que abrazó cordialmente después de consolar al directivo por el pésimo resultado de su equipo.

Casa a su hijo, mejora la relaciones institucionales con el jefe del Ejecutivo y refuerza su papel como jefe del Estado. Hasta donde llegan sus competencias constitucionales, el Rey podría jugar un importante papel en 2004. Los nacionalistas catalanes y vascos demandan un mayor autogobierno, la reforma del Senado es un clamor político y el cambio del orden sucesorio empieza a plantearse seriamente. A la espera de recuperar su papel moderador, don Juan Carlos podría mediar entre Madrid y Vitoria para que el plan Ibarretxe deje de escorar la vida política del país. En el caso de Cataluña, donde se ha constituido un Gobierno tripartito con dos partidos republicanos y un president dispuesto a reformar el Estatut, el Rey también puede mediar, tal y como ha llegado a manifestar Pasqual Maragall, para propiciar la reforma de la Constitución. Una vez abierto el melón, la reforma del Senado (y en menor medida, el cambio del orden sucesorio) podría responder a las reclamaciones que se vienen planteando desde diversas instancias políticas.

LOS REFORMISTAS MIRAN A LA CORONA

Por Ana Pardo de Vera

S i hay una sensación que sobrevuela el fin de 2003 y el inicio de 2004 es que aquél ha sido el año de los nacionalismos, el de los periféricos y el del español, enfrentados como nunca en un agrio debate que ha puesto sobre la mesa la necesidad de reformar la Constitución. Al margen del cambio sobre la sucesión de la Corona (art.57.1 CE), que supondría darle el mismo derecho a acceder a la Jefatura de Estado al primer descendiente del Príncipe de Asturias y de la que será su esposa, Letizia Ortiz, sin distinción de sexo, y en el que todos parecen estar de acuerdo, durante todo el año pasado, don Juan Carlos ha asistido a un incremento de las exigencias nacionalistas, cuya satisfacción pasa inevitablemente por la reforma estatutaria. Pero también los no nacionalistas –Paqual Maragall, presidente de Cataluña, y Manuel Chaves, presidente de Andalucía– quieren más autogobierno para sus respectivas regiones.

El Rey, que en su mensaje navideño de este año pidió a los españoles “preservar unidos los valores, reglas, principios y el espíritu integrador de nuestra Constitución, que deben regir nuestra vida pública y el funcionamiento de nuestras instituciones”, se enfrenta pues, en 2004 a un clamor cada vez más fuerte que le llega de tres extremos de España, Euskadi, sobre todo; Cataluña, y Andalucía. Puesto que el Gobierno central ha hecho oídos sordos a estas exigencias, demonizando a todo aquél que se atreva a proponer, tan siquiera, el debate sobre la reforma de la Ley de Leyes, las miradas se vuelven cada vez con más intensidad a don Juan Carlos, quien, por encima de intereses partidarios, creen que tal vez podría dar algún paso por concluir el proceso autonómico que José María Aznar quiere dar por zanjado, pero que los acontecimientos demuestran que no lo está.

El 25 de septiembre del recientemente pasado año, el lehendakari presentaba en el Parlamento de Vitoria su propuesta soberanista para Euskadi, desafiando la ira centralista de Aznar, que respondió ordenando a su partido aprobar una reforma del Código Penal propiciadora del ingreso en prisión del jefe del Ejecutivo vasco si abordaba el proceso para refrendar su plan. El PP no contó, siquiera, con el apoyo de sus socios más fieles, Coalición Canaria (CC), pero siguió adelante para “reinstaurar el crimen político”, como lo definieron muchos detractores de la medida.

Aunque Ibarretxe acudió finalmente a La Zarzuela a la presentación oficial de los actos con motivo del 25 aniversario de la Constitución, junto a Aznar y al resto de los presidentes autonómicos –una fotografía de todos lució junto Rey durante su mensaje de Nochebuena por televisión–, las relaciones entre los nacionalistas vascos y la Corona se ha enturbiado desde la guerra de Iraq, cuando el PNV reclamó en el Congreso el papel que otorga la constitución al Rey, a quien “corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz” (art. 63.3); pero, sobre todo, se empañaron desde que el lehendakari lanzó su plan independentista.

Por otro lado, en noviembre de 2003, la intensa campaña electoral del socialista Maragall para hacerse con la Presidencia de la Generalitat incluyó una oferta de reforma del Estatuto catalán, la cual, además, llevaban en sus programas todas las formaciones políticas salvo el PP de Josep Piqué. El secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, apoyó públicamente cada catalanidad propuesta por el ex alcalde de Barcelona, contrariando a los socialistas menos proclives a los cambios constitucionales, los presidentes de Castilla-La Mancha y de Extremadura. No así Manuel Chaves, que aprovechó los proyectos de Maragall para exigir su trozo del pastel: el Estado también debe resolver la “deuda histórica” contraída con Andalucía durante la Transición reformando el Estatuto de la región. Al presidente andaluz le vino como anillo al dedo el programa del catalán, pues también este año afronta los que parece que serán sus últimos comicios al frente del PSOE de Andalucía.

El 16 de noviembre las urnas dieron la victoria a Artur Mas, pero los pactos a posteriori otorgaron la presidencia catalana al PSC, que gobierna ya con la ERC de Josep Lluis Carod-Rovira, conseller en cap, y la ICV de Joan Saura.

A nadie pasó desapercibido, y al Rey menos que a los demás, que un partido republicano pasaba a cogobernar una de las regiones más poderosas de España, una de las llamadas comunidades históricas, con Estatuto propio, que además, desde el nuevo Govern, pide ser reformado. Don Juan Carlos recibió en La Zarzuela al primer efecto colateral del tripartido, el republicano presidente del Parlament, Ernest Benach, que saltándose la conducta propia del invitado a las dependencias reales –puede hacer público lo que él le dijo al Rey, pero no lo que el Rey le dijo–, no tuvo reparos en revelar la que fue frase real de varias portadas: “Hablando se entiende la gente”. Y diálogo es, precisamente, lo que Aznar se ha negado a mantener con todo el que pretenda plantearle la reforma constitucional.

El encuentro entre el Rey y el republicano fue “cordial”, pero el que aquél mantuvo con Maragall el 26 de diciembre superó con creces ese apelativo. Quienes conocen al presidente catalán destacan la excelente relación que le une a Don Juan Carlos, y lo subrayan con especial énfasis en el actual contexto político, pues este trato podría facilitar cualquier iniciativa del Monarca referente a la Constitución.

El mismo día en que Benach acudía a La Zarzuela, el presidente de la Xunta, Manuel Fraga, invocaba el artículo 8 de la Constitución (“Las Fuerzas Armadas (...) tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”) como respuesta a las pretensiones maragallistas en Cataluña. Y no era la primera vez que salía a relucir el papel del Ejército –cuyo “mando supremo” corresponde al Rey (art. 62.h CE)– como garante constitucional. También el portavoz del Grupo Parlamentario Popular en Euskadi, Jaime Mayor Oreja, hizo referencia en varias ocasiones al artículo 155 de la Constitución, que aunque no hace mención de las Fuerzas Armadas, sí recoge que “Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno (...) podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones (...)”.

Este año, el Rey, muy optimista con el matrimonio del heredero, se enfrenta, sin embargo, a una situación inédita y, sobre todo, compleja: el reclamo creciente de una reforma constitucional por parte de nacionalistas y no nacionalistas, agravado por un plan soberanista imparable que amenaza, gracias a las medidas del estricto nacionalismo español gobernante, con dar con los huesos de su autor –ni más ni menos que un presidente autonómico vasco–, en la cárcel. Y las elecciones generales podrían cambiar las formas del debate constitucional, aunque no el fondo. Si gana Mariano Rajoy, es muy improbable, al menos en su primera legislatura, que aborde la modificación de la Carta Magna –como mucho, se haría en el apartado de la sucesión real–, por lo que las tensiones actuales continuarían o, incluso, se agravarían. Pero si gana Zapatero, el debate cobraría aun más fuerza, pues el nuevo presidente socialista no podría obviar, de ningún modo, las pretensiones reformistas del PSC

(*) Publicado en la revista El Siglo.05.01.04

 

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