AZNAR Y SU HOMENAJE PARTICULAR A LA CONSTITUCIÓN

Hablar claro

En 1885 como consecuencia de una grave crisis que arruinó fabricantes e industriales, se produjo en Inglaterra un fuerte movimiento popular dirigido por los "whigs" que se centró en la necesidad de modificar la ley electoral entonces vigente, que otorgaba una notable primacía a los grandes propietarios agrícolas, y sustituirla por una nueva ley. Bajo su imperio se auguraban bondades económicas sin fin, tiempos de felicidad y plenitud para todos los ciudadanos ingleses. Hasta tal punto llegaron las ilusiones que Sidney Smith se sintió en la obligación de escribir: "todas las muchachas saben que en cuanto esté votada esta ley encontraran marido. Los colegiales confían en que serán abolidos todos los verbos en latín y bajaran de precio los pasteles. Los empleados tienen la seguridad de cobrar doble sueldo. Los poetas malos cuentan con que se lean sus versos, y los necios, como siempre, sufrirán una decepción".

 Problemas a lidiar

 Por partida doble, se nos puede aplicar a lo que antecede a los españoles de hoy. ¿Cuántas buenaventuras se nos prometieron al advenimiento de la democracia? ¡Vuelve la libertad, vendrá la igualdad, se acabaron las dictaduras, se terminó la opresión, todos seremos más felices y viviremos mejor!, se nos dijo ¡Tendremos autonomías, seremos varias nacionalidades, nos gobernaremos a nosotros mismos y acabaremos en fraterna solidaridad con las desigualdades que el centralismo ha impuesto!, se nos aseguró. Al cabo de tres años, muchas solteras siguen sin encontrar amigos, los colegiales tienen que aprender más verbos que antes, el precio de los pasteles se ha multiplicado por quién sabe cuánto, a los empleados no les llega el sueldo, no leeremos a los poetas, y los necios, como siempre están decepcionados.

 Que nuestra democracia tiene graves defectos y fallos es un hecho evidente: unos sancionados por una Constitución demasiado ambigua y otros por reiteradas prácticas viciosas de lo que, al modo occidental, se entiende por política democrática. Algunos tienen y pronto lo tendrán otros, su autonomía. Nacidas en circunstancias trágicas algunas, otras nacidas con tranquilidad, pero todas alarmantemente confusas y utilizadas con abundante demagogia. Sin duda, este es el principal problema de España en estos momentos y no por otra cosa sino porque el ser y la concepción misma de España están en juego. Y éste es también el principal problema con el que aquí en La Rioja vamos a tener que lidiar y no será malo entonces que reflexionemos un poco sobre ello.

 No son gratuitas

 En primer lugar, hay que dejar bien claro que España no es ni puede nunca ser la suma algebraica de cinco, seis o siete regiones o nacionalidades. España es una nación desde hace cinco siglos, no hecha por las matemáticas sino por la historia y no hay razón alguna para que tenga que dejar de serlo. Una cosa es el Estado como organización político-administrativa de una nación y otra la existencia cabal de ésta. Confundir Estado y nación no sólo es un grave delito intelectual, sino también imperdonable error político.

En segundo lugar, no sería nada recomendable operar con un estricto mimetismo respecto a otras autonomías. Si la autonomía es algo peculiar a una determinada región, serán sus hombres, su historia, sus recursos y posibilidades, sin exclusión de colaboraciones, los que hayan de tenerse en cuenta y no los de los demás. Y en este punto, la Constitución al hablar de regiones y nacionalidades no facilita las cosas.

 En tercer lugar, las autonomías no son gratuitas. A los ciudadanos, a los contribuyentes nos va a costar dinero, que sea más o menos dependerá que el entramado autonómico esté de acuerdo con nuestras posibilidades o no. En toda sociedad algo se da y algo se recibe; sería un dislate mayúsculo querer organizarnos por encima de nuestras posibilidades y dar mucho más de lo que podamos recibir.

 Hablar claro

 En cuarto lugar, es absolutamente imprescindible alejar la demagogia y hablar con claridad a la gente, lo que puede y no esperar, lo que esto va a costar, lo que podemos o no tener y explicar el porqué de todo ello.

 Y por último es de desear que las fuerzas políticas actúen serena y reflexivamente. Si pretendemos organizar nuestra convivencia regional el tema nos afecta a todos, pero si por el contrario hace aparición la rapacería partidista, si las cosas no se hacen bien, entonces tendremos que leer a los falsos poetas, tendremos que aprender verbos extraños, serán legión los defraudados y La Rioja habrá dejado de ser la casa de todos para convertirse en laguna de unos pocos.

José María Aznar

Artículo publicado en "La Nueva Rioja"(30-9-79)

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