Inmaculada SÁNCHEZ
Pilar del Castillo, ministra de Educación
y Cultura, considera ya un enemigo político a Miguel Angel Cortés. Su
marido, Guillermo Gortázar, diputado y secretario de Análisis en Génova,
hace tiempo que se había enfrentado a él, aunque sin que sus choques hubieran
trascendido. Carlos Aragonés, buen amigo del secretario de Estado desde
Valladolid, distancia los encuentros y su relación se ha enfriado. Zaplana,
dedicado a su carrera política desde Valencia, se ve poco con ellos. La
Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, la FAES que fuera
en otro tiempo su atalaya de poder, languidece. Este es el panorama que
ofrece el "clan de Valladolid" casi cinco años después de la
llegada al poder del PP.
El grupo de jóvenes liberales, que arropó
a Aznar desde que éste aterrizó en Madrid despreciado por buena parte
de su propio partido como "otro Hernández Mancha", ha llegado
con él a la gloria pero la meta, aunque se ha portado generosamente con
la mayoría, también ha hecho jirones la red que tejía sus relaciones y
que les hizo fuertes en otro tiempo.
La delicada situación actual de Miguel
Ángel Cortés, secretario de Estado de Cooperación en el Ministerio de
Asuntos Exteriores con Josep Piqué, ha resultado el desencadenante de
la voladura controlada del grupo. La publicación de los detalles de su
cruenta separación matrimonial que está deteriorando su imagen pública
no es más, según numerosas fuentes del propio partido, que un reflejo
de la batalla que contra Cortés se libra en estos días en el PP.
Es su gestión política, desde que, tras
la victoria del 96 Aznar le nombrara secretario de Estado de Cultura,
la que le está enfrentando no sólo a sus tradicionales enemigos entre
la vieja guardia popular, sino a sus hasta hace poco compañeros de trinchera
(Ver EL SiGLO
nº 445:
Escándalo Cortés. Sus maniobras enfrentan a ministros y complican a
los Aznar).
Detrás de este desmoronamiento del clan
está, sin embargo, algo más que la caída en desgracia de su principal
jefe de filas, del que ya se dice en las cercanías de La Moncloa que se
le está buscando un destino menos expuesto a la luz pública. El reparto
M pastel que, además, se está tornando inseguro después de 2004 si Aznar
cumple su promesa y se va, se halla en la raíz de las rupturas del clan.
Ya en la
primera legislatura llegó la primera desilusión: no consiguieron ningún
ministro: Cortés, que casi acariciaba el departamento de Cultura, hubo
de quedarse en secretario de Estado y Pilar del Castillo, la única requerida
para un puesto en el Ejecutivo prefirió renunciar a quemarse en un departamento
para el que no se consideraba preparada, el de Medio Ambiente, que los
equilibrios de partido llevaron a Aznar a poner en manos de Isabel Tocino.
No obstante, consiguieron algunos puestos
en los segundos escalones, esos en los que durante años basaron su fuerza
en el partido. Además de Cortés, Michavila también era nombrado secretario
de Estado de Relaciones con las Cortes y Del Castillo directora general
del Centro de Investigaciones Sociológicas. Por supuesto, Carlos Aragonés
permanecía en el antedespacho de Aznar como jefe del Gabinete de Presidencia,
donde metió a Alfredo Timmermans, mientras los demás quedaban en cargos
del partido. No era demasiado premio para el esfuerzo realizado.
Sin embargo, la fidelidad al líder ‑fueron
ellos los que primero acuñaron el término "aznaristas"‑
estaba por encima de todo. Sus carreras políticas también dependían de
su paciencia y el jefe, hasta ahora, siempre había contado con ellos.
Ya en su día les introdujo en Génova con no pocos choques con el entonces
secretario general, Francisco Álvarez Cascos, ‑su primera Irán derrota
fue no conseguir ubicar a Timmermans como jefe de gabinete del hoy ministro
de Fomento‑ y en las primeras elecciones generales, en las que controló
las listas les dio a casi todos un escaño. Sólo Zaplana fue reservado
para mayores empeños en Valencia con el resultado conocido. Y cuando el
escándalo del caso Naseiro, en cuyas famosas grabaciones telefónicas
aparecieron los nombres de buena parte del grupo implicados en una presunta
red de cobro de comisiones o, en el mejor de los casos, en un proyecto
de enriquecimiento personal, sólo tuvo que pagar con el cargo ‑era
vicesecretario general nacional‑ Arturo Moreno, una gran pérdida
para Aznar y para el grupo, según quienes conocían al joven.
Hoy, Zaplana se ha erigido en el barón
con mayor brillo de la constelación popular y cuida sus posibilidades
para suceder a Aznar frente a los poderosos ministros de Madrid. Seguro
de su posición, no ha dudado en rescatar a Arturo Moreno, quien recondujo
su carrera en la empresa privada y del que sigue siendo buen amigo, y
contratar a su empresa para asesorar al Instituto Valenciano de la Exportación.
También Aznar le tuvo en cuenta al final de la legislatura pasada y le
hizo un hueco en la Telefónica de Villalonga, cuando todavía no se habían
desatado las hostilidades, para ser nombrado subdirector general de Relaciones
Institucionales, cargo que todavía mantiene.
Tras la segunda victoria, ésta, además,
por mayoría absoluta, Aznar ha tenido las manos absolutamente libres para
formar su gabinete y, sin embargo, sólo Pilar del Castillo ha conseguido
la ansiada cartera ministerial. Cortés, "relegado" de nuevo
a la categoría de secretario de Estado ha querido arrebatarle competencias
a la flamante ministra y ahí se han desatado las hostilidades. Michavila,
trasladado a la Secretaría de Estado de justicia bajo la tutela del ascendente
Acebes, parece más desaparecido del escenario político que nunca. Y en
Génova, Javier Arenas controla lo que en otro tiempo fue un feudo del
clan con Pío García Escudero, que también trabajó con Aznar en Valladolid
pero no forma parte del grupo de amigos liberales, como segundo, aunque
con un bajo perfil político.
El otro refugio del clan, la conocida
FAES, ha dejado de ser la referencia y ni la ministra Del Castillo ni
Guillermo Gortázar forman parte ya de su patronato ni su consejo mientras,
tanto Cortés, como Michavila están "en suspensión temporal de sus
funciones" debido a sus cargos. Todos los miembros de este grupo,
que siempre han negado su existencia como tal, aún tienen mucha carrera
política por delante. Su edad, brillantez y ambición así lo apuntan. Lo
que sí empieza a constatarse en el PP como una realidad es que sus movimientos
como grupo han pasado a la historia.
Jóvenes,
amigos y liberales
No todos
los miembros del clan son, o han estado, en Valladolid, ni todos los que
colaboraron con Aznar en la capital vallisoletana en su primer destino
como presidente de Castilla y León pertenecen al conocido grupo. Ésta
es la principal confusión que genera la ya de por sí dificultosa identificación
de los pertenecientes al "clan de Valladolid".
La denominación que les hizo famosos tampoco
salió de sus filas sino de las que se situaban enfrente, dentro de¡ propio
PP, y miraban con recelo a la corte de jovencitos de la que se rodeaba
el todavía incipiente líder designado por Fraga para conducir el partido
hacia la salida del túnel. No hay fuentes fiables sobre la autoría del
bautizo al grupo, aunque hay quien asegura que fue el hoy ministro de
Defensa, Federico Trillo, el primero que los llamó "clan" y
los apellidó con la ciudad de origen de su principal baluarte, Miguel
Ángel Cortés.
Es Cortés, por tanto, el único natural
de la capital del Pisuerga, ciudad donde estudió y fue concejal del Ayuntamiento
antes de encontrarse con Aznar. Hasta ahí los orígenes vallisoletanos
del clan. Los rasgos que verdaderamente unifican al grupo tienen más calado
que la simple casualidad de la geografía. La edad ‑la mayoría rondaba
los 30 cuando coincidieron con el líder del PP, apenas unos años por encima
de ellos‑, la raíz ideológica de su pasión política ‑el liberalismo
más radical‑ y su militancia católica ‑en muchos casos cercana
al Opus Dei‑ sí se encuentran, por el contrario, en la argamasa
del clan.
Fue Cortés, y su amigo Arturo Moreno,
quien llegara a ser vicesecretario general del PP para dimitir después
por el escándalo Naseiro, quienes formaron pareja para ejercer
de guías y protectores de Aznar y Ana Botella recién llegados a Valladolid.
A su mano se debe la propuesta de Carlos Aragonés, entonces asesor del
partido en Madrid y a quien conocieron cuando estudiaba Derecho en la
Complutense madrileña, como jefe de gabinete del presidente, y fue a este
trío al que se fueron adhiriendo, con el correr de la trayectoria política
del presidente, otros personajes que armaron la guardia pretoriana aznarista.
Así, el matrimonio formado por Ana Mato
y Jesús Sepúlveda, llamados por Aznar para acompañarle a Valladolid como
asesores, se identificó en los primeros tiempos con el clan pero ni su
amistad con los fundadores, ni la ambición política y económica de la
pareja, ni tampoco la supuesta altura cultural requerida, llegó nunca
al nivel exigido. Es conocida la soberbia intelectual del clan como una
de las principales críticas lanzadas por sus enemigos. Miguel Ángel Rodríguez,
por ejemplo, a pesar de ser vallisoletano de nacimiento y haber entrado
a formar parte del equipo íntimo de Aznar desde que alcanzó la presidencia
de la junta, nunca fue considerado del grupo. "Demasiado zafio y
sin clase", según fuentes bien informadas de la etapa castellano‑leonesa
de Aznar.
Otro matrimonio, sin embargo, el formado
por la hoy ministra Pilar del Castillo y el diputado Guillermo Gortázar,
antiguos comunistas reconvertidos en defensores del liberalismo, sí conectó
rápidamente con estos jóvenes aznaristas. Ambos se integraron activamente
en la FAES que comandaba Cortés, y Gortázar llegó a participar accionarialmente
en la empresa Futuro Financiero de infausto recuerdo para el grupo y conectada
con el escándalo del caso Naseiro. Su pieza de conexión fue el
Club Liberal y, a través de él, su amistad con Arturo Moreno.
Conexión liberal. También a través de este Club conectó el clan con
otro dirigente de los hoy mejor situados, Eduardo Zaplana, quien, desde
que Aznar le encaminó a la reconquista de Valencia, ha hecho de la distancia
a Madrid su mejor escudo contra las conspiraciones de la Corte.
José María Michavila, hoy secretario de
Estado de justicia, tampoco colaboró con Aznar en su etapa vallisoletana
pero el entorno universitario en el que se movía, donde coincidió con
Gortázar en la Complutense ‑el primero se licenció en Historia en
el 85 y el segundo se doctoró en la misma disciplina en el 86‑,
además de sus conexiones con el Opus Dei, donde estuvo integrado hasta
el término de sus estudios, le llevaron de la mano hacia la FAES y el
Clan.
Mercedes de la Merced, hoy primera teniente
de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, soriana y también directora general
en la junta presidida por Aznar ha sido incluida por más de un aznarólogo
entre los integrantes del grupo, aunque hace tiempo que no forma parte
de su colectivo de intereses.
Con menor relevancia pública, aunque con
reconocida influencia, también se puede considerar parte de los círculos
concéntricos de poder del clan a Alfredo Timmermans, subdirector del Gabinete
de Presidencia y segundo de a bordo de Carlos Aragonés en La Moncloa,
o a Baudilio Tomé, hoy secretario de Estado de Telecomunicaciones y durante
el final de la anterior legislatura director del efímero invento aznarista
denominado Oficina Presupuestaria de Presidencia.