OPINIÓN E IMAGEN
LUIS, EL ALBACEA
Luis G. DEL CAÑUELO
No se trata de un cuento con final canalla. Es un episodio cierto y cruel, que apenas ha trascendido, a pesar de la fama de sus protagonistas. No he leído una sola línea al respecto en la prensa afín al Gobierno. Incluido, por supuesto, El Mundo, tan dado a la divulgación de escándalos, a la revelación de historias truculentas, su director ejerciendo incansable de guerrero del antifaz, siempre dispuesto a proteger a los débiles frente a las acechanzas de los poderosos. Nada, silencio absoluto. Murió el Rey Arturo inesperadamente y juró de forma solemne el barón Ramírez que seguirían juntos -lo que hiciera trémulo de emoción ante los micrófonos sagrados de la COPE-, pero la Orden de los Caballeros de la Mesa Redonda, transcurridos tres años y dos meses largos desde el fallecimiento del monarca, se ha quebrado con estremecedora brutalidad. Está en juego la herencia, y se la disputan la viuda y el albacea; les importa un comino el Santo Grial y se pasan la memoria del muerto por el arco del triunfo aún no alcanzado; Arturo/Antonio Herrero –rey que fuera de las mañanas episcopales: de bronca y de insultos- ha sido exaltado estos días por el regidor de la Villa y Corte, Álvarez del Manzano, tan esperpéntico como en él es habitual, quien descubrió una lápida o una placa en honor suyo y, pobre bufón que gobierna la capital del Reino, lanzóse a recitar un panegírico dedicado, Dios santo, perdónales porque no saben lo que hacen ni lo que dicen, a la libertad de expresión.
No es éste, desde luego, un cuento infantil. Nunca este relato podrá ser interpretado, !qué lástima!, por la sublime Ana Botella, dama admirada justamente por todos ellos: incluso le han escrito odas encendidas, hasta provocadoras, enalteciendo su fascinante belleza, Luis María y Pedro José, dos trovadores de merecida fama. No falta nunca, sin embargo, la espina agazapada en la rosa, ni la envidia de algunos parvenus oculta entre la tiña de la mediocridad. De pronto, en medio de ciertas zarzas silvestres, apareció la Brevería: “Comienza a ser recurrente que Ana Botella, esposa del presidente del Gobierno, analice la situación política en las entrevistas que se le realizan con motivo de la publicación de su libro. Al final, de los cuentos se habla lo justo y casi todo es comentario político. Aunque sus palabras puedan estar llenas de sentido común, no es su papel el convertirse en comentarista, ni ir de la Ley de Extranjería a la sucesión en el PP o el asunto Ercros pasando por otra larga nómina de cuestiones que, en principio, se salen de sus competencias institucionales o literarias. Como ciudadana, faltaría más, puede hablar de todo esto, pero sobre ella ha de prevalecer la cautela que lleva aparejada su condición”. Fue publicado -!oh dolor!, ¿por qué no regresa Anson?- en el ABC, un día de junio pasado.
Luis jugaba al padel con Jose, así le llama Ana, como jugaba Pedro Jota. Luis Herrero, en la playa de Oropesa, saludando afectuoso a la pareja presidencial. Luis Herrero, hijo del fiscal general Fernando Herrero Tejedor –como Jesús Cardenal, también del Opus-; eran otros tiempos, murió de accidente, ¿o no fue un accidente?; era entonces secretario general del Movimiento –opusino y falangista: la síntesis-, dejó viuda e hijos, y entre los huérfanos estaba Adolfo; ahora un Herrero Tejedor auxilia a Cardenal en sus tareas de redentor de presuntos cautivos, fue él quien le dirigió el contrainforme, no pasarán, no sufras, Piqué. Eran tan amigos, aunque no parientes a pesar del apellido, Antonio y Luis. Formaban parte de la alegre muchachada, farra querida, compañeros de mi vida: Lancelot era él, Antoñito -¿o era Pedro?, siempre fue Pedro-, caballeros de todas las mesas redondas, tal vez de ciertas camas, ojo con los vídeos, valientes cruzados del sindicato, con la espada desenvainda para descabezar al dragón felipista, para erradicar la corrupción y los crímenes de los GAL. Soñaban juntos, eran otros tiempos –como lo fueron los de sus progenitores respectivos: ambos discípulos de Escrivá de Balaguer-, con que pronto llegaría el hombre normal, casado con Ana Botella, y así España, al fin, recuperaría la dignidad. Jose continúa siendo un tipo normal: “Si defendiésemos mejor nuestros éxitos, podríamos sacar un poco de pecho, pero somos gente modesta (…) Hace seis años nuestro país era un puro escándalo y ahora dicen que es aburrido”. Fueron como hermanos. Antonio se iba a la Marbella de Gil y Gil –muchas gracias, alcalde, por la edificabilidad-, donde encontró la muerte un puente tan largo como maldito, un 2 de mayo. Luis, como siempre, a Oropesa, al mismo mar de todos los veranos, igual que el título de la novela de Esther Tusquets, aunque, por fortuna, sin sombra de Lesbos, y, eso sí, con Jose y con Ana, a ver si nos vemos cualquier día de éstos y charlamos tranquilamente.
Luis sustituyó a Antoñito en el matinal de la COPE. Se le fueron yendo los tertulianos. Antoñito era un torrente, un ciclón, un latigazo, un demagogo. Luis aburre a las ovejas. Entre Luis y Federico, los obispos se van a quedar sin parroquianos. Ambos son radiofonistas de estar por casa, y se les ha ido, además, José María García, que en Onda Cero hace de improvisado árbitro entre la dirección de Iberia y los pilotos, como si fuera aquélla la noche del 23-F. Fernando Ónega luego le escribe loas en el diario de Pedro, cada vez más metido en la radio de César Alierta. Pedro está por Onda Cero, adiós COPE. Se va disgregando el grupo, los caballeros de Camelot, los antiguos conjurados. La viuda, Cristina Pécker, denunció a Luis por estafa, falsedad en documento público, apropiación indebida y varios delitos societarios. La viuda, contra el albacea, el amigo del alma de Antoñito, su sucesor en la COPE. Cristina Pécker sostiene que Luis se ha beneficiado indebidamente del patrimonio que acumuló Antonio. La venta del paquete de acciones de la cadena católica estaba valorada en 139 millones para la viuda e hijos, pero Cristina afirma que sólo ha recibido 46. Por medio anda una hermana del difunto, Lourdes. En el negocio que le facilitó al irreprochable periodista Antonio Herrero el alcalde incorrupto Gil y Gil, la viuda reclama por la venta de más de cincuenta apartamentos 1.400 millones que, según ella, habrían volado a las arcas de Luis Herrero. Conductas ejemplares, periodistas forrados que exigen –Antoñito exigía, Dios le haya perdonado- honestidad y transparencia a los ladrones de la rosa y el puño. Modélicos comunicadores, gente sencilla, gente normal, como Jose.
Está por hacer el estudio pormenorizado de cuánto dinero ha amasado la mayoría de estos periodistas del Rey Arturo, más partidarios del dios Midas que de la verdad, sin duda. No hablo ya de sus sueldos, sino de sus ingresos vía, por ejemplo, acciones de sus respectivas empresas, aparte de otros sabrosos enjuagues. Ha habido estos años auténticos pelotazos. Sobresalen, por intuidos o conocidos, los de Pedro José, los de Luis María, los de García, los de estos Herreros…Han pasado a la opulencia. Convendría conocer cómo. El proceso judicial entablado por la viuda puede arrojar luz al respecto. Las cifras que manejan tales periodistas rebasan con creces las cantidades normales del resto de sus colegas. En algunos casos, sería interesante saber la mezcla escabrosa entre publicidad e información. Encarna Sánchez era, en este sentido,una artista. También trabajaba, por cierto, en la COPE de la Iglesia. No estaba sola, sin embargo. Como no debió de ser él solo, Antoñito, el que practicara el tráfico de influencias con el alcalde Gil y Gil o con otros prebostes. ¡El, que se hacía el estrecho cada mañana, dando lecciones de ética a los políticos del PSOE, movía por las tardes los hilos del enriquecimiento urbanístico merced a sus tratos con el regidor de Marbella!
27.07.01