DE TERMES CARRERÓ, DEL OPUS Y DE KÜNG

Rafael Termes Carreró, hombre clave de la banca española durante los años 80, es un conocido miembro numerario del Opus Dei. Esta pía institución, fundada por el hoy santo José María Escrivá de Balaguer, siempre ha tenido una querencia muy singular hacia el mundo financiero. Hay numerosos ejemplos suficientemente conocidos de gente que ha sido protagonista directa de una aventura que alcanzó su primera fase de poder y de gloria a lo largo de la época conocida como la de los lópeces o los tecnócratas, con Franco vivito y coleando. La Dictadura encontró en el Opus, hacia el final de la década de los cincuenta, a su talismán más preciado. Hombres como Alberto Ullastres, Laureano López Rodó o Gregorio López Bravo, entre una pléyade de acólitos, intentaron con relativo éxito racionalizar o modernizar las estructuras económicas del Régimen. Su milagro no consta, sin embargo, que fuera contabilizado entre los prodigios que el Vaticano enumeró a ritmo vertiginoso para beatificar primero y santificar después al ex marqués de Peralta.

El Opus mantiene bajo apariencias liberales un formidable arraigo conservador, que se basa en la falaz teoría canovista de hacer la "revolución desde arriba". Se trata de dejar en manos de minorías selectas, en el orden intelectual, académico, económico, periodístico, político y, por supuesto, religioso, la conducción del pueblo llano, llevandólo por el buen camino, sin trasgresiones ni vulneraciones de la ortodoxia vigente, al estilo del despotismo ilustrado por buscar homologaciones entendibles. Emerge con fuerza el Opus en un caldo de cultivo autoritario, como sucedió nítidamente con el franquismo y en Chile, en los setenta y ochenta, con el pinochetismo. También lo hace cuando los gobiernos, en democracia, son de derechas. Tal es el caso del Gobierno del PP, que ha contado y cuenta con  ministros vinculados a la Prelatura o muy próximos, aparte de importantes altos cargos.

Rafael Termes tuvo un papel predominante, como ha quedado dicho, en el ámbito bancario. Actuaba eficazmente como príncipe en la sombra, o en el claroscuro. Ideológicamente, es un liberal. Defiende la sociedad del bienestar frente al Estado del bienestar, que es un equívoco juego de palabras para esconder la profunda alergia liberal en relación al papel del Estado como reequilibrador de la riqueza. Los liberales menosprecian y combaten el Estado, que es la forma, dentro del marco democrático, más perfecta hallada hasta el día de la fecha, y a pesar de sus muchas deficiencias, de salvaguardar los derechos sociales mínimos y las libertades individuales de los desfavorecidos, que son la mayoría. Los liberales hablan de la sociedad del bienestar, aunque siempre acaban recurriendo al Estado para que proteja sus empresas o sus inversiones, sobre todo cuando van mal, con el dinero público.

Termes Carreró, que ha estudiado Teología y diversas disciplinas relacionadas con la doctrina tradicional de la Iglesia, conforme a su condición de miembro del Opus, ocupa parte de su tiempo actual en la propagación de sus postulados, de absoluta adhesión al Papa, cuyo portavoz, Joaquín Navarro Valls, es otro ilustre numerario. La influencia del Opus en el Vaticano de Juan Pablo II es enorme, sin parangón con ningún otro pontífice anterior. El lunes 29 de diciembre, firmando como miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Rafael Termes Carreró arremetió desde las páginas de El País contra Hans Küng, el famoso teólogo hereje. "Hizo bien el cardenal Carles al prohibir que hablara en un templo en Barcelona", aplaudía el comentarista enmascarado, cuya obediencia a la Prelatura de Escrivá de Balaguer quedó ocultada para el gran público.

No deja de ser un espectáculo surrealista que uno de los cerebros del capitalismo financiero español, partidario del liberalismo sin complejos, se erija desde El País en inquisidor doctrinal contra un teólogo, como Küng, que ha procurado conciliar el cristianismo con el laicismo progresista, tendiendo puentes de diálogo, por tanto, con el mundo del socialismo o incluso del marxismo o, en general, con una sociedad visiblemente secularizada. "Hans Küng no es teólogo católico", sostiene Termes Carreró ya en el título de su amplio artículo. Y en el inicio: "Así de simple. Y para que nadie se deje engañar. Hans Küng no es, por definición, teólogo católico". Teólogo católico lo es, según Termes Carreró, escrupuloso intérprete del Opus Dei como institución, "aquel que gozando, al igual que los cultivadores de otras ciencias, de la legítima libertad científica, investiga sobre el contenido de la Revelación –escritura y tradición– para penetrarlo y enseñarlo, haciéndolo más asequible al pueblo fiel; dentro de los límites marcados por la fidelidad al magisterio de la Iglesia, a quien compete en exclusiva el deber de custodiar el depósito de la fe –doctrina y costumbres– recibido de los apóstoles".

El pueblo fiel, por consiguiente, debe recibir, convenientemente depurada de adherencias peligrosas, la sana alimentación espiritual que, desde arriba, desde la cúpula de la Iglesia, le irán impartiendo dóciles teólogos cuya libertad empieza y termina en las paredes del Vaticano. ¿Libertad para qué?, preguntaba Lenin. ¿Libertad para qué: acaso para diseminar la semilla del error y del pecado?, se preguntan ahora los heraldos de la ortodoxia católica. Termes Carreró describe del siguiente modo a Küng: "Y es evidente que Hans Küng, cuya formación teórica no se discute, ha rebasado los límites, enseñando opiniones suyas que contradicen, en el dogma y en la moral, la doctrina de la Iglesia, obligando a la Congregación para la Doctrina de la Fe a declarar que no puede ser considerado como teólogo católico y que no puede ejercer como tal el oficio de enseñar".

Todo es claro y meridiano para este apologista del capitalismo y de los dogmas católicos. "Para entender esto, que tanto ha "escandalizado" a los que apoyan al profesor Küng, no es necesario ser un experto en eclesiología; basta con tener sentido común. Todo el mundo reconoce que para jugar al fútbol como futbolista es necesario aceptar y cumplir las instrucciones del entrenador o del capitán del equipo", argumenta Termes Carreró. Pedestre ejemplo el del antiguo hacedor de financieros y hoy hooligang de Ratzinger, inflexible cancerbero de la fe. Ignorancia supina de Termes Carreró respecto a los usos inveterados y costumbres reiteradas del fútbol. Numerosos futbolistas de primerísima división han seguido siendo futbolistas de igual o mayor prestigio tras haber desobedecido a entrenadores o a capitanes, teniendo presente, por lo demás, que el papel de los capitanes es secundario. Los desencuentros entre entrenadores y futbolistas famosos son célebres en la historia del balompié. Habitualmente se saldan, por cierto, con la caída del entrenador que osa maniatar a su táctica a los grandes ases. En la Iglesia, por contra, no es frecuente en absoluto la caída de obispos y cardenales y, menos aún, la de los papas. Caen, eso sí,  quemados antaño en las hogueras de la Inquisición y actualmente perseguidos con más miramientos, todo hay que decirlo, los teólogos y los curas rebeldes, que operan con criterio propio, disidentes de enseñanzas caducas, alejadas de la realidad circundante.

Termes Carreró aprovecha su tribuna para cargar, en paralelo, contra quien abogan por una concepción democrática de la Iglesia. Advierte el pregonero de la infabilidad vaticana: "La causa de la desviada postura de Küng y de los que están en su línea la puso él mismo de manifiesto en una entrevista que le hicieron en su reciente paso por Madrid, cuando dijo (ABC, 11-11-03): "Si hubiera un voto público sobre las cuestiones reformistas en la Iglesia, ganarían las reformas". Éste es el error. La Iglesia no es una institución democrática porque su fundador quiso que fuera Jerárquica. La votación, propia de las democracias, es un método para la pacífica convivencia, pero no sirve para la investigación de la verdad; y menos de la verdad revelada, cuya declaración y conservación Jesucristo confió, en exclusiva, al Colegio Apostólico y a sus sucesores".

Nuevo dislate de Termes Carreró. ¿Por qué contrapone institución democrática a Jerárquica, con mayúscula y referida a la Iglesia católica? Desconoce o hace ver que desconoce que democracia y jerarquía no son vocablos antitéticos. La jerarquía, que se adscribe en su sentido más clásico a "los diversos coros de los ángeles y los grados eclesiásticos", existe naturalmente también en los ámbitos democráticos. La jerarquía con más poder en la España democrática corresponde al presidente del Gobierno, quien es elegido mediante el voto y no mediante el dedo o la cooptación. Sentencia que el Fundador de la Iglesia, Jesucristo, no la quiso democrática. Pero ¿cómo la iba a organizar democráticamente, si entonces la democracia era inexistente en todo el mundo? ¿Por qué esa alergia, ese recelo, a la democracia en la Iglesia entre los jerarcas ortodoxos de la Iglesia? Por las mismas razones que precisamente los jerarcas de la Iglesia rechazaron, condenaron, anatemizaron las doctrinas democráticas, entonces llamadas justamente liberales. La conversión de la Iglesia a la democracia política es reciente, muy reciente. Tanto que no pocos colegas de Termes en el Opus apoyaron sin problemas de conciencia la dictadura abominable de Franco, sustentada sobre la fuerza de las armas, sobre la represión y sobre la muerte. La apoyaron y llegaron a ser jerarcas, o sea ministros, de la misma. Nunca por aquellas fechas Termes escribió contra Franco. Es más fácil ahora hacerlo contra Hans Küng.

Publicado en El Siglo.12.01.04

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