OPINIÓN E IMAGEN
DE MÚGICA, DE BONO
Luis G. DEL CAÑUELO
A Enrique Múgica, tan amigo de José María Aznar que más parecería que es su defensor y no el del pueblo, le ha salido una especie de émulo. Se trata de José Bono que no cabe en sí de gozo presumiendo de su amistad con Eduardo Zaplana. Múgica dedica buena parte de su tiempo a coincidir con el PP respecto de lo que sucede en el País Vasco. Ha convertido el cargo de Defensor del Pueblo en una suerte de Portavocía Adjunta del Gobierno para Asuntos de Euskadi. Critica al PNV o a Ibarretxe con obstinación sólo superada por Mayor Oreja o Iturgáiz, aunque no es menos cierto que en este cometido no le van a la zaga Nicolás Redondo o Rosa Diez. Pero la diferencia entre los dirigentes políticos citados y Múgica es que los primeros, acertadamente o no, no hacen más que ejercer su oficio, mientras que el segundo se olvida, una y otra vez, que su responsabilidad es estrictamente institucional y no debe bajar, por tanto, a la arena de las disputas partidistas.
Una de las últimas intromisiones de Múgica en la batalla política ha sido decir los siguiente: 'Ibarretxe se ha convertido en humorista extraordinario, porque plantear el diálogo del diálogo es tan manido que ya suena a risa”. Tanta risa que, el otro día, todos los partidos catalanes del arco parlamentario ‑incluidos socialistas, populares e independentistas de ERC‑ suscribieron un manifiesto acerca de la situación en Euskadi, apostando por el diálogo. Pero aunque no hubiera sido así. El sueldo de Defensor del Pueblo y las prebendas adyacentes a tan alto cargo no se le proporcionan a Múgica para inmiscuirse directamente en la querella política, los Defensores del Pueblo deben renunciar por ley a su militancia política, en el supuesto, claro está, de tenerla. Múgica lo hizo como socialista. Probablemente, y a la vista de sus coincidencias con José María Aznar, inclusive aireadas sin recato ni rubor de forma pública; ese gesto fue, en su caso, un gesto de coherencia.
Múgica, por lo demás, le ha enseñado ahora las uñas a su colega europeo Álvaro Gil‑Robles, comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa. Ex adjunto a Joaquín Ruiz‑Giménez, cuando éste fuera primer Defensor del Pueblo, y más tarde él mismo titular de tal cargo, Álvaro Gil‑Robles pertenecía, como Múgica, al PSOE. Su visita a Euskadi, con el fin de examinar en profundidad y sobre el terreno el conflicto vasco, molestó sobremanera al Ministerio del Interior y no contó con el placet ‑antes al contrario produjo subterráneas reacciones negativas‑ del Gobierno y del PP. Álvaro Gil-Robles, no obstante, acabó viajando al País Vasco y, durante unos días, escuchó versiones de todas las partes, habló con unos y otros y, al final, concedió algunas declaraciones periodísticas. Nada que ver, ciertamente, con las que prodiga Múgica, el cual le había espetado a modo de recibimiento este exabrupto: "España no es Chechenia, Aquí está muy claro quiénes violan los derechos humanos en Euskadi”.
Múgica, con ocasión de la visita de Gil‑Robles, volvió a secundar la estrategia gubernamental de obstrucción. Parece un títere de la Moncloa. Por eso fue aupado al cargo por José María Aznar. Álvaro Gil‑Robles, en sus evaluaciones a la prensa, hizo un diagnóstico nada sospechoso de complicidades con el independentismo violento. No se le ocurrió, sin embargo, arremeter contra nadie de los que, gusten más o menos, ni maten ni aprueban el terrorismo. "Quienes no comulgan con el credo nacionalista totalitario han perdido parte de sus derechos como ciudadanos ( ... ) Muchos vascos no nacionalistas no podrán ejercer libremente su derecho al voto La situación de los no nacionalistas es infinitamente más difícil que la de los nacionalistas, incluidos los demócratas ( ... ) el Gobierno vasco debe involucrarse más activamente en la lucha antiterrorista, y los nacionalistas han de ser más solidarios con los amenazados ( ... ) Ningún derecho colectivo puede pasar por encima de las personas", ha manifestado Gil‑Robles. ¿Puede formulársele el más mínimo reproche, desde la perspectiva de quienes, en Euskadi y fuera de Euskadi, luchan por la paz y la convivencia en libertad? No. Pero ni al Gobierno ‑ni a Enrique Múgica en consecuenciales agrada esta música. La quieren estridente, agresiva, que impida que puedan escucharse asimismo los sonidos del matiz y de la diversidad.
Al margen del contencioso vasco, ¿alguien ha oído, visto o leído la más mínima expresión de preocupación, por parte del Defensor del Pueblo, respecto a la Ley de Extranjería y los graves episodios derivados de su aprobación? No ha habido ni sensibilidad, ni solidaridad, ni siquiera esa compasión humanitaria que asegura guiar a George Bush, hijo. En esta problemática, que afecta a los más desvalidos, Múgica ni ha estado ni se le ha esperado. Múgica pasa, como lo hace el Gobierno conservador que lo designó. Son cositas sin importancia. lo es el dossier de la inmigración. Como lo son las vacas locas o el Tireless, por ejemplo. ¿En qué grado ha actuado, se ha interesado, se ha movido el ex ministro de justicia del Gobierno del PSOE, ahora Defensor del Pueblo? No es demagogia lo que modestamente subrayo aquí. Estremece pensarlo.
Pues bien, José Bono ‑corno indicaba en el inicio de este comentario‑ parece seguir los pasos de Múgica. Pero, ¿qué tiene que ver la amistad entre Bono y Zaplana con el hecho de participar el presidente socialista de Castilla‑La Mancha en un acto de apoteosis del PP y de enaltecimiento obvio de¡ actual presidente de la Comunidad Valenciana? El libro El acierto de España. La vertebracíón de una nación plural no es una selección de los mejores poemas de Zaplana, ni una novela de intriga, ni un tratado sobre botánica levantina. Es, en efecto, todo un programa político para abordar el desarrollo autonómico. Era un acto político, partidista, donde nada se le había perdido a José Bono, aspirante hace pocos meses nada menos que a ser secretario general del PSOE. Perejil de no pocas salsas, de Tierno a Felipe pasando por Guerra, capaz de enfrentarse con Borrell, siendo éste ministro de Obras Públicas, para acabar haciendo manitas ya entonces con Zaplana y, hace unos días, otorgando su apoyo al Plan Hidrológico Nacional ‑como Rodríguez Ibarra, atención‑; habrá que preguntarse a qué juega Pepe Bono.
Una cosa es el sectarismo, del que él acusa a sus compañeros socialistas del País Valenciano que le han criticado por su exhibición en el Palace de Madrid con Zaplana, y otra bien distinta bendecir, no ya con su presencia, sino con su intervención como telonero de lujo, la política oficial del PP en torno a las autonomías. A pocos kilómetros del Palace, y casi a la misma hora, Maragall exponía en el Siglo XXI su teoría federalista. Con él estaba Rodríguez Zapatero. Bono estaba con Zaplana y con más de medio Gobierno, Ana Botella incluida.