OPINIÓN E IMAGEN
Cañuelo
DEL ‘PRESTIGE’, DE FRAGA, DE AZNAR Y DE ZAPLANA
Seis presidentes autonómicos socialistas, encabezados por Manuel Chávez, ofrecieron ayuda a Fraga Iribarne con motivo de la catástrofe ecológica que asuela Galicia. El presidente de la Xunta, como respuesta, los ha convocado para entrevistarse con ellos el día 11 de diciembre, casi un mes después del inicio del inmenso vertido de petróleo de hasta 20.000 toneladas de fuel con un importante contenido de azufre. Parece un sarcasmo o una historia surrealista. Pero es verdad. El desastre ocasionado por el petrolero Prestige en las costas gallegas ha provocado un ataque de exasperante lentitud en el antaño hiperactivo don Manuel. Parecida parsimonia, desde luego, a la exhibida por el Gobierno central. La reacción tanto del presidente de honor del PP como del presidente actual de este partido, José María Aznar, así como la de los ministros concernidos por este asunto que es de una enorme gravedad y que sólo son incapaces de evaluar los autistas, o los mentecatos, o los irresponsables, ha sido antológica: unos y otros no han podido hacerlo ni peor ni más tarde.
Que Fraga Iribarne se marchara el fin de semana del 16 y 17 de noviembre a los montes de Aranjuez y Toledo, pernoctando en un hotel de gran lujo de Madrid, mientras Galicia comenzaba a estar en el ojo del huracán informativo, a escala nacional e internacional, a causa del Prestige, es un hecho que rebasa casi todos los límites de la mínima sensatez política. No acudió al escenario del suceso hasta el jueves 21 de noviembre y aun así se permitió bromas de mal gusto como la de declarar lo siguiente: "Si hace falta me vuelvo a bañar como en Palomares". Antes había presidido la inauguración de las Quintas Jornadas de la Asociación Española de Operadores de Productos Petrolíferos, que se celebraron en Santiago de Compostela. Aunque Fraga Iribarne tratara de justificar su presencia allí, precisamente estos días, argumentando que les había "leído la cartilla", lo cierto es que en su alocución no hubo referencia alguna, sólo elíptica y de mero trámite, a la delicadísima situación por la que atraviesa parte del sector pesquero, y otros adyacentes, de Galicia, como consecuencia del transporte marítimo de petróleo sin las condiciones exigibles de seguridad.
"Espero que Dios y Santiago nos ayuden", añadió en tono emotivo el presidente de la Xunta. Que ayuden, cabría puntualizar, sobre todo, a los gallegos, víctimas de la quinta catástrofe de esta naturaleza en pocos años. Bastante han ayudado ya, Dios y Santiago, a Fraga Iribarne a lo largo de su dilatada vida. ¿Se halla, por fin ya, el viejo camaleón à bout de soufflé, según la conocida expresión francesa? Está por ver. Cuesta creer que consiga escapar esta vez a su monumental dislate de irse de cacería, mientras muchos de sus paisanos, votantes suyos o no, se encontraban sumidos en la angustia y la desesperación. Pero este experto en el arte de sobrevivir a todas las coyunturas políticas es capaz de superar también semejante pifia. Los comicios municipales, no obstante, están bastante cerca y Galicia ya lanzó un serio aviso al PP hace cuatro años. El desgaste de Fraga Iribarne resulta, en todo caso, patético. El conselleiro de Pesca, López Veiga, tuvo incluso que mentir al ser interrogado por la SER sobre la ausencia del presidente autonómico del lugar de los hechos y sobre la posibilidad de que hubiera estado fuera de Galicia. López Veiga negó que el presidente de la Xunta se hubiera alejado de su Comunidad. Mariano Rajoy volvió a refugiarse en su acreditada pericia para escabullir el bulto y no comprometerse, cuando se le preguntó por el referido paréntesis cinegético de Fraga Iribarne.
Pero tampoco ha ido a Galicia, en el momento de escribir estas líneas, y cuando han transcurrido más de diez días desde que ocurriera lo del Prestige, el presidente del Gobierno, José María Aznar. "Si se considera útil mi presencia viajaré a Galicia", manifestó quien, al fin y al cabo, es el heredero de Fraga Iribarne. Majestuoso y distante, por encima de menudencias como las de la marea negra en las costas gallegas, Aznar arguyó que otros dirigentes ya habían acudido. Citó a Mariano Rajoy, que puso en marcha un grupo conjunto de trabajo entre el Gobierno y la Xunta ¡el sábado 23 de noviembre!, además del ministro de Medio Ambiente, Jaume Matas, y el propio Manuel Fraga Iribarne. A Aznar, pues, le debe de parecer encomiable el colosal retraso del presidente gallego y considera eficaz el papel gris y triste de Matas, quien primero dijo que no hacía falta ir y luego fue sólo para la foto. Nada dijo Aznar, cuya principal obsesión en el episodio aludido ha sido echar todas las culpas a Gibraltar, de la fantasmagórica irrupción inicial del ministro Arias Cañete, un bocazas que acostumbra a decir las cosas más inapropiadas en los lugares menos convenientes, como ya demostrara en sus memorables declaraciones sobre el Plan Hidrológico Nacional.
No está únicamente à bout de souffle el fundador de la cosa, Fraga Iribarne. Aznar y su alegre muchachada ministerial continúan sin tocar bola. Fernando Onega, que es un periodista sin simpatías conocidas hacia la izquierda, ironizaba el otro día en El Mundo: "Es poco noble culpar al Gobierno de lo ocurrido en Finisterre. Poco noble. El Prestige se hundió y punto. Las cosas ocurren así. Donde hay un criminal dispuesto a matar, se puede cometer un crimen y donde pasan 6.000 barcos diarios se puede hundir uno. Es incluso normal que se hunda alguno. El Gobierno hizo lo que pudo: con toda rapidez le echó la culpa a Gibraltar. Envió a persona de máxima categoría: Mariano Rajoy. Una semana más tarde del suceso, que tampoco hay que precipitarse, viajó el ministro de Medio Ambiente. Y a fecha 20-N, el señor Álvarez-Cascos informó de que "se han puesto en marcha todas las acciones legales". ¿Veis como el Gobierno está demostrando gran rapidez y una encomiable sensibilidad? Lo que sucede es que los humanos no lo sabemos percibir".
Como Onega es gallego esgrime retranca fina: "Bueno, hubo algún fallo, pero menor. Sin trascendencia. Esta tragedia ha descubierto, por ejemplo, que el Estado no tiene ningún remolcador, será que los han privatizado. Pero tiene disculpa: ¿para qué quiere el Estado remolcadores si los coches oficiales no suelen quedarse tirados? También hemos sabido que no tenemos buques anticontaminación, pero eso es normal en un país que piensa que el mar sólo tiene playas para turistas. También se denuncia la descoordinación en las tareas de la limpieza, pero es que llueve y hace muchísimo viento. Y se ha publicado, por último, que "Alemania espera la orden de Madrid para enviar un barco especializado en la lucha contra la contaminación marítima". Vosotros, impacientes lectores, os preguntaréis por qué no salió esa orden cuando el barco estaba preparado para zarpar. Y yo os responderé que las prisas no son buenas para nada. Ni siquiera para pedir ayuda. Y además, ¡sabe Dios en qué despacho se ha traspapelado ese papel! ¿Vamos a molestar a un funcionario para que lo encuentre? ¿Qué ocurrirá si, por un casual, la petición está escrita en alemán, cosa que no se puede descartar, tal como están los tiempos? Y si está en ese difícil idioma, ¿cómo sabe el funcionario que es para pedir auxilio para una catástrofe? Si el Neuwrk, que así se llama el barco, tiene realmente intenciones de venir a Galicia, ya vendrá. No hay por qué forzar las situaciones (...) Lo que ocurre es hay mucho tremendismo en la prensa y mucho tertuliano indocumentado, que cree saber más que nosotros de cómo se combate una marea negra. Además, hay mucha impaciencia en la oposición, que no sabe cómo erosionar al Gobierno, sobre todo después de la última encuesta del CIS ".
Sin embargo, lo más llamativo de toda esta sinrazón es que aún no haya aparecido por Galicia el insuperable Eduardo Zaplana. Quizás Aznar lo reserve para última hora, como aquel entrenador que mantiene en el banquillo al crack goleador, con el fin de no agotarlo ni exponerlo a lesiones inoportunas, y sólo lo alinea cuando el match se le pone muy cuesta arriba. Zaplana se ha convertido en el curalotodo, el remedio para cualquier mal de complicado arreglo, una especie de Teresa de Calcuta para los parias y desfavorecidos de España. Es el hombre de los milagros, muy por encima de Escrivá de Balaguer, que tiene una palabra siempre para los desconsolados y una chequera abundante, inmune no obstante a los riesgos del déficit público. Multiplica el pan y los peces. A su lado, Cristo era un amateur y Eva Perón, una aprendiz de hada madrina. Tiene una vocación de rey mago la noche del 5 al 6 de enero, que desborda todos los parámetros racionales. El ministerio de Zaplana es como una ONG. O como Cáritas. Se ignora quién pagara tanta beneficencia y cómo se pagará, si es que se paga. Qué más da. Las elecciones se acercan y conviene que no falte de ná. En el preciso instante que Zaplana aterrice en Galicia, que suene, por favor, el botafumeiro y que los prelados se dispongan a todo tipo de Te Deums. El Prestige habrá terminado así por ser una bendición divina. O zaplanesca, que viene a ser lo mismo. Y, si no, que llamen a la Botella.
2.12.02