OPINIÓN E IMAGEN
Cañuelo
Del giro de Isabel San Sebastián
Me envía Paco Gómez Ruiz, un viejo camarada republicano, algo más joven que yo, una nota y un recorte del diario El Mundo del sábado 15 de febrero, que fue el día de la gran manifestación contra la guerra de Bush y de su camarilla. Me dice, entre otras consideraciones que no vienen ahora a cuento: "Me extraña, querido Cañuelo, que todavía no hayas resaltado en ninguno de tus artículos en El Siglo el proceso de cambio o mutación por el que atraviesa la periodista Isabel San Sebastián. Yo la sigo atentamente en la tertulia de Teresa Campos en Telecinco y la leo los sábados en El Mundo. Desde que Alierta la echó de Antena 3 por disidente, la verdad es que esta mujer está desconocida. O, al menos, así me lo parece a mí. Repasa con atención el comentario que te adjunto. Sus dardos contra Aznar son envenenados. En fin, haz lo que creas más oportuno. Yo nunca fui periodista. Y tú apenas sabes hacer otra cosa".
Leí cuidadosamente ese artículo. Se titulaba La verdad de José María Aznar. Y, desde que me llegó la carta de Gómez Ruiz, he procurado verla en Telecinco. Vayamos primero por el comentario de marras. Isabel San Sebastián evocaba la comparecencia televisiva del presidente del Gobierno, entrevistado para Antena 3 por Ernesto Sáenz de Buruaga, cuya condición de periodista de cámara de Aznar es conocida en toda España. Arrancaba la mencionada periodista citando una frase que Aznar reiteró: "Les pido a los españoles que me comprendan y me crean porque estoy diciendo la verdad". Puntualizaba Isabel: "Y, probablemente, fuera cierto. No era sólo la verdad, ni mucho menos toda la verdad, pero era y es la verdad que José María Aznar defiende con uñas y dientes (...) El problema es que se trata de una verdad tan sesgada, tan maniquea y tan carente de pruebas sólidas que la respalden, que al pedirnos que le creamos, el jefe del Ejecutivo nos solicita un acto de fe más que un respaldo político. Y, a estas alturas de la vida, hemos aprendido que la fe y la política nunca han de caminar unidas".
Después, San Sebastián sintetizaba los argumentos de Aznar para justificar un ataque sobre Irak. Dos son, según ella, los descollantes: los incumplimientos de la legalidad internacional por parte de Saddam Hussein y "que las armas de destrucción masiva que posee acabarán en manos de grupos terroristas que las emplearán contra nosotros". Sentencia la periodista: "Dos argumentos que, refundidos, se convierten en una diabólica alternativa: o la guerra, o la inseguridad permanente ante una amenaza terrorista directa e inminente, que abarca sin distinciones desde Ben Laden hasta Batasuna (...) Esa es la verdad que resulta demasiado endeble para ser creída". Y añade: "Cualquier ejercicio encaminado a confundir subliminalmente la lucha contra ETA y contra el terrorismo islámico hasta el punto de convertirlas en una misma cosa resulta claramente engañoso".
Confieso que, en mi fuero interno, y llegados a este punto, empecé a darle la razón a mi viejo amigo. Pero el resto del comentario no era menos demoledor respecto a las tesis sustentadas por Aznar: "Es verdad que España no puede prescindir de la colaboración internacional si pretende derrotar a los del hacha y la serpiente, pero no lo es menos que esa colaboración proviene en un 95% de manos francesas, con lo que la ayuda de los EE UU puede calificarse en estos momentos (y así lo hacen los expertos) de prácticamente testimonial. Es probablemente cierto que Irak posee armas de destrucción masiva, e incluso es posible, aunque mucho más discutible, que exista alguna conexión entre el régimen de Bagdad y algún grupo terrorista. Pero ninguna de estas dos aseveraciones ha sido probada hasta ahora, por lo que asumir sin controversia que la alternativa a la guerra es la amenaza biológica, es dar un salto mortal en el vacío, impropio de una ciudadanía adulta". La autora del artículo todavía se mostraba más crítica e incluía otros elementos determinantes en esta crisis mundial: "Igualmente importantes, y omitidos por el presidente en su discurso televisivo, son factores como el control de las reservas petrolíferas iraquíes, la creación de un nuevo equilibrio estratégico en la región, el ‘blindaje’ del Estado de Israel, el establecimiento de un nuevo sistema de pesos y poderes dentro de la ampliada UE, y muchos otros que seguramente se nos escapan".
Me adentré en el último párrafo. Tremendo. "Esa, señor Aznar, también es una verdad a tener en cuenta. De hecho, esa es la verdad que lleva esta tarde a millares de españoles a decir NO a una guerra que consideran una inmoralidad. Tal vez sean ingenuos, ya que la moralidad no es un ingrediente significativo en las relaciones internacionales. Tal vez sean idealistas, y tal vez el idealismo, que mueve a los pueblos en la dirección correcta, sea una irresponsabilidad cuando se está en el Gobierno. Pero tienen su verdad, señor presidente, y la defienden en las calles". Telefoneé a Gómez Ruiz. "Gracias, Paco, porque este deslizamiento de Isabel San Sebastián hacia un cierto rechazo del aznarismo se me había escapado casi del todo. ¿Qué dices? ¿Que en Telecinco reconoció sin problemas que se había manifestado ella también? Bueno, bueno... Cosas veredes, amigo Paco".
Algunas versiones que me han llegado más tarde aluden al resentimiento. Isabel San Sebastián, según tales rumores, no habría perdonado a José María Aznar no haber impedido que Alierta, presidente de Telefónica y persona magníficamente relacionada con Moncloa, la pusiera en la calle. Se encontraría comprensiblemente dolida y, por ende, dispuesta a buscarle todas las vueltas al presidente del Gobierno. Otras, por contra, apuntan que Isabel San Sebastián, políticamente conservadora, nunca había tenido a Aznar como santo de su particular devoción. Sus problemas con Telefónica no habrían hecho en ella más que multiplicar la discrepancia o la animadversión. No faltan quienes la acusan de oportunista, a la búsqueda de un lugar al sol cuando respladezca en el firmamento del poder José Luis Rodríguez Zapatero. Como he dicho, la he visto últimamente en el programa de la Campos alguna vez. Se nota que continúa enganchada al PP y me gustaría saber hasta qué punto me equivoco o no atribuyéndole una especial admiración hacia Eduardo Zaplana. Sería exagerado deducir, viéndola y oyéndola, que Isabel San Sebastián se ha cambiado de bando. Se me antoja prematuro vaticinar que terminará su periplo en las inmediaciones del PSOE. Tal vez aspire a un PP sin Aznar. O a una derecha de corte más chiraquiano. Sin embargo, he advertido que le larga unos viajes a Aznar de bastante cuidado. También a Bush.
¿Compensa San Sebastián a César Alonso de los Ríos, por poner un ejemplo de conversión en sentido contrario? Ni de lejos, por ahora. Lleva una racha César Alonso en el ABC que estremece. A Llamazares hace unos días le castigaba sin piedad. "¿De dónde sale este tipo elemental, primitivo, que es Llamazares?", se preguntaba. "Tiene la fe de los bolcheviques en su propia condición minoritaria", precisaba. "Me pregunto ante este ser que insiste en mantener sus teorías disparatadas en réplicas y dúplicas parlamentarias si es que está ciego o es insensible moralmente. Porque, a pesar de todo, habla de paz y moral". Isabel aún queda lejos de semejante transformación. Debo decir que por fortuna. César Alonso, quien en ABC ha dejado ligeramente a su izquierda al mismísimo Jaime Campmany, acusa al PSOE de apoyar "de hecho, a Saddam". "¿Puede haber un apoyo ‘de hecho’ más eficaz a Sadam que este que le presta Zapatero (...) Sencillamente Zapatero quiere sacar ventaja de la situación, ventaja electoral. Y moral. Aunque sea a costa de un apoyo real, ‘de hecho’, al régimen de Sadam". El caso de César Alonso sólo se explica en términos de demencia; esperemos por su bien que transitoria
10 de Marzo 2003