OPINIÓN E IMAGEN

 DE "EL DEFENSOR DE AZNAR"

Luis G. DEL CAÑUELO

Natalia Figueroa, la esposa de Raphael, la nieta de Romanones -el conde que habría podido ser maestro de Jaume Matas, aventajado promotor del Plan Hidrológico y también del Plan de Formentera, plan más conocido como el Pucherazo Criollo-, escribia en la introducción de la entrevista a Enrique Múgica, publicada en Blanco y Negro el 24 de marzo: "le comento que el cargo que ocupa tiene el más bonito de los nombres. Y que debe de obligar a mucho". A Natalia Figueroa le "impresiona", asegura, el nombre de "Defensor del Pueblo". Ella, que presume de periodista desde hace décadas, es una aristócrata con sensibilidad social. Se casó con un cantante de baja cuna, aunque es cierto que Raphael -tan agasajado en aquellas recepciones de La Granja, en conmemoración del 18 de julio glorioso- siempre fuera más franquista incluso que ella.

El abuelo, Álvaro de Figueroa, militó en el Partido Liberal, el de Práxedes Mateo Sagasta, llegó a ser uno de sus máximos dirigentes y fue alcalde de Madrid, ministro en varias ocasiones y presidente del Consejo. El conde de Romanones se hizo célebre, entre otras actividades, por su reputada práctica del pucherazo electoral, que condimentaba con caciquismo de eficacia probada, lo que tiene relativo mérito pues, como es bien sabido, el régimen de la Restauración monárquica se caracterizó por esta suerte de ejercicios nocivos, que estaban muy generalizados. Pero Romanones alcanzó al respecto gran notoriedad, bastante por encima de otros correligionarios o competidores suyos. Murió siendo procurador en Cortes, tras haber apoyado la sublevación del 36 y haber enaltecido debidamente al Generalísimo. Raphael se declaró hace unos años partidario de Franco y de Aznar, dato que certifica su coherencia, pero puso en un aprieto al Centrista de Quintanilla de Onésirno, el cual evitó que actuara en uno de los magnos mitines de Mestalla, el año 93 del siglo pasado. En todo caso, si el ministro Matas hubiera recibido clases del conde, el Pucherazo Criollo no habria sido un fiasco y a estas alturas él seguiría siendo presidente de las Baleares.

Volviendo a la reflexión de Natalia, a Enrique Múgica el cargo de Defensor M Pueblo le ha obligado a tanto que, a partir de ahora, habrá que cambiar hasta tan "bonito nombre" para denominarlo "El Defensor de Aznar". Es lo que Enrique Múgica ha hecho al fin y a la postre. Mejor dicho: lo ha hecho a la primera ocasión de compromiso con la que se ha topado desde que fuera nombrado a instancias de La Moncloa. La idea de designarlo Defensor del Pueblo surgió del PP, pertinente es recordarlo. Los socialistas no podían decir que no, porque en teoría se trataba de "uno de los suyos". Vivía el PSOE su interregno, con Almunia dimitido y Rodríguez Zapatero todavía por nacer, mientras cundía el pesimismo y el mayor de los desánimos. Tragó, por tanto, el PSOE con ese regalo envenenado que fue el nombramiento de Múgica, que hacía tiempo que jugaba a resentido y que coqueteaba descaradamente con el presidente del Gobierno. La Ley de Extranjería le ha proporcionado la oportunidad de agradecerle a su nuevo señorito el gesto de haberse acordado de él. A eso, exactamente a eso, le ha obligado el cargo. Sus antecesores, Ruiz Giménez, Gil Robles y Álvarez de Miranda nunca se sintieron obligados a una tal indignidad.

Le pregunta Natalia Figueroa, al final: "Defensor, ¿de qué quisiera ser defendido?". Contesta quien estaba a punto de ser defendido por Aznar y por el coro político y mediático de la derecha: `De nada. Porque si uno es defendido quiere decir que ha cometido errores profundos o ha sido autor de situaciones perversas... 0 porque sin haber cometido errores profundos o haber creado situaciones perversas, hay quien cree que lo has hecho. Por tanto, prefiero no tener que ser defendido de nada. ¡De nada!" A Múgica, sin embargo, lo tienen que defender estos días. Ejercen esa caritativa misión el presidente que lo nombró -amigo suyo, según presume en privado y en público el antiguo socialista-, y el vicepresidente primero, Mariano Rajoy, y el secretario general del partido, Javier Arenas, y los editoriales y comentaristas de la prensa afín. ¡El Defensor del Pueblo -el pueblo entendido lógicamente como los segmentos menos protegidos, más débiles, más vulnerables de la sociedad, ¿no?- ha de ser defendido por el Gobierno porque se negó a presentar recurso de constitucional ¡dad respecto a diversos artículos de la Ley de Extranjería! Este Defensor del Pueblo no quiso defender a los inmigrantes, que son, sin duda, los más castigados, los más pobres, los más desvalidos. No le costaba gran cosa. Hasta había precedentes. Ruiz Giménez, nombrado por Felipe González, interpuso recurso precisamente contra parte de la Ley de Extranjería impulsada en 1985 por el PSOE. Pero Múgica no se atrevió. No osó desairar al Príncipe. Tenia sobre la mesa casi 800 solicitudes requiriéndole a recurrir ante el Constitucional. Prefirió satisfacer a los poderosos. ¡Menudo Defensor del Pueblo!

Aznar lo defendió con vehemencia. Advirtió a los críticos de Múgica que "se meten en un charco". Criticar a Múgica es, para el Príncipe, "absolutamente inaceptable". La gestión de Múgica, en consecuencia, se ha convertido para la doctrina aznarista en dogma de fe. Se equivocan los discrepantes. Múgica, intocable. Las asociaciones de derechos humanos, las de inmigrantes, los sindicatos, los partidos de la izquierda, metidos en un charco. Chapoteando en el barro, ensuciándose en el lodazal, cubiertos de mierda. El Príncipe se enfada. El señala los límites y marca las fronteras. Hasta aquí se puede discrepar. Ni un milímetro más, sin embargo. Una cosa es la libertad y otra, el libertinaje. La Ley de Extranjeria -lo dijo él, acostumbrado a no tener abuela- es la mejor y más progresista de Europa. Protestan de vicio los inmigrantes. ¿Qué más quieren? Muertos de hambre, viajeros de pateras, desechos de tienta, y aún reclaman más. Pronto aquí hasta los gatos llevarán zapatos. Múgica lo ha entendido y es socialista desde los años 50, y antes del PCE, como Piqué o Birulés, o Pilar del Castillo. El Príncipe es un tipo abierto y dialogante. No mira la procedencia de nadie. Le importa sólo la eficacia. Múgica es un buen Defensor del Pueblo. ¿Fue comunista? ¿Fue socialista? El Príncipe no mira la partida de nacimiento de sus colaboradores. Múgica merece un respeto. Es su amigo y el Príncipe lo defenderá siempre.

Pero a mí -bastante más viejo que Múgica- esta historia palaciega y miserable no me sorprende. Y no lo escribo ahora, cuando ya es un clamor la tomadura de pelo del socialista genuflexo ante el Príncipe que le ha devuelto honores y regalías. Los amables y pacientes lectores hace tiempo que han podido comprobar en El SIGLO que el numerito de Múgica había sido desvelado por mí. Lo he escrito en más de una oportunidad. Cosas de este vetusto sectario, comentaron algunos. Manías de republicanos del exilio, musitaron otros. Los hechos, por desgracia, me han venido a dar toda la razón. Múgica se ha quitado la careta. Ahora todos saben ya que él no es El Defensor del Pueblo. Ha pasado a ser El Defensor de Aznar. A cada cual lo suyo. 

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