De la pariente del ‘mártir de la Cruzada’

Alfredo Abián, que es el director adjunto de La Vanguardia, firmaba hace unos días el habitual comentario que reserva ese periódico a su director, a modo de editorial con nombre y apellidos. La descripción desabrida que hacía Abián de la situación en la cual, según él, se encuentra en estos momentos el PSOE se alejaba del tono pretendidamente aséptico, moderado y centrista que caracteriza al rotativo propiedad de la familia Godó, sobre todo si se le compara con determinada prensa madrileña. Claro que La Vanguardia se decantó tanto y con tan gruesa artillería en favor de Artur Mas, con motivo de las recientes elecciones autonómicas, que nada, al respecto, ha de sorprender en exceso.

Mi viejo compañero y amigo Rafael Serra Suñol, que está exultante con el Gobierno tripartito en la Generalitat y hasta se ha reconciliado, o así me lo ha hecho saber, con ERC, partido en el que militó desde la República a 1980, me hizo llegar hace un par de semanas desde Teià, donde él reside a sus casi 90 años que lleva con salud, galanura y admirable clarividencia, un documentado informe acerca de los modos y maneras con que La Vanguardia abordó tales comicios. Teià es un hermoso pueblo cercano a Barcelona, en la comarca del Maresme, desde donde se divisa el Meditárraneo, y donde ambos pasamos juntos, por los avatares de la desdichada guerra civil, unas jornadas de descanso y de paz, hacia finales de 1938, alejados momentáneamente del frente. “Aquí me gustaría vivir los postreros años de mi existencia”, me dijo una noche, entonces, mientras cenábamos. Tras exilios y persecuciones varias, finalmente mi amigo logró su objetivo en 1978.

Pues bien, el citado rotativo, en la presente ocasión, incluso llegó a publicar un editorial, que arrancaba en portada, pidiendo el voto para Artur Mas. “Como si le fuera en las urnas al susodicho periódico la vida”, apostillaba Serra Suñol en la misiva que acompañaba al dossier. Y añadía: “Has de saber, querido Cañuelo, que la estrategia empresarial del Grupo Vanguardia se ha venido basando, cada vez con mayor énfasis, en relaciones probablemente non sanctas con la Generalitat de Pujol y de Mas. Su expansión audiovisual, más aparente que real y marcada por los números rojos, se debe a ayudas del anterior Gobierno autonómico. A todo ello no debes olvidar, y así se lo puedes recordar a tus lectores de El Siglo, que Juan Tapia cayó tras las elecciones generales de 2000 debido a presiones directas de Piqué y de Aznar, con el visto bueno de Pujol, satisfecho al contar en la nueva dirección con uno de sus periodistas de cámara”.

Luego, a la vista de la constitución del Gobierno que preside Pasqual Maragall, este gran periódico barcelonés, más que centenario, dio un viraje, trató de modificar el rumbo, empezó a contemporizar con las izquierdas, insinuó que donde dije digo, digo diego y acostumbra últimamente a guiñar el ojo a sus antiguos adversarios. De línea más que equilibrada equilibrista, el rotativo procura con habilidad restañar heridas y firmar un armisticio honorable, para sus propios intereses naturalmente, con la Generalitat actual. Todo ello lo hace con cuidado para no disgustar en demasía a los lectores de toda la vida, que son más bien conservadores, y que asisten, atónitos, boquiabiertos, desconcertados, a este baile.

Tales lectores, por consiguiente, debieron de leer sumamente complacidos el párrafo de Alfredo Abián arremetiendo contra el PSOE: “Hasta la prensa europea considera a la oposición socialista dividida y sin posibilidades de ganar. Casi, como una patera a la deriva. Mientras, la engrasada maquinaria del PP presenta a Rato como “ticket” de Rajoy. El conocido, al otro lado de los Pirineos, como “padre del milagro económico español”, frente a la número dos del PSOE por Madrid: Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo, una catedrática solvente y poco más, emparentada con un ex presidente y con el ‘mártir de la Cruzada”.  ¿Aspira Abián a formar parte, como su director, de las tertulias de RNE? ¿O prefiere las de Onda Cero o las de la COPE? Daría, sin duda, el pego.

Como yo ignoraba quién es este periodista, por lo que me apresuro a pedirle disculpas, puesto que la ignorancia en nuestro oficio nunca está justificada, telefoneé a Serra Suñol y le pregunté por él. Me pidió tiempo, como en el baloncesto. Al cabo de tres días me devolvió la llamada: “Su trayectoria es perfectamente descriptible. Su amistad con el director y una cierta capacidad como encargado de planta han sido las causas, me dicen, de su ascenso. Ideológicamente, alardea de desbordar con frecuencia por la izquierda. Algunos colegas suyos piensan que responde al modelo, un tanto anticuado ya, de la pinza. De ahí su exabrupto, impropio de La Vanguardia, que tanto presume de señorial, en relación con la profesora Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo, subrayando peyorativamente que está emparentada con el ‘mártir de la Cruzada”.

“¿Cree Abián que muchos de los lectores de su periódico no siguen siendo  devotos, en su fuero interno o externo, de quien fuera el líder de la derecha monárquica española durante la II República? ¿No recuerda Abián, a propósito de parentescos y afinidades de familia, que en el sillón de su director se sentó durante algunos años, en plena apoteosis de la dictadura, cuando los directores de periódicos eran nombrados por el dedo del Caudillo, Manuel Aznar Zubigaray, abuelo del presidente del Gobierno hasta después de las próximas elecciones generales?”, me dijo mi amigo catalán. Yo le contesté: “¡Mira que escribir que el PSOE navega ‘como una patera a la deriva’!” Este lenguaje me trae a la memoria a no pocos columnistas de Madrid, escasos de matiz y, más que nada, de mínima ponderación.

Entre ellos, figura de manera destacada, ganada a pulso, Jaime Campmany, el falangista del monárquico ABC. Paradojas de la vida política. Campmany defiende a Rodríguez Ibarra. ¿Quién hubiera sido capaz de vaticinar con éxito semejante cama redonda? Sin embargo, es verdad. Tras sus crecientes enroques patrióticos, el presidente extremeño, que  aseguró sentirse tan solo que tuvo que retirar su propuesta de arrinconar a los partidos nacionalistas, ha encontrado compañía en Campmany. Señalaba el articulista: “Juan Carlos Rodríguez Ibarra lo habrá dicho de una manera ingrata o descarnada, es decir, a lo bestia y por directo, pero es absolutamente cierto que a veces los partidos nacionalistas venden sus votos en el Congreso a cambio de favores del Gobierno hacia su Comunidad. Eso no hay que explicarlo demasiado a quien como yo ha sido cronista parlamentario durante años. Es un hecho repetido y una negociación parlamentaria absolutamente consabida. Se puede mirar hacia otra parte, pero no ignorar algo que está a la vista de manera tan evidente”.

Campmany no sólo ha sido cronista parlamentario. Fue parlamentario o, mejor, procurador en Cortes con Francisco Franco en el palacio de El Pardo. Los votos entonces ni se compraban ni se vendían, como ocurre, sostiene la copla, con el cariño verdadero. Las Cortes sólo estaban abiertas en aquella interminable época a gentes de cariño verdadero, de total confianza, estómagos agradecidos de un régimen que cortó de raíz, tras la sublevación militar y la guerra, las autonomías de Cataluña y de Euskadi, así como abortó las incipientes de Galicia y Andalucía. ¡Ay, Rodríguez Ibarra, si no fuera por sus prontos y sus berrinches! ¡Ay, Rodríguez Ibarra, lamento de verdad que le aplauda Campmany, pero así es!

26.01.04

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