OPINIÓN E IMAGEN
Cañuelo

De la distinguida soflama de la FAES

Los vasallos de Aznar, aglutinados por la FAES (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales) han firmado un manifiesto que ha sido ampliamente difundido, previo pago, en forma de anuncio publicitario. Se titula Democracia sin ira y está destinado a desviar la atención de lo que está ocurriendo en Iraq y, antes o después, sucederá en otros países de la zona. Los intelectuales del PP muestran su preocupación no por la guerra, naturalmente, sino por sus consecuencias domésticas. Quienes han suscrito el documento, todos ellos directa o indirectamente vinculados al aparato moncloíta, actúan como avaladores ideológicos de este Gobierno. El comunicado se publicó el pasado miércoles día 9 de abril. Unas horas antes, desde un tanque norteamericano y de manera deliberada, se disparó contra el hotel Palestina de Bagdad. Fueron asesinados tres periodistas: dos británicos, de la agencia Reuter, y un español, el cámara de Telecinco José Cousa. La coincidencia de ambos hechos no es gratuita. ¿O es que los pesebristas del PP pensaban que las guerras acostumbran a ser inofensivas? El otro aspecto del suceso de Bagdad, que demuestra la animadversión de Bush y de sus halcones hacia la prensa libre, ni lo contemplan, desde luego, estas gentes de la FAES. Sostienen sin pestañear que la invasión ha sido llevada a cabo, fundamentalmente, para liquidar a un dictador como Saddam y establecer así en Iraq la democracia. ¡Embusteros!

Los firmantes se agarran al clavo ardiendo de las agresiones a algunas sedes del PP y de ciertos excesos verbales dirigidos contra los líderes de este partido, circunstancias lamentables pero que han sido exageradas demagógicamente por Javier Arenas y otros voceros del Aznarato, como pasara, por ejemplo,  salvadas las distancias, con la quema de conventos poco después de haberse proclamado la II República. Fueron episodios manipulados hasta el vómito por la derecha de la época, como yo recuerdo muy bien, pues viví todo aquello de adolescente y nunca olvidaré la indignación de mi padre, veterano militante del PSOE y de la UGT, hablando con sus amigos y compañeros, mientras yo escuchaba en silencio, pues aborrecían todos ellos las acciones violentas, pero más aún temían que todo ello obedeciera, en buena parte, a una campaña orquestada por los monárquicos y los fascistas de entonces.

La relación de los supporters de Aznar describe, con encomiable precisión y salvo algunas excepciones, como la de Mario Vargas Llosa, el páramo cultural de la derecha. Entre otros, se hallan los nombres del embajador Nuño Aguirre de Cárcer, quien con frecuencia remite cartas a los periódicos más conservadores en plan carpetovetónico; Antonio Alemany, periodista mallorquín en la órbita del fraguismo más rancio; Rafael Arias-Salgado, el ex ministro ineficacia; Mikel Azurmendi, alto cargo en cuestiones vinculadas a la inmigración, del grupo de vascos que han circulado desde la ETA hasta el PP;  Fernando Becker, del núcleo vallisoletano del aznarismo; Anna Birulés, la ex ministra también ineficacia; Pío Cabanillas, el ex ministro de la mentira;  Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo, ex presidente del Gobierno distinto, distante y efímero, algunos de cuyos hijos han conseguido cargos en el Aznarato; Antonio Cánovas del Castillo, cuyo principal mérito es el de descendiente; Luis Alberto de Cuenca, alto cargo en Cultura; Antonio Chozas, ex alto cargo del Ministerio de Trabajo, su casta no le ha salvado de Zaplana;  Juan Fernández-Armesto, ex presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), sabor a Gescartera; Alfonso Fernández-Miranda, otro más de idéntico apellido; Pedro Ferreras, la ex conexión en la SEPI del ministro Piqué, ambos Ercros-De la Rosa;  Ignacio Gómez-Acebo, otro apellido de la nomenklatura; Guillermo Gortázar, de Bandera Roja a la derecha, como su esposa, la ministra Del Castillo; Jon Juaristi, del grupo de los vascos mencionado ya a propósito de Azurmendi; Alberto de la Hera, el amigo oficial del clero; Vicente López-Ibor, otro de idéntico apellido; Ricardo Martí Fluxa, de la Casa Real a Interior y, luego, a los negocios; Rodolfo Martín Villa, del SEU al chapapote, suma y sigue; Abel Matutes, ex ministro de Asuntos Exteriores y floreciente hombre de negocios susceptibles de investigación periodística a fondo; Amando de Miguel, el sociólogo que parecía progresista y se instaló hace tiempo en el conservadurismo; Marcelino Oreja, entre el ministro franquista Arburúa y el sobrino Jaime (o Santiago) y cierra España; Benigno Pandás, uno de los oráculos de ABC; Javier Pérez-Embid, apellido de profundas raíces opusdeísticas; José Ramón Pín, IESE, Opus; Miguel Porta Perales, converso; Adolfo Prego, juez de los que sí, por lo visto, pueden opinar; Luis Racionero, de ERC al PP, escritor con tendencia al plagio; Carlos Robles Piquer, censor con su cuñado Fraga Iribarne,  de mayor continúa igual; Carlos Rodríguez Braun, el liberal que radiofónicamente encarna la insoportable levedad del ser; Mariví Romero, hija de Emilio, maestro azul del periodismo amarillo, ya difunto;  Rafael Termes, el Opus de las finanzas; Isabel Tocino, ex ministra asimismo ineficacia, más Opus; Juan José Toribio, más Opus; Jesús Trillo-Figueroa, apellido e Iberdrola; Edurne Uriarte, otra conversa, veloz del PSE al Aznarato; Fernando Villalonga, el hermano de Juan; y Jesús Zarzalejos, otro Zarzalejos.

El grupo de firmantes es, sin embargo, plural. Mejor dicho: alardea de plural. Sus componentes aseguran que entienden “necesario pronunciarse sobre ellas” (“cuestiones que, al margen de las relaciones internacionales, afectan a nuestra convivencia como comunidad política”). Y lo hacen, ¡atención!, “con independencia de las opiniones que cada uno de nosotros sostenga en favor o en contra de la intervención armada en Iraq”. ¡Qué interesante sería encuestar a todos y cada uno de estos prohombres o promujeres del Aznarato, preguntándoles si, en efecto, están en favor o en contra de la guerra! El resultado de tal sondeo sería como el que ofrecía recientemente incluso el CIS. Pero al revés: más rotundo todavía. Y es que la sistemática tendencia pepera a tomar el pelo a la ciudadanía no tiene remedio. Este otro párrafo del documento ratifica lo dicho: “Las guerras traen consigo pérdidas de vidas humanas y empobrecimiento de pueblos que en todos casos hay que lamentar. Sin embargo, no toda guerra es siempre inmoral o ilegítima. No negamos que se pueda discutir si en este caso se ha obrado rigurosamente o conforme a determinados procedimientos internacionalmente admitidos, como efectivamente ocurrió en la intervención de Kosovo. Pero no se puede afirmar que toda intervención armada sea impropia de naciones civilizadas. La historia contemporánea ofrece numerosos ejemplos de lo contrario”. ¡Prodigioso esfuerzo de tolerancia! Los sesudos firmantes fijan los límites del debate adecuado: o se ha obrado rigurosamente o como Kosovo. Pues bien, comparar  Kosovo con la fechoría corsaria perpetrada en Iraq es como comparar a Santa Teresa de Calcuta con Isabel Preysler.

En el texto no cabe encontrar, aunque se lea con lupa, la más mínima referencia crítica a la masacre llevada a cabo en Iraq. Todo son teorías académicas, platónicas, como si esta guerra amoral pudiera discutirse en términos versallescos, cual juego dialéctico de salón para deleite de damas y caballeros.  El apartado más extenso se reserva a los ataques al PP: “También se han producido lamentables manifestaciones de ira y violencia contra responsables políticos, contra sedes del Partido Popular y contra militantes o concejales de esa formación política. Esos hechos son intolerables en una sociedad democrática y son expresión de una agresividad incompatible con la convivencia ciudadana. En momentos de especial tensión pública es exigible que los dirigentes de todos los partidos políticos estén a la altura de sus responsabilidades. Es ineludible que se condenen las agresiones. También lo es que se fomente la calma entre los seguidores de las diversas formaciones. No es admisible una escalada verbal que llegue a justificar que individuos exaltados cometen esos desmanes. Haber tildado de “asesinos” a los miembros del Gobierno, o haber callado cuando así lo hacían otros compañeros de manifestación arroja una sombra de imprudencia que ha de ser contrarrestada con un inequívoco ejercicio de concordia”.

La distinguida soflama de la FAES termina con estas palabras: “Queremos que [nuestra democracia] siga siendo una democracia sin ira”. Pero ¿por qué los tan ilustres como selectos firmantes no se interrogan, siquiera unos minutos, sobre las causas que han llevado a esta situación no de ira, sino de profunda irritación?  La respuesta no necesariamente ha de ceñirse a la guerra, aunque ésta haya sido, o esté siendo aún, el factor que más ha contribuido a la explosión de protesta ciudadana. El cabreo de la mayoría pudo advertirse ya, y con facilidad, con motivo del chapapote. Y también con motivo, por ejemplo, de la huelga general del día 20 de junio. José María Aznar, en esta segunda legislatura de manera indisimulable, ha terminado por darle la razón al polémico vídeo del dóberman. Pareció a los pusilánimes un ejercicio de exageración injuriosa. Pero el PSOE sólo se equivocó en cuanto al tiempo. Erró a corto plazo. Acertó de lleno más tarde.

14 de Abril 2003


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