OPINIÓN E IMAGEN
Cañuelo

De José Antonio Primo de Rivera

Exige José María Aznar, el “tonto”, según le denominaba con indudable acierto, y no poca generosidad conceptual, Juan José Millás en El País del otro día, que Zapatero diga públicamente si estaría dispuesto a gobernar con “los comunistas”. Que lo diga, que lo diga, insiste Aznar. La elección de Aznar como presidente del PP supuso rebautizar al partido que fundó Manuel Fraga Iribarne, Alianza Popular, nacido de las entrañas mismas del Régimen del 18 de julio. Cambió el nombre, muy parcialmente en todo caso, pero se mantuvieron las esencias más profundas a pesar de algunos devaneos de apariencia centrista.  Es decir, la fuente de inspiración de AP se encuentra en la dictadura militar impuesta por el golpe de Estado del general Franco y sus conmilitones, apoyados por la derecha más reaccionaria y caciquil; por el bucanero Juan March, que era, para entendernos, como un Mario Conde o un Javier de la Rosa de aquella época; por los monárquicos españoles imbuidos de la ideas absolutistas que en Francia propagaba Charles Maurras a través de un movimiento de carácter parafascista (Maurras, por cierto, ejerció un magisterio muy intenso en Luis María Anson, quien de joven escribió dos opúsculos defendiendo a Maurras con notorio ardor, como quizás mis amables y pacientes lectores de El Siglo recordarán, porque yo aquí he reproducido párrafos y teorías de Anson, citando la procedencia, ya que conservo tales librillos, adquiridos por un amigo mío, ya difunto, en una librería de viejo sita en la madrileña cuesta de Moyano, hacia la mitad de los años 60. Ningún otro periodista y ningún otro medio por cierto, se ha atrevido a hacerlo, pues el silencio sobre determinadas cuestiones siempre resulta más cómodo y más rentable que la actitud contraria).

A la conspiración militar contra la II República, que desembocó en una cruenta guerra civil, se unieron otros sectores poderosos de la vida española e internacional. Desde luego, lo hizo la Santa Madre Iglesia sin contemplaciones y miramientos, poniéndose mayoritariamente al lado de los sublevados, con los cardenales, arzobispos, obispos, canónigos y otras dignidades eclesiásticas, salvo alguna que otra respetable excepción, al frente, bendiciendo a las tropas rebeldes, ensalzando al Caudillo de España por la gracia de Dios, otorgándole el privilegio, reservado al Santísimo, de entrar en los templos bajo palio, mientras el Vaticano se entregaba ardorosamente a la causa llamada nacional y calificaba la guerra de Cruzada de Liberación y luego firmaba el Concordato con el dictador y celebraba el Congreso Eucarístico Internacional en Barcelona, el año 1952, “de rodillas, Señor, ante el sagrario, que guarda cuanto queda de amor y de unidad”, letra del poeta monárquico José María Pemán, otra pretendida gloria literaria del franquismo, y así hasta las postrimerías del Régimen, pues no habría que olvidar nunca que el tirano, cuya familia se enriqueció sin medida,  fue enterrado con todos los honores, arropado por casullas y sotanas y por altas jerarquías de la Iglesia católica, apostólica y romana cual si Franquito fuera un santo. La Iglesia oficial no lo ha reprobado todavía, ni ha pedido ni perdón ni disculpas, al tiempo que el Sumo Pontífice no ha parado de canonizar o beatificar mártires de la Cruzada, que ha sido un modo reiterado de lavarles la cara a quienes se alzaron despóticamente con el poder gracias a la fuerza y a las armas.

Pero los militares de Franco fueron auxiliados además, logísticamente y con presencia armada en España, recordad Guernica, tanto por Hitler como por Mussolini. Esta es la realidad histórica, aunque ahora hayan empezado a aflorar historiadores ficción, como el trásfuga, o infiltrado, Pío Moa, o César Vidal, entre otros, que sostienen que la responsabilidad última del 36-39 corresponde a las izquierdas y a los nacionalistas, en consonancia moderna con aquellas burdas teorías de los libros de Formación del Espíritu Nacional, de cuanto se escribió unilateralmente durante cuatro décadas en los periódicos de circulación legal, se oyó por la radio secuestrada en los informativos y en los espacios de opinión por Radio Nacional de España o se pudo ver en TVE desde su inicio, allá por los años 50 del pasado siglo. Así fue la Dictadura del Generalísimo Franco en cuanto a libertad de expresión. Entre los ingredientes de mayor solidez de la nueva España figuró, sin duda, Falange Española, aparte de los carlistas o requetés, de las gentes de la CEDA o democracia cristiana colaboracionista, y de las vinculadas a la Lliga de  Cambó.

¿Suena la hora de reinventarse asimismo la figura de José Antonio Primo de Rivera, el fundador, el ausente? Este año se cumple el centenario de su nacimiento y La Razón, del ex maurrista Anson, ha evocado la efemérides aunque se haya desmarcado ideológicamente de José Antonio. Lo ha hecho mediante una especie de cuadernillo, en la sección de Cultura, como si Primo de Rivera junior hubiera sido un artista o un escritor, habiendo invitado a colaborar sólo a firmas de la derecha en sus diversas facetas. El mencionado César Vidal, que es una estrella ascendente en la cofradía española de los neoconservadores norteamericanos, ocupa el lugar de honor. Este gurú del conservadurismo hispano critica a José Antonio Primo de Rivera por sus excesos y su tendencia al fascismo. Silencia, por supuesto, la fiebre joseantoniana del adolescente José María Aznar López, según está probado documentalmente. Vidal se esfuerza por dibujar contextos que faciliten una absolución benevolente del promotor de la Falange. Por ejemplo: “José Antonio se vio encuadrado desde su nacimiento en una serie de circunstancias que marcarían su vida. En primer lugar, estaba su pertenencia a una estirpe de soldados que durante siglos se distinguió en la defensa nacional y de la que su padre –el futuro dictador– fue un representante de especial importancia. En segundo lugar, José Antonio vivió los primeros años de su vida en una España regida por una monarquía parlamentaria sometida a un terrible acoso procedente de las izquierdas y de los nacionalistas catalanes (en menor medida de los vascos) que buscaban directamente el final del sistema sin que resultara del todo obvio con cuál podrían sustituirlo”. Réparese que los problemas de esa monarquía, presentada como parlamentaria, cuando fue caciquil y reaccionaria en no pocos aspectos sustanciales, son, según César Vidal, los derivados de las, en otras palabras, hordas marxistas y los separatistas. El pobre José Antonio fue traumatizado, cabe deducir, por tal situación y, en el peor de los supuestos, se le fue un poco la mano.

Sigamos: “En 1930, José Antonio estaba convencido –y no se equivocó– de que España corría el riesgo de una revolución “al estilo de Moscú” que suprimiría “la familia, la religión, el patriotismo”. También supo captar que esa revolución no podría ser canalizada por los republicanos ya que estos carecían de “masas” y el resultado sería que las “organizaciones obreras... querrían hacer de España otra Rusia, dividiéndola en pedazos y arrancando de su base las instituciones fundamentales”. El diagnóstico era dramático y pesimista, pero pronunciado el 6 de octubre de 1930 (...) poco puede negarse que anunciaba lo que sería el gran drama de la II República: unos republicanos sin base social a los que sobrepasarían las izquierdas obreristas para zambullirlos en la revolución (...)”. No se advierten, atención, tantas diferencias en el diagnóstico de Primo de Rivera junior con el diagnóstico actual de José María Aznar. Los peligros para España radican en las izquierdas, los sindicatos y los nacionalistas, todos ellos aves carroñeras prestas a destrozar España. Lo dijo de manera parecida, con su vocecita insegura y huera, la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, cuando resaltó que, desde hace, vaya, 30 años, vaya, nunca España había estado tan bien como ahora ni había tenido un papel más decisivo en el mundo que en la actualidad. Sin embargo, advirtió la pitonisa, los enemigos interiores constituyen el mayor riesgo de truncar la admirable aventura llevada a cabo, obviamente, por su señor Aznar López.

El resto de artículos consagrados por La Razón a José Antonio no merece mayor atención. Jesús López Medel se va por los cerros de Úbeda entre Ortega y Gasset y José Antonio. Rocío Primo de Rivera, autora de un libro sobre su tío abuelo, se mueve en el terreno humano y proyecta a su pariente como hombre vitalista y jovial. “Hoy no sería falangista”, proclama esta señora. (¿Qué sería, pues? ¿Ministro o ex ministro del PP?). Y concluye el ramillete de idéntica flor con la firma de Enrique de Aguinaga, veterano periodista, siempre falangista, más plúmbeo que un somnífero, de la camada de los Campmany y etcétera, que últimamente se permite también dar lecciones de libertad de expresión. Su artículo se convierte en un torpe alegato en favor de la libertad de expresión para valorar así, en libertad, a José Antonio Primo de Rivera. ¿Por qué no reivindicaba públicamente lo mismo, dando la cara, jugándose el tipo,  para, pongamos por caso, valorar a don Manuel Azaña, o don Indalecio Prieto, o don Santiago Carrillo, o don Juan Negrín en los tiempos de la Dictadura? Entonces a Aguinaga ni estaba jamás ni se le esperaba a la hora difícil de defender las libertades.

En fin, que esta derecha del PP es idéntica, o casi, a la de AP, la de los Siete Magníficos o la del franquismo sociológico. Emplea una argumentación similar y una retórica parecida. Por eso, al descubrir en Bush y su guardia de corps a la derecha americana sin complejos Aznar corrió a situarse en primer tiempo de saludo. “Voy por rutas imperiales, caminando hacia Dios”.

5 de mayo de 2003


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