Luis G. del Cañuelo
De Aznar con el Papa y los monseñores
Le dijo el Sumo Pontífice a José María Aznar: “!Qué alegría volver a verle!”. Acudieron al Vaticano Aznar y su mujer, Ana Botella, con Alonso, el hijo pequeño, acompañados del matrimonio Alejandro Agag y Ana, embarazada ella de cuatro meses. El corresponsal en Roma de El Mundo, Rubén Amon, enmarcó el encuentro de despedida del presidente español así: “José María Aznar (...) aprovechó la ocasión para apaciguar las discrepancias que hubo entre Madrid y la Santa Sede a cuenta de la guerra de Iraq. Esta vez, en cambio, predominó la cordialidad, la diplomacia, incluso la espontaneidad. Por ejemplo, cuando el presidente del Gobierno hizo saber al Papa que su hija mayor estaba embarazada de cuatro meses”.
En realidad, las relaciones recuperaron su tradicional fluidez, entre el representante de Cristo en la Tierra y la católica España, a principios de mayo, días después de que la invasión militar de Iraq hubiera culminado, de modo que algunos estólidos creyeron que la guerra había terminado. Entonces el Papa visitó Madrid, eludió toda mención crítica a los gobernantes que, como Aznar, habían promovido activamente la guerra, a la cual aludió acogiéndose más al tópico que a la denuncia, de la que él durante los meses precedentes había hecho gala, de forma intensa, sin apenas ambages y conectando con millones y millones de ciudadanos de todo el mundo que aborrecían ese ataque brutal denominado preventivo. Juan Pablo II, en efecto, estuvo en Madrid, satisfizo al Gobierno, defraudó a la mayoría de los españoles, contrarios a la perversa decisión de Bush y de sus acólitos, y le hizo un gran favor al PP en vísperas de las elecciones municipales y autonómicas.
El 23 de enero, horas después de haber cenado con Il Cavaglieri, que es un presunto delincuente, rejuvenecido gracias a una operación de cirugía estética, que ha huido hasta el presente de la justicia valiéndose de todos los procedimientos al alcance de su inmensa fortuna y de su enorme poder político, aunque el Tribunal Constitucional italiano lo haya vuelto a situar recientemente en el fatídico punto de mira judicial, Aznar encontró en el Santo Padre a otro de sus poderosos protectores. Postrado a sus pies, “de rodillas, Señor, ante el Sagrario”, cual un beato o un meapilas, olvidando su condición de jefe de Gobierno de un país constitucionalmente aconfesional, Aznar besó la mano del Pontífice con auténtica fruición. Su peregrinación del adiós es gloriosa. Casi imperial. Se trata de una campaña electoral en paralelo, subliminal, sin riesgo siquiera de que sea abortada por la Junta Electoral Central. El portavoz del Papa, Joaquín Navarro Valls, relevante miembro del Opus Dei señaló, al término de la audiencia, que Juan Pablo II “apreció su postura sobre la cuestión del reconocimiento de las raíces cristianas históricas de Europa”.
Raíces profundas que unen la religión católica y la España eterna. Como debe ser, a pesar de enojosos y, gracias a Dios, fugaces asaltos de los ateos, los agnósticos o los rojos, como don Manuel Azaña en los años 30 o Felipe González en los ochenta y hasta mediados de los noventa. Aznar lo ha conseguido de nuevo. España se ha convertido de nuevo al catolicismo. Tiene al episcopado, salvo alguna que otra excepción herética, en primer tiempo de saludo. El arzobispo Cañizares, prelado de Toledo, sostiene que la unidad de España no sólo es un bien de carácter institucional o político, sino moral, que han de abordar con valentía los obispos. Raíces profundas. El Papa se lo recordó a la cristianísima familia Aznar en un momento de la recepción: “El pasado mayo pude constatar, una vez más, las profundas raíces cristianas del pueblo español y el dinamismo de la Iglesia en su noble país (...) Estas dos cualidades han marcado los momentos más brillantes de su historia”. El Papa subrayó asimismo “la colaboración sincera y leal entre la Iglesia y las autoridades al servicio de los españoles, desde el respeto y la independencia”.
Respeto e independencia, puestos de manifiesto en el solemne almuerzo celebrado, tras la audiencia, en la Embajada de España en Roma. Describe el citado corresponsal de El Mundo: “Terminada la audiencia, José María Aznar hizo las veces de anfitrión en la Embajada de España ante la Santa Sede, roeado de excelencias, eminencias y papables”. Comieron con Aznar, entre otros, Eduardo Martínez Somalo, cardenal camarlengo; Julián Herranz, responsable de los Textos Legislativos; Antonio Javierre, cardenal emérito; Giovanni Battista Re (responsable de la Congregación de Obispos), Leonardo Sandra, número 3 del Vaticano, y el prelado del Opus Dei, Javier Echevarría. Además, Ana Botella fue galardonada por el secretario de Estado, Ángel Sodano, con la condecoración de dama de la orden de Pío IX, “en reconocimiento a sus iniciativas sociales”.
Días hermosos para Aznar. Su mujer, condecorada por el Vaticano. La mejor concejal de Madrid de todos los tiempos, dedicada al auxilio de los más débiles, enaltecida por Su Santidad. Hace menos de un año, se oyeron voces, desde el resentimiento, naturalmente, que pedían al Papa que excomulgara a Aznar por su posición ante la guerra. Ana Botella, por cierto, declaró que como católica no sentía remordimiento alguno por compartir con su marido el apoyo a la guerra de Iraq. Palabras parecidas pronunció Federico Trillo, destacado militante del Opus, quien llegó a marcar distancias con el Pontífice. ¿Cisma? Para nada, pelillos a la mar. Volvió al redil el anciano Papa. A la vejez, viruelas. Ya le pasó la fiebre pacifista. Religión en las escuelas, incremento de la dotación presupuestaria para la Iglesia, ¡viva la COPE! Avanzan triunfantes el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, los catecumenales de Kiko Argüello quien pinta la Almudena para Letizia y Felipe, la Adoración Nocturna, la diurna y san Dios bendito, el Concilio de Trento y el espíritu de las santas cruzadas contra los moros y contra los comunistas en el 36, siga Su Santidad beatificando o canonizando o santificando, lo que Su Santidad prefiera, mártires y más mártires de la guerra, no se los acabará y, si así sucediese, no importa, vuelta a empezar, el PP puede gobernar siglos y, en caso de duda o de flaqueza, siempre estará a punto Bono, que tanto recuerda al cardenal Cisneros.
¿Hablaron, no hablaron, cotillearon, no cotillearon, todos esos deslumbrantes monseñores con Aznar en torno al alcalde de Toques, Jesús Ares, tocador de adolescentes en flor, una de ellas hija de unos amigos, qué pezoncitos tiene la nena, Manolo, querido presidente? Fue pecado, no pecado, mortal, venial, poca cosa, el espíritu es fuerte, camino de Santiago, pero la carne, ya se sabe, a veces es débil. Camino asimismo de Escrivá de Balaguer y Albás, oh monseñor Echevarría, cómo le agradezco su presencia, muy especialmente, en este mediodía de Roma, tan cristiano. Lo de Ares, peccata minuta, un calentón de viejo verde, monseñor, está mal, claro que está mal, muy mal, pero cada cosa en su sitio, no hay para tanto, es humano, un desliz, hinchado, hinchadísimo por el PSOE que, como muy bien cree don Manuel, como un roble, cada día más joven, se los daré, le daré recuerdos suyos y le diré, le gustará, sin duda, que usted reza por él, decía que don Manuel cree que Zapatero y su tropa no están legitimados para pronunciarse sobre estas cuestiones de moral cristiana, partidarios como son del amor libre, del divorcio, del aborto, de los homsexuales, de las camas redondas con Carod-Rovira e Ibarretxe, en fin, no sigo, monseñor, no sigo, porque no quiero escandalizarle.
¿Qué tal Urdaci, me pregunta usted, monseñor? Formidable, estupendo, un genio de la televisión. ¡Cómo se nota dónde cursó sus estudios de periodismo! ¡En la Universidad de ustedes, la de Navarra! Fue lógica aquella campaña publicitaria subrayando su nombre, el de Urdaci, como ejemplo de hasta qué punto estudiar en el Opus es garantía de éxito. La envidia de los rojos frustró también aquella campaña. Como ahora acaban de hacer con la de Zaplana. No se puede imaginar usted el grado de control, de totalitarismo encubierto, de los socialistas y los comunistas, por no hablarle ahora de los separatistas vascos, catalanes y gallegos. Sí, sí, se lo he contado a Su Santidad. Me ha trasladado su solidaridad y su apoyo. “Le pediré al Señor y a la Virgen del Pilar, mi querido presidente de España, para que vuelvan ustedes pronto a recuperar la libertad plena y la unidad sin fisuras de la Patria”.
Pues lo que son las cosas, monseñor Echevarría. A Urdaci le ha otorgado Fraga, está como un roble, ya se lo he dicho, tan rejuvenecido como Silvio, je, je, le decía que Fraga le ha dado un premio de periodismo, el de la Xunta de Galicia, con todo merecimiento, a Urdaci. Sí, por su labor encomiable de objetividad y neutralidad informativa cuando el Prestige. ¡Qué cruz fue aquello! Oleadas de informaciones manipuladas, agitadas por el PSOE y los comunistas. Mentiras, falsedades, calumnias. Parecía que hubiese sido yo quien tuviera la culpa del hundimiento del Prestige. Me encontré periodísticamente muy solo, monseñor. Sólo, siempre a mi lado, Alfredo Urdaci. Sus telediarios eran un bálsamo donde brillaba la verdad. El oasis de la verdad, monseñor.
02.02.04
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