OPINIÓN E IMAGEN
Cañuelo

De Ana, leal a su marido y a Gallardón

A pesar de que Alberto Ruiz-Gallardón haya hecho marcha atrás en el impuesto, llamado IBI, que anunció que iba a aplicar a los propietarios de las viviendas o casas deshabitadas, empieza a ser un clamor general que el PP ya no es lo que era desde que José María Aznar desapareció del balcón de Génova. Mariano Rajoy, el pobre, no toca pelota y parece ignorar, en esta ocasión sin ejercitar de gallego, si ha de subir o ha de bajar o ha de quedarse a mitad de la escalera, quieto parado, por si acaso. La verdad, por otra parte, es que no se sabe del todo bien si Gallardón ha rectificado parcialmente, mínimamente, como consecuencia del liderazgo de Rajoy, ese liderazgo que es tan fuerte según Aznar, o porque así se lo pidió una distinguida integrante de la familia real, conforme se ha extendido de forma imparable por los mentideros de la Villa y Corte. Desde luego la aludida integrante, de ser cierto el episodio, que me narró con todo lujo de detalles un viejo amigo cuyo hijo periodista trabajaba hasta ahora en Antena 3, pertenece a la familia real en el tradicional y más genuino sentido de la expresión. No procede, por tanto, de la rama de esos parvenus que se apellidan Ortiz Rocasolano y que tanta irritación, creciente, por lo demás, están provocando en la gente conservadora, atónita ante el hecho de que una joven plebeya o villana como Letizia pueda acceder un día al Trono de España.

Las piruetas de Gallardón han sido analizadas, con  alarma indisimulable, hasta por los hechiceros más ortodoxos de la tribu. Jaime Campmany, por ejemplo, dedicó hace unas fechas su columna de ABC a este suceso. Evocaba el Viejo Brujo los tiempos en los que en AP el desorden interno imperaba: “Cuando Aznar llegó a la presidencia del PP, su primer trabajo de Hércules fue el de cortar las siete cabezas de la Hidra de Génova. En el partido se alzaban algunas crestas que no se hallaban sometidas a orden ni disciplina, y Aznar, por primera providencia, tuvo que domesticar algunos gallitos de pelea que lanzaban por su cuenta el kikirikí y andaban desacordados y altivos. Aquella misión de apaciguamiento costó sacrificios y no se logró sin sangre (...) A partir de entonces, el PP fue un partido coherente y cohesionado, y así se hizo posible su ascensión y su triunfo”. Sin embargo asoma en la actualidad la “rebelión a bordo”, que tal es el título de tan revelador comentario periodístico. Campmany, tras subrayar que las cosas no se hallan tan mal como entonces, indica que, no obstante, “se observan algunos síntomas preocupantes y tan evidentes que no permiten cerrar los ojos o mirar hacia otro lado”.

El antinguo falangista, que fue procurador en Cortes con el general Franco, califica la decisión del ahora alcalde de Madrid de “importante porque contradice abiertamente la política del Partido Popular en materia de impuestos. Pero no es sólo la apreciable cuantía de la subida (más de un 25%) lo más llamativo. Lo verdaderamente significativo es que el modo, el momento, las maneras y la insolencia con que se anuncia la medida más que una medida incómoda, aunque necesaria, parece un desafío al partido”. Campmany, al final de su escrito, va más lejos no sin olvidar antes el puntapié dialéctico que propinó Rodrigo Rato a Gallardón a cuenta del incremento de los impuestos. Conviene leer con atención el siguiente párrafo: “Por otro côté, por el norte, Jaime Mayor Oreja hace unas declaraciones que se inmiscuyen en la política popular catalana, precisamente cuando se van a reñir las elecciones autonómicas del pospujolismo, hasta el punto de que también Josep Piqué se ha quejado pública y desabridamente. Repasen ustedes los nombres: Ruiz-Gallardón, Rato y Mayor Oreja, tres aspirantes desairados. Y Rajoy, aspirante elegido. ¿Habrá motivado la sucesión de Aznar una incipiente rebelión a bordo?”.

La situación en el PP es descrita por Álvaro Delgado-Gal, otra de las firmas de ABC, de esta gráfica manera: “Un pan como unas tortas”. “El PP –asegura– acaba de sufrir una avería gorda. El guirigay provocado por el compromiso del Príncipe ha disimulado, de momento, la gravedad del hecho. Pero el hecho es grave, y además, eminentemente absurdo. Me refiero, por supuesto, al asunto Gallardón (...)”. Delgado-Gal se muestra especialmente crítico con Mariano Rajoy, “gran damnificado”. “Nadie duda de sus luces, pero existían vacilaciones sobre su capacidad de liderazgo. Las vacilaciones se han acentuado. Se le ha sublevado la tripulación y no se ha visto con claridad al capitán. Esos capitanes que hacen valer sus galones colocando a cada cual en su lugar y pisando fuerte. Su solución salomónica, aun siendo racional, podría estimular otros alborotos en el futuro. Por descontado, está en manos de Rajoy desmentir con ejecuciones firmes los temores de los escépticos o recelosos. Pero la pelota, después de rebotar en el suelo, ha ido a posarse, por así decirlo, en el alero de su casa. Cuatro meses nos separan de las legislativas. Es poco tiempo. Y a la vez, mucho”.

Y, mientras, Ana Botella, transformada  en paladín de Gallardón. Lo que faltaba para el duro. “Aún no asamos y ya pringamos”, estará pensando, a estas horas, Rajoy  a quien el alcalde dijera la noche de la victoria de Esperanza Aguirre: “No lo dudes, Mariano. Ésta será la foto del mes de marzo”. ¡Se necesita cinismo! Gallardón saca la foto y luego procura romperla. Cuenta, empero, con Botella, que es todavía la sacerdotisa topoderosa. Jesús Cacho, en El Mundo, hurga en la herida: “Aguas revueltas en el PP”, sostiene. “Nada se puede dar por seguro a unos pocos meses vista”, puntualiza. Advierte: “Si Rajoy imaginaba un tranquilo discurrir por la senda que conduce a las generales de marzo de 2004, bien arropado por un partido fuerte y cohesionado, estaba en un error. Aznar propone y Alberto Ruiz-Gallardón dispone. (...) Una explicación oficiosa está siendo deslizada desde algunos despachos para intentar descalificar al regidor rebelde. Se trataría, dicen, de la venganza de don Alberto tras haber visto burladas sus expectativas sucesorias”.  Cacho insiste: “La realidad del 30 de agosto dio al traste con muchas ilusiones. Con el paso de los días, Gallardón ha podido apreciar con nitidez los perfiles de su drama, su condición de aspirante encapsulado en la jaula madrileña por un tipo con bigote que ha demostrado ser más listo de lo que había pensado (...) La pelea no es fingida, como ha detectado hábilmente ese príncipe de las tinieblas que es Alfonso Guerra. Aznar se va y se empieza a notar. Se relajan las fidelidades. Se cuestiona el voto de obediencia”.

¿Desobedece Ana Botella a su marido? Respuesta de la concejal de Empleo y Servicios al Ciudadano del Ayuntamiento de Madrid, interrogada por Lola Galán en El País: “No. La relación con mi marido es personal”. Ana Botella no es, por consiguiente, infiel a su marido en el ámbito personal. No hay adulterio a la vista, absténganse de cualquier comentario en Salsa rosa y compañía. “Sí, pero es su jefe, su responsable político”, insiste Lola Galán. Replica Ana: “Bueno, pero ante todo es mi marido. Además, la relación que tenemos mi marido y yo está al margen de cualquier consideración política. Pero luego hay otra cosa, los dos sabemos muy bien lo que es la vida política. Yo soy leal a Alberto Ruiz-Gallardón, porque creo en su política, creo en lo que va a hacer, comprendo por qué se ha tenido que producir una subida de impuestos, pero al mismo tiempo tengo una lealtad al PP y a todos sus dirigentes, como la tiene también Ruiz-Gallardón. No tengo ningún conflicto (...) Cuando se lee el programa y se ve que se van a realizar unas obras bastante ambiciosas, pues la gente tendrá que pensar que el dinero saldrá de algún sitio”.

¿Insinúa la señora de Aznar, según se puede comprobar, que la culpa de la polémica impositiva o fiscal de Madrid la tiene la gente? No la tiene ni Gallardón, ni Rajoy, ni ella. Ni mucho menos su marido. El matrimonio Aznar-Botella “está al margen de cualquier consideración política”. Es un matrimonio apolítico, como debe ser. Amor, sólo amor. ¿La política condicionando las relaciones románticas entre Ana y Jose (sin tilde o acento, por favor)? ¡Qué barbaridad, qué estupidez! La gente ha de comprender que cuando un político propone “obras ambiciosas”, habrá que rascarse el bolsillo. ¡A pagar impuestos, imbéciles! Y a no quejarse luego. En todo caso, lealtad al PP, a todos sus dirigentes, a Gallardón, a los ciudadanos, a la bajada de impuestos, a la subida de impuestos, a su marido y a quien más convenga en cada momento. Admirable, Ana

17.11.03

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