Nº 696 - 22 de mayo de 2006

De José María Marco, el cerebro literario de Aznar

José María Marco, que gorgotea en las mañanas de la COPE, colabora también en La Razón. Es hombre culto y erudito que ha prestado impagables servicios a José María Aznar, de quien se afirma que ha conseguido convertirlo en escritor, lo que sin duda, tiene gran mérito. Dicho de otro modo: Marco ha auxiliado con cierta pericia a Aznar en las aventuras librescas del ex presidente. Presume de ser un ideólogo de la derecha, aunque sus orígenes, aseveran algunos, hayan sido otros, y luce con gusto y no poco placer su paraguas de liberal. Está cerca en la práctica del pensamiento neocon, made in Spain, pasado por los Estados Unidos.

En el periódico madrileño de José Manuel Lara (el patriarca de Planeta financia en Barcelona el diario nacionalista Avui), Marco recurre al franquismo para lancear al Gobierno por las detenciones que se derivaron del caso Bono. Zapatero ya no es masón ni izquierdista radical. Ahora es franquista. “Eduardo Zaplana anda diciendo que Bono está fuera de la política y no vale la pena implicarlo en el asunto que ha desembocado en la dimisión del delegado del Gobierno en Madrid. Se equivoca. Bono es uno de los tres socialistas a los que el PP tiene la obligación de pedir responsabilidades”, sentenciaba Marco en La Razón del miércoles 17 de este mes de mayo. El sumario del referido artículo reza así: “Es puro franquismo: desprecio a la democracia y a las mínimas reglas del Estado de Derecho”.

Añade Marco, desmarcándose en este punto de Zaplana y arremetiendo contra Bono: “Con ese aire de Tartufo de provincias que siempre le ha caracterizado, el entonces ministro de Defensa fue quien echó a rodar el bulo de la agresión, quien comprometió ante las cámaras de televisión la acción de los cuerpos de seguridad del Estado y quien sugirió la equivalencia entre los “franquistas”, las víctimas de los terroristas y, cómo no, la gente del PP que había acudido a la manifestación de la AVT”.

A partir de aquí, el valioso ayudante de Aznar, se introduce en su análisis del franquismo. Se pregunta: “Qué quiere decir eso de franquista?” Y se responde a sí mismo con la siguiente exposición: “Dados sus modos caciquiles, su marrullería y su adicción a manipular la opinión pública, yo pensaba que no había nadie más genuinamente franquista que Bono entre los jerarcas del socialismo español. Menuda ingenuidad… A José Bono le había salido un competidor de primera en la figura de otro ministro, José Antonio –ah, ¡esos nombres!– Alonso, el mismo que le ha sucedido al frente de las Fuerzas Armadas”.

Turno para Alonso cuyo nombre de pila tanta suspicacia irónica provoca en Marco. Si este ejercicio nominal le atrae en la medida que le proporciona pistas sobre raíces franquistas de la gente, estoy seguro que Marco redactará pronto la relación de nombres y, sobre todo, de apellidos que han sido o son hombres fuertes, líderes, dirigentes, jefes de Alianza Popular antes y del PP desde 1990. Podría empezar por el senador Fraga Iribarne, quien ejecutaría otra vez a Julián Grimau, lo que ya contribuyó poderosamente a hacer en su momento cuando fue ministro de Información y Turismo. Lo digo porque Fraga Iribarne ha defendido hace unos días, en una entrevista periodística, la pena de muerte aplicada por el dictador al comunista Grimau.

Marco podría incluir en el listado al mismísimo José María Aznar, hijo y nieto de franquistas fervorosos, toda una estirpe desde el abuelo camaleónico y famoso periodista hasta el padre también periodista y no menos falangista. Apellidos como Álvarez Cascos, Rato, Cabanillas, Arias Salgado, Robles Piquer, Baón, Martín Villa, Oreja o Cisneros forman parte de un inacabable árbol genealógico cuyas ramas comunes se entrecruzan durante los cuarenta años de paraíso franquista.

Regresemos al texto del gurú aznarista: “José Antonio Alonso puso a disposición de Bono los servicios policiales para que corroboraran la versión que de los hechos había inventado el Tartufo ofendido. José Antonio Alonso puso las fuerzas de seguridad al servicio del PSOE, sin otro fin que desacreditar a las víctimas del terrorismo y a los militantes del Partido Popular”.  Tras precisar que Alonso mintió en las Cortes (por cierto, las Cortes, las Cortes, ¿de qué me suena esta denominación del actual Congreso de los Diputados?), Marco pasa a la ofensiva más disparatada: “Es puro franquismo: desprecio a la democracia y a las mínimas reglas del Estado de Derecho. Alonso debía haber dimitido inmediatamente después de la sentencia. No lo ha hecho ni lo va a hacer. Como buenos franquistas, Alonso y Bono están convencidos de que el Gobierno está a su servicio para silenciar a la opinión pública y calumniar a la oposición. Los militares, por cierto, ya saben a qué atenerse. Tienen por ministro a un hombre que no duda en mentir (…) Es lo que ha hecho con los policías condenados en el caso Bono”.

Por último, el aparentemente ponderado Marco se trasmuta en Federico y escribe: “Por eso el PP debe seguir pidiendo la dimisión de Alonso y la comparecencia de Bono. Y además intentar aclarar si, como parece verosímil, Rodríguez Zapatero estuvo al tanto de las primeras detenciones políticas realizadas desde 1978. Zapatero, el caudillo del nuevo régimen, es el responsable último de este episodio y de los usos de sus ministros. El tercer y máximo franquista de la jerarquía que nos gobierna. Por lo que se ve, lo llevan en la sangre”.

Que el cerebro literario de Aznar acuse al PSOE de franquismo es puro y simplemente delirium tremens, aguda pérdida de la clarividencia más mínima, la apoteosis de la demagogia más grosera. El 24 de noviembre de 2005 en Libertad Digital, el panfletillo federiquil, Marco comentaba el libro El pensamiento político de la derecha española en el siglo XX, de Pedro Carlos González Cuevas. Elogiaba Marco, entre otros, a Ramiro Ledesma Ramos, Laureano López Rodó y Manuel Fraga.  Los elogia como “protagonistas interesados en reflexionar de forma original sobre los motivos y los fines de su acción”. Y, naturalmente, remata la jugada dando coces a la izquierda: “No es algo tan común como parece, y merece ser resaltado frente a la estulticia tradicional de una izquierda empeñada en negar la existencia de una inteligencia de derechas”. ¿Dónde ubicar a Ledesma Ramos, López Rodó y Fraga? ¿En el franquismo quizás?

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