De Pedro Arriola , el moderado

Nº 688 - 27 de marzo de 2006

El ala dura del PP, que más que un ala parece un portaviones, siempre ha tenido a Pedro Arriola por un blandito que se forra con el negocio de asesorar primero a José María Aznar y en la actualidad a Mariano Rajoy. Arriola podrá ser acusado de muchas cosas, como el de ser arribista o converso, pues procede, como su señora, la briosa y un punto heterodoxa ex alcaldesa de Málaga y ex ministra de Sanidad, Celia Villalobos, de la extrema izquierda, pero resulta disparatado negarle su experiencia como sociólogo avispado. Trabajó con eficacia para la CEOE de José María Cuevas quien, según versiones solventes, se lo cedió hace años a Aznar, estando aún éste en la oposición. Se hizo Arriola tan imprescindible que llegó a estar en el trío negociador con Batasuna y con ETA; sí, sí, aquella negociación de finales de la década de los noventa que tanto entusiasmaba a Aznar y que ahora Aznar niega, como San Pedro negó por tres veces a Cristo, acojonado ante el peligro de acabar en la Cruz como el Maestro.

Arriola ha amasado una fortuna, a la que contribuyó Juan Villalonga en su época de esplendor. Compaginaba su tarea en el PP, o mejor dicho en Moncloa, con su función de consejero de imagen de la Telefónica , resplandeciente y en alza vertiginosa,  por donde el dinero corría a chorros y llenaba los bolsillos de muchos aprovechados, empezando por el amigo de pupitre del entonces presidente del Gobierno. Era el tiempo de la Telefónica convertida en vertebradora del imperio mediático de la derecha con el que soñaban desde Aznar a Pedro José Ramírez. La caída de Villalonga, víctima de sus propios excesos, incluidos los carnales, que sacaban de quicio a Ana Botella, implacable vigilante de la decencia en la playa y reacia a cualquier exhibición de adulterio, fue propiciada además por los riesgos de que los escándalos financieros que se cocinaban en Telefónica estropearan la imagen justiciera e impoluta en apariencia de Aznar. Ejecutó la sentencia Pedro José, a pesar de que Villalonga y él fueran uña y carne a lo largo de una fecunda temporada de vino y de rosas.

A Pedro Arriola hay muchos en el PP que no le quieren. Les gustaría que fuera un halcón y ni lo es ni lo deja de ser. Interpreta la situación y pronostica con mayor o menor fortuna el futuro para aconsejar con fundamento a sus clientes. Le sucede a él, desde su teórico papel de espejo, como al espejo del famoso cuento. La madrastra hacía añicos el espejo porque no refleja lo que ella deseaba. Arriola refleja aquello que el núcleo duro del PP rechaza. No salen guapos y protestan. Desearían romper el espejo. Es decir, quitarse de encima a Arriola. Lo anhela desde hace tiempo  la periodista Isabel San Sebastián que, siempre que puede, arremete contra Arriola sin contemplaciones. Se la tiene jurada. Ella es consciente de que ejerce de una suerte de  gurú en amplios sectores de la derecha. Sus puntos de vista sobre Euskadi y ETA son acogidos como dogma de fe en el interior del PP. Persona de confianza del ex ministro del Interior Jaime Mayor Oreja, el candidato derrotado de las elecciones vascas de 2001, cuando el sansebastianismo acariciaba el cielo del triunfo,  Isabel se ha especializado en el vapuleo a Arriola. Máxime cuando éste opina acerca de la actitud del PP en las cuestiones vascas.

Narraba hace unos días Isabel San Sebastián, en una de sus columnas de El Mundo, que la mayoría de los presentes en una reciente reunión de la cúpula del PP exigían a Rajoy mano dura frente a “la oferta de diálogo del Gobierno a los terroristas”. Apuntaba la periodista/heroína del españolismo y olé: “Mano dura con Zapatero. La mayoría… pero no Arriola. Él abogó con ahínco por la callada. El silencio. La ausencia de reacción. El “no moverse para no asustar” que constituye la piedra angular sobre la que asienta todos sus consejos. ¡Y así le va a Rajoy!”.  Le enoja a la pitonisa el baño de serenidad que, con razón, predica Arriola.  Dice: “El sociólogo de cámara del PP (…) es un persuadido de que la mejor oposición es la que no se nota. Y si hablamos del País Vasco y Cataluña, doble ración de sordina, no vaya a ser que algún nacionalista se moleste y pueda entorpecerse alguna alianza futura. Su teoría se basa en la convicción de que hablar de España sin complejos resta votos en esas dos comunidades, sin las cuales, según él, no se llega a La Moncloa ”.

Pues, francamente, se me antoja que las reflexiones de Arriola no son ningún disparate, sino más bien todo lo contrario. San Sebastián apunta que “así le va a Rajoy”. Pero olvida que Rajoy, a los ojos de amplios sectores de la opinión pública, no se viene caracterizando por una política de moderación, sino de dureza, de claro seguidismo respecto a Aznar, Acebes, Zaplana y, sobre los nacionalismos periféricos, de Mayor Oreja.  Rajoy oye a Arriola, pero no lo escucha,  no escucha lo que dice. No le hace caso, o no puede hacerle caso. Si así le va, como asevera San Sebastián, insinuando nítidamente que le van las cosas muy mal, la culpa es de Rajoy, que se obstina en el halconismo eludiendo gestos de templanza. El mensaje de Arriola, en la línea de Piqué, Ruiz-Gallardón y algunos otros representantes de la derecha tranquila, es el acertado, aunque San Sebastián y tantos otros de sus colegas afines al PP exijan, a voz en grito, leña. Al enemigo ni agua es el eslogan de la campaña permanente.

Tras restregarle una vez más que las facturas de Arriola son “abultadas”, San Sebastián sube el tono, pone a caldo al asesor y se queja de que “siga pisando fuerte”. Le atribuye estúpidamente que el espejo actual refleje, en efecto, “un crecimiento del PP muy por debajo de sus posibilidades, amén de un suspenso en popularidad de su candidato”.  Precisa con ira que “Arriola (sigue) escribiendo discursos planos. Oponiéndose a una oposición enérgica. Vetando cualquier señal de alarma, por alarmante que sea la situación. Sucumbiendo al chantaje socialista que tilda de “ultraderechista” cualquier crítica a su gestión. Prescribiendo arriolina pura como bálsamo curalotodo. Rajoy, nadie sabe por qué, sigue haciéndole caso.”

Estremece pensar que San Sebastián y demás colegas peperos juzguen que Rajoy enarbola la bandera del centrismo, de acuerdo con las teorías de Arriola. Si Rajoy encarna el centrismo, ¿qué tendría que hacer para encabezar “una oposición enérgica”? ¿Debería liarse a tiros con Zapatero en el Congreso de los Diputados? ¿Tendría que acallar, como fuere, a los periodistas de izquierdas o, simplemente, disconformes con el catastrofismo que propaga habitualmente Rajoy? ¡Dios!, si haciendo caso a Arriola,  Rajoy se ha convertido en el Aznar bis, de no hacerle caso, ¿se convertiría en el Franco bis? ¿Eso es lo que complacería a Isabel San Sebastián?

Luis G. del Cañuelo

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