De un editorial de ‘ABC’ sobre la COPE

Nº 687 - 20 de marzo de 2006

Se jactaba el otro día Jiménez Losantos proclamando que el ABC es un periódico sin influencia, incapaz de torcer la voluntad de los obispos en relación a la COPE. Se mofaba este locutor neocon de José Antonio Zarzalejos, director por segunda vez del rotativo conservador, y trataba de ridiculizarlo, según es su inveterada costumbre, jugando con el apellido, de modo que lo llamaba Carcalejos. Jiménez Losantos no es carca, es simplemente un fascista de tomo y lomo que ejerce de sacristán enriquecido en el templo radiofónico de la Iglesia católica española. No necesita para redondear el salario hurtar unos euros del cepillo, le pagan espléndidamente los prelados. Le parece al talibán de las mañanas que ABC ya no es lo que era en los dorados tiempos de antaño, cuando él colaboraba cada día. No soporta este cuatrero de la información que sean propietarios del rotativo decano de Madrid los empresarios vascos de Vocento. Jiménez Losantos cree que los vascos y los catalanes, por el mero hecho de serlo, ya son sospechosos, como mínimo sospechosos, de cualquier fechoría con tal de romper la unidad de España. Él ha venido repitiendo en los últimos dos años que Zapatero encabeza una especie de golpe de Estado para quebrar lo que aún queda de España, que sostiene que es muy poco, y que el presidente por accidente va del bracete, acogotado, de los nacionalistas de Euskadi y de Cataluña.

Increpaba Jiménez Losantos a Zarzalejos porque, según asevera dicho zascandil del periodismo, el director de ABC trabaja para Polanco. Ya es sabido que en el universo reaccionario hispano de estos tiempos el presidente de Prisa es como el demonio. Peor que el demonio. Polanco es una especie de monstruo de siete cabezas que intenta acabar con el modelo democrático y de Estado para así extraer más ganancias o beneficios empresariales. Polanco es para la España de ciertos rufianes cavernícolas como eran los judíos para la Alemania nazi. No exagero en absoluto. Odian a Polanco aquellos que sienten envidia incontenible, fruto de su mediocridad o de su frustración.  Jiménez Losantos jamás será Gabilondo. Y Pedro J. jamás será Juan Luis Cebrián. Advierte el mencionado talibán que Zarzalejos dirige un periódico que cada vez recuerda más a El País en plan derecha acomplejada. Al locutor le gusta El Mundo de su amigo y compadre Pedro J. y también La Razón , aunque Anson se haya ido con Julio Ariza y José Luis Moreno, qué trío, y haya puesto a caldo a José Manuel Lara, otro que no es de fiar del todo, juega a todas las cartas, es catalán, ojo con él, socorro, Cuevas, socorro, y financia en parte el diario Avui.

La radio de la Iglesia condena duramente a los tibios no sólo en cuestiones de fe, que también, sino a los tibios adscritos a la política de la derecha. Las cosas que suelta cada dos por tres Jiménez Losantos contra Josep Piqué y Alberto Ruiz-Gallardón son estremecedoras. Sus pecados son el de la tibieza, el centrismo, la moderación y el equilibrio. Jiménez Losantos exige a los dirigentes del PP lealtad inquebrantable a los principios básicos que defendió Aznar desde que Fraga Iribarne lo invistiera, “ni tutela ni tu tía”, su sucesor. Aboga por una derecha fanatizada, agresiva, más próxima a Le Pen que a Chirac, para que se me entienda más fácilmente. A Gallardón lo ha sometido alguna vez a sesiones radiofónicas de castigo y de Piqué ha dicho lo que nadie osaría decir de él desde el PSOE u otros partidos. En declaraciones recientes, Zarzalejos llegó a describirlo como un “energúmeno”. Ocurre que en ocasiones los energúmenos tienen, no obstante, una reserva de escrúpulos. No es el caso que nos ocupa. Carece de escrúpulos. Embiste a todo aquel que le interese embestir por razones políticas, doctrinales o sencillamente personales.

El problema de Jiménez Losantos es que, como  titulaba un editorial de ABC del domingo 12 de febrero, “ La Iglesia tiene un problema”. Y ese problema es la COPE. Y dentro de la COPE , aunque el diario tradicionalmente monárquico omitiera con pudor su nombre, el principal problema se llama Federico Jiménez Losantos. El comentario inspirado sin duda por Zarzalejos era certero y ajustado a la verdad. No tiene sentido que la Iglesia católica disponga de una cadena radiofónica con un ideario que en la práctica cotidiana se vulnera a raudales. Así no puede ni debe continuar esa empresa mediática porque la responsabilidad última de los contenidos atañe a los obispos propietarios de la COPE. Nada ciertamente nuevo. Ningún argumento desconocido. Saben mis pacientes y amables lectores que en El Siglo llevo años, bastantes más de una década, reiterando estos razonamientos en relación con la COPE desde  Antonio Herrero, que Dios tenga en su gloria, cuando el objetivo era derribar sin contemplación alguna, con causa o sin ella, a Felipe González. Después de Antonio Herrero, Jiménez Losantos ha conseguido superar la brutalidad dialéctica del locutor ya fallecido. En aquella época uno de los asiduos asistentes a las tertulias coperas era Pedro J. Ramírez. En la actualidad sucede exactamente lo mismo. En la actualidad, además, el objetivo es muy parecido. Se intenta, por todos los medios, quebrando todos los límites de la cordura democrática, acabar con Rodríguez Zapatero. Primero, Felipe; ahora, ZP. Tanto da.

 Me reconforta que desde tantas y tan diversas tribunas se haya terminado por asumir que la COPE es una anomalía cada vez más peligrosa que debe ser corregida de una vez para siempre por parte de los obispos españoles. He predicado desde principios de los años noventa prácticamente en el desierto. Lo he escrito con frecuencia en estas páginas. Pensé alguna vez que mi insistencia era estéril y que mi mensaje carecía de eficacia. A mis más de noventa años, he de reconocer que escritos como el del diario ABC me complacen enormemente. Mi soledad anterior está compensada por otras muchas voces que dicen, de un modo u otro, exactamente lo mismo. En efecto, la Iglesia tiene un problema. Hagan el favor, monseñores, de arreglarlo de una puñetera vez. Hagan de la COPE una cadena católica. Simplemente católica. Ni más ni menos.

Luis G. del Cañuelo

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