De Zapatero, el censor
Nº 677 - 9 de enero de 2006

La última distracción o divertimento de la tropa periodística del PP, que es nutrida y está bien alimentada, consiste en montarse en la paranoia de los peligros crecientes que corre la libertad de expresión. Es un argumento recurrente que se arrastra desde los tiempos de Felipe González cuando la mayoría de los grandes barones del periodismo conservador –desde Pedro J. Ramírez a Luis María Anson, pasando por otros nombres muy conocidos– organizaron una estructura, que controlaba Pablo Sebastián, designado secretario general del tinglado. Al invento lo llamaron AEPI. Todos ellos estaban  dispuestos, hidalgos y valerosos caballeros andantes, a luchar con denuedo en favor de la libertad de expresión.

Ahora los mismos de entonces, con algunas variaciones, han recuperado el discurso de hace algo más de una década.  Estos popes mediáticos han llegado a la conclusión de que la España de Zapatero circula velozmente hacia el abismo de la censura. Con la grosería que, en muchos casos, les caracteriza no dudan de comparar a Zapatero con el general Franco, lo que hacen con efusivo entusiasmo y una dosis de demagogia que parece no tener límites a la vista. Se han sacado de la manga, a propósito del proyecto de crear el Consejo Audiovisual y del informe del CAC sobre la COPE , que Zapatero impulsa una ley mordaza y se conjuran para impedir tamaña ignominia.

Uno de los que se han sumado a esta lúgubre procesión es, por supuesto, Martín Prieto, quien ideológicamente es un tránsfuga. Icono admirado del periodismo progresista desde la época de la Transición y aun antes, Martín Prieto, poco después de haber publicado encendidos artículos de apoyo a Felipe González durante la campaña de 1993, se cayó de pronto del caballo, como Saulo, y se pasó con armas y bagajes al enemigo. Su conversión súbita nunca ha sido explicada por él. Pero lo cierto es que fue contratado por El Mundo, se introdujo en la flor y nata del periodismo aznarista, participó con entusiasmo en la creación de la mencionada AEPI y, desde entonces, no ha dejado de ser uno de los referentes del conservadurismo mediático.

El otro día, cuando el año 2005 expiraba, Martín Prieto publicó su columna en el periódico de Ramírez denunciando a los socialistas por su política represiva respecto a la prensa. Asegura que la tesis del PSOE, en sus años más gloriosos, su tesis sobre los medios, consiste "en que éstos debían hacer seguidismo de los resultados electorales que eran expresión de la voluntad popular. Así el propietario de la Voz de Albacete (por ejemplo) debía apoyar al Gobierno de mayoría absoluta. No era maldad o prepotencia sino una ignorancia genética, perversa, del papel de los medios de comunicación en una sociedad democrática".

El antiguo amigo de González añadía: "Felipe González intervino en cambios de propiedad de medios de comunicación privados, y Zapatero les quiere ahora poner la horma con una censura franquista. Como decía Borges de los peronistas, éstos no son ni malos ni buenos: son incorregibles". Una cuestión genética, según Martín Prieto. Una patalogía, por tanto, inquietante. Implícitamente, el tránsfuga otorgaba la razón a José María Aznar, quien sostuvo recientemente que los gobiernos socialistas siempre tratan de recortar la libertad de expresión.

Inmersos en la lógica escalofriante del mundo al revés, los corifeos del PP invierten una vez más los términos del problema. La realidad es que la derecha cuando ha gobernado en España, lo que ha hecho casi siempre, salvo escasas excepciones, ha sido alérgica a las libertades en general y a la libertad de expresión y de información en particular. No sólo alérgica, sino opuesta a tal libertad. Mientras, las izquierdas se han esforzado por todo lo contrario, sin que ello signifique eludir todos sus errores, sus equivocaciones, sus abusos y sus contradicciones. Es decir, que si cabe hablar de genética como hace Martín Prieto, sería más adecuado referirse a la genética de la izquierda a la hora de reseñar quienes han batallado siempre en defensa de la libertad de expresión.

El despropósito de Martín Prieto adquiere caracteres de estulticia en este último párrafo: "Ni el presidente de EE UU tiene carriles para coaccionar a su opinión pública como los que está tendiendo este PSOE.  Estos caballeros distinguen genéticamente entre opinión pública y opinión publicada, teniendo a esta última por sujeto de los más sucios manoseos. Nunca han entendido la libertad informativa. Son así".

Martín Prieto es uno más entre muchos. Es lo  normal ya que funcionan como periodistas clónicos. Todos a una. Suenan los claros clarines en el cuartel general de Génova o de la FAES y prestos acuden cada uno "al puesto que tengo ahí" para decir todos lo mismo con distintas versiones de idéntico guión. El que se mueve en este regimiento sí deja de salir en la foto. Se cae de la foto. O más bien, corre el peligro de desaparecer del escenario. Ha llegado la hora de presentar a Zapatero cual si fuera Arias Salgado, papá, don Gabriel. Nada importa, todo vale. Se le presenta como don Gabriel y aquí paz y después gloria. Tras don Gabriel, don Manuel. ¿Don Manuel? ¿Pues no fue don Manuel, ministro de la Propaganda y la Censura con Franco, fundador de AP (PP), muerto Franco? Sí fue don Manuel, pero a los efectos de la crispación, lo importante es propagar que Zapatero es el perseguidor de los periodistas libres. ¡Manda carallo!

Luis G. del Cañuelo

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