Luis G. del Cañuelo
De Carmen Caffarel. 28/06/04
Mucho se ha esforzado Carmen Caffarel por no pisar callo alguno del PP, siquiera el más mínimo, por llevar a cabo unos nombramientos de perfil bajo, incluyendo la incomprensible ratificación como director de TVE de Juan Menor, nombrado en su momento por José Antonio Sánchez, el último director general de la etapa conservadora. Ha mantenido las mismas caras en los telediarios, ha utilizado guante de seda para desmontar las tertulias de RNE, dejando a la audiencia sin ellas hasta septiembre, con el fin de no excitar a la fiera, ha intentado contratar aunque sin lograrlo a Luis del Olmo, uno de los iconos del periodismo radiofónico más valorado por sectores de la derecha. En fin, de Caffarel no se puede decir que no haya procurado mantener al máximo una notable continuidad, sólo corregida por modificaciones que simplemente exigían el buen gusto y el decoro, como la supresión de ciertos programas infectos y de altísimo coste económico. Si Caffarel, excelente discípula en cuanto a talante del presidente Zapatero, se ha distinguido por algo en su primera fase de mandato, ha sido por ser cauta en extremo. La prudencia, la humildad y un paradójicamente explicable desdén por los suyos forman parte de su discreta gestión.
Nada de todo este amplio muestrario de excelsas virtudes destinadas a la concordia le ha valido, sin embargo, a la catedrática Caffarel. El PP ha demostrado una vez más que es insaciable y que no admite ni gestos de convivencia digamos civilizada. "¡A por ella!", han empezado a gritar con impaciencia en Génova 13, como ya lo hicieran también años atrás con Pilar Miró, otra directora general que se afanó en suavizar sus relaciones con la derecha. A Pilar Miró consiguieron quemarla en la hoguera de su ignominia (la del PP, que se entienda) tras haberle destapado un ridículo episodio de corrupción inexistente. La trataron de forma canallesca, con aquel Luis Ramallo, tristemente célebre, exigiendo la cabeza de Miró, cual si hubiera vacíado las arcas del Estado y hubiera asesinado de paso a los guardianes del tesoro. Ramallo, el justiciero, fue el único que cayó, bueno que tropezó, en el hipócrita caiga quien caiga montado por Aznar cuando el caso Gescartera.
"A por ella", repite el coro de fariseos escribidores en la prensa afín a la FAES, el refugio de Aznar, y afín simultáneamente a la plana mayor del PP actual. Han porfiado por reprobar ya a Caffarel en dos ocasiones. Utilizan como lanzadera el Consejo de Administración de RTVE, bloqueado frente a los cambios preceptivos que se registran tras cada legislatura, porque el PP se niega a modificarlo en un ejercicio de filibusterismo y aduciendo mil excusas. La correlación de fuerzas no les es del todo favorable, máxime tras la renuncia de Consuelo Álvarez de Toledo como consejera en un acto que merece, al menos, algún elogio democrático. Pero les es mejor ésta, claro, que la que surgirá después de la renovación que la legislación prevé y que siempre había sido respetada por unos y por otros.
Su primer trofeo ha sido la desaprobación del periodista Baltasar Magro, a quien acusan de haber hecho a Mayor Oreja una entrevista en plan contestatario, como si fuera un debate. Magro fue bombardeado previamente por el escuadrón mediático, según la hoja de ruta habitual. De poco le sirvió a Magro, superviviente durante los ocho años del PP gracias en parte a Ernesto Sáenz de Buruaga, enviar una carta a ABC pormenorizando que la misma actitud había tenido con tirios y troyanos, que todos se habían ido contentos del plató de Torrespaña y que no había recibido el más leve reproche ni de candidatos ni de asesores de éstos. Contemplé la mencionada entrevista con Mayor Oreja y he de confesar que me sorprendió gratamente. Bueno, no está mal, no ha sido un besamanos, pensé para mis adentros. Lo mismo hizo con Borrell y hasta con algún punto más de agresividad dialéctica. Lo hizo con todos. No pasó nada hasta que en Génova 13 dieron la orden de disparar contra este periodista. El Consejo de Administración de la época del PP, que continúa arrastrándose dos meses largos más tarde de haberse formado el Congreso y el Senado y de haberse constituido el nuevo Gobierno, puede estar contento. Han cazado a un periodista. Uno más.
No han podido aún con Caffarel. "Esto es el totalitarismo", aseguraba en ABC César Alonso de los Ríos. Se refería a Caffarel. La directora general del Ente es, para este tránsfuga ideológico, el totalitarismo. Miren ustedes, mis amables y pacientes lectores, lo que redactó: "Caffarel ha tenido la deferencia de exponer sus ideas sobre la comunicación el martes pasado (lo hizo en una Jornada sobre Periodismo organizada por la Asociación de Periodistas Europeos, que preside Miguel Ángel Aguilar. El paréntesis es mío). ¡Qué miedo! No sólo estamos ante una teórica del totalitarismo en este campo, sino ante un ejemplo más del que practica el Partido Socialista sin el más mínimo rubor y, por cierto, con gran eficacia en otros terrenos".
Hay más de César Alonso: "En efecto, la directora general de RTVE representa los viejos tiempos en que una izquierda agraz consideraba que el poder económico, las empresas periodísticas, la concentración de éstas, el capital en definitiva... hacían posible la manipulación de las conciencias de todo el mundo por parte de unos cuantos magnates, casi siempre judíos. Para Caffarel los medios privados son realmente espurios ya que manejan la información a partir de los intereses económicos que forman parte de su naturaleza". Un poquito más: "De qué caverna ha salido Caffarel... Es claro que la directora general pertenece a una de esas dos almas que coexisten en el PSOE y, por cierto, con gran aprovechamiento (...) Esto es, y no otra cosa, el totalitarismo en su fase más acabada". Y termina así: "Nos da miedo".
Estoy dispuesto a jurarlo por mis muertos, ahora que mi avanzada edad me acerca inexorablemente a ellos. Este artículo no fue publicado en una edición clandestina de El Alcázar. Salió en el ABC. Caffarel, loba feroz, roja de los años de Stalin, como mínimo. No estuvo solo Alonso de los Ríos, el ex comunista, y socialista hasta más o menos marzo de 1996. Otros columnistas pertenecientes a ese escuadrón aludido la zahirieron con palabras similares. Hasta quienes presumen en ocasiones de liberales como Martín Ferrand. Decía: "Durante sus días en la oposición Rodríguez Zapatero solía quejarse, y con razón, de los niveles de manipulación sectaria del PP en RTVE, pero (...) lejos de erradicar el mal que tanto le dolía, ha sentado las bases que conseguirán superar los excesos del pasado (...) Ha perpetrado un presente, de no menos de dos años, más abyecto que el de sus predecesores (...) Después de conocer el discurso (...) de Carmen Caffarel (...) esperé durante toda la jornada la desautorización expresa por parte de Zapatero, que, para ser seria, debiera haber ido acompañada de un cese fulminante (...) Podemos entender que el presidente del Gobierno, además de beneficiarse del uso propagandístico y sectario de la que ya es "su" RTVE, avala el alarmante principio doctrinal que anima a su designada y apostólica colaboradora. En este caso, la sonrisa no disimula la perversión democrática que encierran los nombramientos, los hechos y la teoría de Carmen Caffarel".
Se sumó Ángel Acebes, el pequeño príncipe de la manipulación más vomitiva, la del 11-M y días siguientes: "Ahora tenemos la explicación de por qué Carmen Caffarel hizo en la campaña los anuncios del debate que tuvimos que denunciar ante la Junta Electoral Central. Y es porque cree que puede poner la televisión al servicio del partido que ha ganado las elecciones (...) No conozco a ningún director general de RTVE que haya hecho una declaración tan grave y con tanta repercusión". ¿Qué dijo Cafarel? Insinuó con todo género de matices que, respecto a los medios privados, cuya legitimidad procede del dinero, los medios públicos tienen su legitimidad en las urnas, con lo que cabría entender, aunque no aceptar, cierta influencia del Gobierno ganador. Todo esto, expresado con suma delicadeza y tímidamente. Luego rectificó mediante una nota aclaratoria. ¿Es tan grave, como sostiene Acebes, el argumento de Caffarel? No, para nada. Es discutible, desde luego. Pero no constituye, por Dios, la consagración del totalitarismo en RTVE ni mucho menos. Ha sonado el cornetín de órdenes: "!A por ella!". Ha empezado el acoso y derribo. Fuego de fogueo, no. Fuego real. "!Apunten, fuego...!" No sabe Caffarel dónde se ha metido.
Publicado en El Siglo 28.06.04
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