Luis  G. del Cañuelo

De dos artículos de Tusell y de la COPE. 19/07/04

He leído a Javier Tusell con complacencia. Ha escrito en pocos días dos artículos en el diario El País que me han gustado enormemente. El primero de ellos fue divulgado el jueves 8 de julio. En su calidad de historiador, Tusell, un hombre de la UCD, que sigue manteniéndose en la derecha templada o civilizada, abordó el tema del "revisionismo histórico español". Sus reflexiones me parecieron atinadas. Tusell denuncia un peligro serio. Algunos se han empeñado en reescribir la historia pro domo sua. No todos, naturalmente, tienen la suerte de que, gracias únicamente a mi edad, que no supone mérito alguno, yo haya vivido directamente, y ya casi como adulto, buena parte de la II República, más la guerra civil consecuencia de la rebelión militar del 36 y el abominable régimen del general Franco, habiendo debido estar con frecuencia en el exilio, huyendo de los fascistas que nos gobernaban despóticamente.

"En España –denuncia Tusell– ha aparecido un revisionismo histórico en los últimos tiempos que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención. Lo cierto es que, en términos de ciencia histórica, rotundamente no es así, pero quizá la respuesta debe ser positiva en cuanto denota un deslizamiento hacia la derecha social y política, hacia un neoconservadurismo radical (...) Su peligrosidad consiste en difundir una serie de presunciones que en nada facilitan la convivencia". Tusell no se limita a exponer la teoría. Enumera, con nombres y apellidos, a los revisionistas de mayor relieve. Afirma: "Tomemos un ejemplo reciente. César Vidal ha escrito, junto a multitud de páginas sólo explicables por la necesidad de supervivencia, libros que resumen, en términos de divulgación, algunas cuestiones importantes de la historia del siglo XX español. Pero en los últimos tiempos se ha lanzado a una desbordada actividad que le lleva a tratar desde las reinas de España hasta el enfrentamiento entre el Islam y España y las checas en el Madrid del Frente Popular. Este último es un libro insostenible no sólo por las innumerables páginas de relleno, sino por la carencia de cualquier capacidad crítica para abordar el número de ejecutados de forma sumaria entonces. Pero el libro fue utilizado como ariete nada menos que contra los portavoces del PSOE en la Asamblea de Madrid durante la lamentable comisión de investigación del verano pasado".

De César Vidal, Javier Tusell pasa a Pío Moa. "Nos devuelve a los años cuarenta", dice Tusell a propósito de uno de los libros más recientes de Moa: "Empieza, por ejemplo, por considerar que la CEDA no era nazi, para llegar a la conclusión de que la Guerra Civil comenzó por culpa de la izquierda en octubre de 1934. Pero, además, presume una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva... ¡En una sociedad secreta! Pero semejante extravagancia tuvo su eco en el calificativo "masónico" que Jiménez Losantos otorgó al discurso de investidura de Zapatero".

He dicho que el artículo de Tusell me agradó y lo justifico. No se anda por las ramas. Va al grano. Su prosa es correcta y, en paralelo, clara. Incluye en el lote a José María Marco, el negro oficial de Aznar. El movimiento revisionista lo define del siguiente modo: "Es un neoconservadurismo que lleva también, por ejemplo, no tanto a un norteamericanismo fervoroso como a una identificación absoluta e impenitente con Bush (...) Quien tome en serio esos libros no es que sea un amante de excentricidades excesivas, sino que viste intelectualmente de prodigioso hortera". Añade dos ejemplos más: "La mediocre serie televisiva Memoria de España (que) fue presentada como la demostración de la existencia de un pueblo común desde tiempos remotos, en directa correspondencia con el planteamiento electoral de quienes estaban en el poder hasta marzo pasado. Y un brillante escritor como Jon Juaristi ha dedicado su último libro, farragosa enumeración de leyendas medievales, a la "reconstrucción del imaginario español", "condición necesaria para la existencia de la nación española". Como si no supiéramos que los Estados-nación no tienen su origen sino mucho después, en el siglo XVIII". Acerca de Juaristi también yo discrepé de sus planteamientos no hace mucho. Incluso me replicó en su columna del diario ABC.

El otro artículo de Tusell que llamó mi atención gratamente corresponde al día 12 de julio. Reflexionaba el autor sobre la comisión del 11-M. Y lo hacía, entre otras consideraciones, desde esta perspectiva: "Pero lo de verdad pésimo para el PP –en esta comisión y en términos generales– es la relación sadomasoquista que ha establecido con los medios de comunicación de la derecha extrema. No puede dejar de prestarles atención, pero ellos se empeñan no ya en extravagantes manoseos de delincuentes, sino en una radicalización crítica suicida. En la COPE se oyen voces que califican a los diputados socialistas de "bandoleros" o a la Comisión de "mierda"; se propone al PP el abandono de la misma o una ruptura del consenso en política exterior. Lo pésimo del caso es a quién le corresponde la propiedad de la emisora (...) Cabe preguntarse hoy si se reproduce el camino desde el liberalismo al integrismo. Entre la Iglesia española de los setenta y ochenta, con conciencia de pluralidad, respetuosa y respetada, mediadora ante la sociedad y la política, y la de hoy, empeñada en un profetismo de un pasado que nunca existió, con complejo de persecución pero ensimismada en supuestas agresiones que a veces provoca, hay una distancia creciente. Ojalá el diagnóstico sea errado".

No lo digo con arrogancia y menos aún con satisfacción. A mis años, hace mucho ya que llegué a la conclusión de que la cultura del enfrentamiento no conduce más que a la fatalidad de la violencia, sea ésta física o siquiera dialéctica. Sufrí el horror de la guerra y el terror institucionalizado de la dictadura inacabable. Entonces la Iglesia española no fue una institución pasiva. Tampoco ejerció su papel de mediadora, la que le atribuye Tusell en la época añorada del cardenal Tarancón, sino de agitadora, de abanderada de la nueva Cruzada contra la anti-España y el anticristo. En definitiva, contra nosotros los rojos a quienes nos cubrieron de oprobio y nos humillaron durante cuarenta años. Sin embargo, me pareció adecuada la receta propugnada por el PCE que dirigía Santiago Carrillo. Más valía la concordia que el ajuste de cuentas. Era preferible la reconciliación nacional a los riesgos de otra tragedia fratricida. Pero el espíritu agraz, levantisco, chulesco y despreciativo que la derecha contuvo o disimuló al menos a través de la UCD, ha regresado en plenitud a sus orígenes. Más que Fraga fue Aznar quien rescató tales características, lo que hizo sin complejos desde su ascensión al poder del partido y, más tarde, al poder del Gobierno de la nación. Le acompaña buena parte de la jerarquía eclesiástica, que canaliza su resquemor hacia la democracia y hacia las izquierdas mediante el púlpito potentísimo de las ondas. Tiene en nómina a predicadores de escasa estofa moral, que acumulan tesoros materiales gracias a la generosidad hacia ellos de la Santa Madre Iglesia y que se dedican a denigrar, a insultar, a injuriar y a calumniar a los socialistas, a los comunistas o ex comunistas, a los progresistas de amplio espectro y a los nacionalistas vascos y catalanes. A más de media España, vaya.

¿Habrá que clamar, sin embargo, con la paciencia más que agotada y en un renovado ejercicio de tolerancia, la estremecedora frase de Cristo en el madero: "¡Padre, padre: perdónalos, porque no saben lo que hacen!"? Pero en este caso sí saben los clérigos, claro que lo saben, lo que hacen algunos a través de la COPE. Siembran el rencor. Maltratan la paz. Agreden la convivencia.

Publicado en El Siglo 19.07.04

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