Luis G. del Cañuelo
De la verdad transformada en ficción. 18/10/04
Marta Bizcarrondo, catedrática de Historia Contemporánea, escribió el 8 de octubre en El País un muy pertinente artículo sobre una cuestión de mucho calado cual es la descarada tendencia de ciertos historiadores, más bien autoproclamados historiadores por ellos mismos, que nos recuerdan en artículos, conferencias y libros suyos que la guerra civil fue responsabilidad de las izquierdas y que el 18 de julio no fue más que la respuesta al golpe de Estado contra la legalidad republicana llevado a cabo el 6 de octubre de 1934 tanto en Cataluña como en Asturias. Me he referido ya en otras ocasiones a esta abominable manipulación de la historia, jaleada desde las tribunas de la reacción, que llevan a cabo, entre otros autores, Pío Moa y César Vidal. Bizcarrondo los califica, sin citar sus nombres, de "panfletarios conversos" y señala un dato aún más preocupante: la teoría de que las izquierdas quebraron el orden constitucional es compartida también "por historiadores más profesionales". Recordarán mis sufridos y pacientes lectores que recientemente me he hecho eco de la denuncia en el mismo sentido realizada por un prestigioso historiador del centro derecha, moderado y cabal, cual es Xavier Tusell. El debate sigue abierto y, en todo caso, entiendo que resulta provechoso, y justo, felicitar a historiadores como Tusell o ahora Bizcarrondo que salen sin temor y de frente al paso de tanto desafuero histórico.
Bizcarrondo subraya una dimensión del asunto que me parece no sólo certera, sino prioritaria a la hora de narrar y, sobre todo, de juzgar los episodios históricos. Asegura Bizcarrondo: "En la medida en que el historiador prescinde lisa y llanamente del más mínimo análisis del contexto, de las ideologías y de las mentalidades, puede conducir a la grey de sus lectores hacia la interpretación de fachada equidistante que le dicta o les dictan su sentido común, no los datos. Y claro, una huelga general que desemboca en insurrección es algo muy mal visto en estos tiempos; así que condena retrospectiva y sanseacabó". Yo personalmente añado: ¿se puede ser equidistante si se examina el nivel de renta de cuantos financiaron el golpe de Estado o lo promovieron o participaron en primera línea y, asimismo, se examina el nivel de renta de la mayoría de los líderes republicanos y, más aún, el de la inmensa mayoría de sus militantes y votantes? Cómo se puede poner en un mismo plato a los explotadores y a los explotados. Y que no se me diga que esto es un ejercicio de marxismo barato. En aquella época, los obreros y los campesinos, por lo general, vivían en unas condiciones altamente degradadas en cuanto a sustento, alimentación, educación, sanidad, protección social, situación de las mujeres y de sus hijos. La actitud cerril y egoísta, una vez más, de la derecha española fue incapaz de alcanzar un gran pacto social aunque fuera un pacto de mínimos. Odiaba, en el mejor de los casos, la vía democrática y los más abiertos de los dirigentes de esa derecha rechazaban en el fondo el sufragio universal y la igualdad de todos ante la ley. Las izquierdas, con razón, temían que la historia de la II República terminara con la eclosión violenta de un fascismo o nazismo a la española. No se equivocaron en el vaticinio.
Existe perceptiblemente, se encuentra a la vista sin esfuerzo excesivo, esta obsesión conservadora, creciente, por reescribir la historia contemporánea e incluso la más remota, como hiciera el profesor Aznar en la Universidad de Georgetown, trasladando a los musulmanes que ocuparon el territorio ibérico por ellos llamado Al Andalus el inicio de las responsabilidades actuales de Bin Laden y mezclando la Reconquista con el resentimiento de los perdedores hasta convertir tales factores en causa de los litigios sangrientos vividos en nuestros días. Cualquier falsedad vale a poco que pueda seguirse un hilo conductor que, convenientemente arropado por datos más o menos inventados, distorsionados o inverosímiles, qué más da, otorgue un cierto crédito para consumo interno de cuantos necesitan este género de relatos a fin de continuar alimentando la fe de carbonero que mantienen ciegamente en el partido de la derecha.
Reescriben pro domo sua la historia que, naturalmente, se va aproximando de nuevo a buena parte de lo que aprendieron de niños en los colegios del franquismo. Aludo sobre todo a la historia, la religión y la Formación del Espíritu Nacional, además de lo que escuchaban a sus padres y familiares más directos en conversaciones de sobremesa, mientras ensalzaban éstos al Caudillo y condenaban a los infiernos para toda la eternidad y un poco más incluso a los rojos, a los separatistas y a los masones. Su capacidad para la fabulación es inagotable. Baste con leer sus publicaciones y sus escribidores favoritos. Describen lo que ocurre en clave de tergiversación sistemática. Lo propagan en los periódicos, en las revistas, en las cadenas de radio y en muchos programas de televisión que son afines. ¡Qué cosas dicen, qué lenguaje construido sobre el improperio y la descalificación más ominosa de los adversarios, qué mentiras fabrican con el fin de suavizar o moldear a su gusto una realidad que no les es propicia!
Con motivo de la derrota electoral del 14-M, que no han asumido en el PP por mucho que sus portavoces más finos digan que sí, han hilvanado algunos una conspiración de alcance demencial en la que mezclan los ingredientes más increíbles con el objeto de demostrar que el triunfo del PSOE pudo sustentarse perfectamente en una especie de escalofriante aquelarre orquestado para terminar con el binomio Aznar-Rajoy gracias a una pila de casi doscientos cadáveres. Capitanea esta versión impúdica de los hechos Pedro J. Ramírez, secundado por su escudero Casimiro García-Abadillo, que ha redactado hasta un libro en torno a todo esto. Acompañan al cortejo mundial sectores influyentes del propio Partido Popular que dicen sin decir, señalan sin señalar, amagan y no dan y, en definitiva, se dejan mecer por una letra y una música que les absuelve de sus gigantescos pecados bélicos y de sus tres días de graves mentiras de Estado. Se ha especializado en este cometido el diputado Jaime Ignacio del Burgo, un reaccionario perteneciente al Opus Dei y miembro de la Comisión Parlamentaria del 11-M, donde difamó, por ejemplo, al diputado Olabarria, del PNV, acusándole de ser defensor de ETA. Del Burgo atiza el fuego de semejante conspiración, coopera en el delirio de Pedro J., remite cuestionarios a un confidente al que la justicia imputa el delito de colaboración con el terrorismo. Otros medios se suman a la paranoia ramirecística, como la COPE o La Razón.
En La Razón precisamente la locutora de las tardes radiofónicamente eclesiásticas, o sea de la COPE, Cristina López Schlichting deleitaba a sus fieles y, desde luego, a sus prelados o monseñores con uno de sus acostumbrados panfletos. Éste se titula "¿Otro Gal en el PSOE?", fue publicado el 8 de octubre e incrementa esa peligrosa deriva hacia la revisión de la historia y también del presente. Arranca con estas afirmaciones: "En los oscuros ochenta ciertos sectores podridos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a las órdenes de Rafael Vera y José Barrionuevo –y seguramente de Felipe González– desataron la guerra sucia contra el terrorismo. Por otra parte, las revelaciones periodísticas están desvelando ahora lo que ni la comisión del 11-M ni las investigaciones policiales habían mostrado sobre el atentado (...) Y resulta que hay cierto olor a putrefacción que nos resulta familiar del pasado". Ese olor es, evidentemente, el del GAL. Los razonamientos de López Schlichting, esta aparente beata del micrófono empeñada siempre en combatir a la izquierda, son una vez más insostenibles. Su calentura mental compite con la de algunos de sus colegas de El Mundo. Es de temer, por tanto, que vulnere los mandamientos de la Ley de Dios al incurrir en determinadas fantasías políticamente al menos morbosas. Parecidas a las de la periodista Carmen Gurruchaga, orientada ésta a cuestionar la colaboración francesa en la lucha antiterrorista a pesar del último gran golpe contra ETA. Veo que ambas periodistas, y no sólo ellas, no desfallecen jamás en su objetivo de rasgar la verdad hasta transformarla en una ficción a gusto de sus intereses y de sus prejuicios. ¡Menudos ejemplares del periodismo al revés!
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