De la conversa Uriarte. 12/12/04

Edurne Uriarte pertenece a la casta de los conversos. Esta ilustre catedrática de la Universidad del País Vasco no llegó a ministra con Felipe González, pero sí estuvo en la Ejecutiva del PSE. En los últimos años se fue acercando paulatinamente al PP vía Mayor Oreja, cuando algunos socialistas, unos ingenuos, otros no tanto, creyeron que ir de cruzada de la mano del ex ministro del Interior liberaría a Euskadi de la influencia malévola del nacionalismo, lo que precipitaría, por otra parte, el fin definitivo de ETA. Esa alianza no explícita, pero sí más que implícita, autoproclamada constitucionalista, fue alentada por Nicolás Redondo hijo, siendo éste secretario general del PSE, y por la prensa afín a los conservadores, aparte de algunos soportes notorios incrustados en el Grupo Prisa. Su consigna era ir a por todas, todos juntos en unión, socialistas y Partido Popular, con la consigna de al enemigo ni agua y si es preciso el choque de trenes, pues sálvese el que pueda.  Terminó, no obstante, tamaña gesta, con una significativa derrota en las urnas. Uriarte en aquella época fue invitada a escribir con regularidad y relieve en el diario ABC y también a participar en otras tribunas mediáticas de la derecha. Cada vez más se sintió halagada por José María Aznar y su corte de colaboradores, fue distanciándose de la izquierda no sólo en relación a Euskadi, sino en casi todo, se sintió hechizada por el ahora felizmente ex presidente del Gobierno y entró a formar parte de la casta aludida, donde por otros vericuetos, y entre otros políticos, periodistas y digamos intelectuales, coincidió, por ejemplo, con Cristina Alberdi. De ahí mi mención anterior a la condición de ex ministra de González.

Conversos ha habido siempre y es admisible que las personas cambien de criterio y modifiquen sus principios. Incluso que los rectifiquen a través de  enmiendas a la totalidad de sus antiguas creencias. No seré yo quien a mi edad, tan provecta, me rasgue las vestiduras por este, en ocasiones, escasamente ejemplar travestismo doctrinal. Pero yo siempre pregunto, antes de juzgar situaciones como la protagonizada por la profesora Uriarte, si los conversos salen ganando o perdiendo como consecuencia de su viraje. Si salen objetivamente perdiendo, tal cambio me merece todos los respetos. Si salen ganando, también objetivamente, aparte del respeto que todo ser humano en principio me merece, me acojo al beneficio de la duda. Es decir, me acojo a mi derecho a dudar al menos de la recta intención de estos caprichosos navegantes que avanzan hacia el sol que más calienta. En el caso de Uriarte apenas tengo dudas al respecto. Dio el salto en el esplendor de Aznar, en el momento en el que casi nadie apostaba por Rodríguez Zapatero. Era políticamente y periodísticamente una desconocida a escala nacional, aunque brillara algo en el firmamento de la política vasca. A partir de sus escarceos consiguió una proyección más que notable y es opinión compartida que hubiera llegado muy lejos de haber vencido Mariano Rajoy el pasado día 11 de marzo. De Cristina Alberdi, acogida actualmente a la protección de Esperanza Aguirre, sólo evocaré que su traición empezó a emerger con la guerra de Iraq, de la que se convirtió en defensora,  culminando su proeza con motivo de la vil huida de los diputados traidores de la Asamblea de Madrid, lo que supuso al fin y al cabo que la Comunidad acabara siendo gobernada por Aguirre tras haber sido derrotada por la coalición PSOE-IU.

Edurne Uriarte, según he apuntado, ha pasado a ser una ardorosa paladín de Aznar, como lo es Alberdi. En ABC la profesora vasca escribió recientemente un artículo titulado Odio a Aznar. Parte Uriarte de la descripción siguiente: "Parecía que lo sabíamos todo sobre la demonización de Aznar protagonizada por la izquierda española en estos (…) años. Pero la explosión de odio progresista que ha provocado su comparecencia del pasado lunes ha superado todas las previsiones. Desde aquello del "matón de derechas" espetado por Alfonso Perales, significativos periodistas e intelectuales han obviado todo argumento en una orgía de descalificaciones personales, insultos e intolerancia (…)".

Uriarte divaga achacando ese odio no tanto a Aznar como destinatario cuanto a lo que él representa, que es el PP, lo que le parece más grave aún. Puntualiza: "El lado más tenebroso de este odio es el 11-M. Porque si escarbamos (…) un poco en las reacciones progresistas encontramos el mismo fondo terrible que ya emergió en los días posteriores al 11-M y que es la inculpación de Aznar, es decir del PP, del Gobierno, por el atentado del 11-M. Si descargan tanta rabia y frustración en Aznar, si persisten en que se debe disculpar, es porque mantienen la acusación que ya hicieron entre el 11 y el 14-M: la intervención en Iraq provocó el atentado, Al Qaeda respondió al Gobierno, Aznar atrajo la furia fundamentalista (…) Pero además hay un segundo aspecto del odio a Aznar que afecta de lleno al papel del PP en la política española, y es la incapacidad que ha tenido una buena parte de la izquierda para aceptar y tolerar la mayoría popular durante dos largas legislaturas. Aznar tan sólo es el símbolo principal de la instalación en el poder de una derecha a la que la izquierda antifranquista todavía no ha conferido plena legitimidad (…) Denuncian que la derecha no ha aceptado la legitimidad de la victoria socialista el 14-M y, sin embargo, sus reacciones desvelan que ellos aún no han podido aceptar las dos victorias anteriores del PP, de Aznar".

La simpleza argumental de la profesora Uriarte salta a la vista. Cabría recordarle a tamaña devota de Aznar-PP que bastante más heredero en sentido estricto de Franco es el Rey Don Juan Carlos de Borbón. ¿Podría citar una sola vez que esa izquierda antifranquista (por cierto, hubo una izquierda no antifranquista, profesora Uriarte), una sola vez, haya arremetido desde el 23-F, incluso desde que la Constitución fue aprobada, contra la Monarquía vigente? Ni siquiera en las manifestaciones contra la guerra, y a pesar de la multitud de banderas republicanas que en esas inmensas concentraciones humanas fueron exhibidas, se oyeron gritos contra el Rey. ¿Por qué? No me responda, profesora, arguyendo que el Rey está por encima de la batalla partidaria. Eso ya lo sabemos. Pero el Rey, habiendo sido designado directamente por el dictador, contribuyó a la plenitud democrática que nos ha tocado en suerte vivir. Y ha mantenido una exquisita relacion, no podría predicarse lo mismo de Aznar respecto a él, con las izquierdas cuando han tenido oportunidad de gobernar, primero con González y más tarde con Zapatero.

En el imaginario colectivo de la izquierda y de amplios sectores del centro y de la derecha civilizada, en Euskadi y en Cataluña pongamos por caso, aunque a usted le repugnen los nacionalismos periféricos, Aznar y su PP sí evocan aspectos no menores de aquella infausta dictadura. Pregúntese usted por las causas y no estigmatice las consecuencias que, en efecto, son perfectamente visibles. Pregúntese asimismo por los motivos de una reacción tan contundente en las urnas del 11-M frente a esas dos tan elogiadas por usted legislaturas de la derecha. No cree, como insinuó aun tímidamente Ruiz Gallardón en su discurso en la apertura del último Congreso del PP, que "en algo habremos fallado". ¿Podría aportar usted, señora conversa, una referencia, una única referencia, de  carácter autocrítico o de solicitud de perdón o disculpa de Aznar a lo largo de sus once horas de comparecencia ante la comisión parlamentaria del 11-M? No podría ni usted ni nadie. Mintió en la huelga general, mintió en el Prestige, mintió en Gescartera, "caiga quien caiga" había advertido cínicamente, se creyó el emperador de El Escorial en la boda de su hija con Agag, mintió hasta el vómito y ante las cámaras de televisión a propósito de la guerra de su amigo Bush y volvió a mentir con su subalterno Acebes en los días trágicamente aciagos de la masacre llevada a cabo por Al Qaeda, no por ETA. ¡Qué paradoja tan tremenda, profesora Uriarte! Su admirado Aznar y todos los suyos, incluidos los conversos, buscaron entonces y continúan buscando a ETA desesperadamente. Necesitan a ETA para salvar su cara. Y en los cuatro días de marzo la necesitaban para intentar, como fuere, seguir en el machito. No se invente más cuentos, profesora Uriarte. El odio a Aznar no es más que el odio que la mayoría de los ciudadanos sienten hacia la mentira convertida en instrumento electoralista. Así de sencillo.

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