Luis G. del Cañuelo
Del antipolanquismo. 08/11/04
España ocupa el ominoso puesto 39 en la clasificación mundial de 2004 sobre la libertad de prensa, según el estudio elaborado por Reporteros Sin Fronteras (RSF) y presentado en público recientemente. Por encima de España se hallan, entre otros, países como Jamaica, Sudáfrica, Benin, El Salvador, República Dominicana, Costa Rica, Bulgaria y Cabo Verde, además de Nueva Zelanda, Trinidad-Tobago y Canadá. De los 25 países de la Unión Europea, 21 se encuentran entre los 40 primeros. El furgón de cola europeo lo ocupan Italia y España. La causa de los problemas en torno a la libertad de expresión en la república italiana esta obviamente vinculada al imperio mediático que controla el primer ministro Silvio Berlusconi.
En cuanto a España continúa pesando, como cada año, el factor ETA. Dice el informe, elaborado por 14 organizaciones colaboradoras de Reporteros Sin Fronteras en los cinco continentes junto a 13 periodistas, juristas y militantes de los derechos humanos, que "ETA ha reanudado la campaña de terror contra los periodistas que no comparten sus puntos de vista". Sin embargo, otra circunstancia agrava la situación española y hace retroceder a nuestro país en el tablero de la libertad de prensa: la manipulación del Gobierno presidido por José María Aznar a raíz del 11-M. El estudio de RSF concreta más y habla de "presiones directas ejercidas sobre los medios de comunicación por el Gobierno de Aznar cuando los atentados del 11 de marzo de 2004".
Reporteros Sin Fronteras ha recogido oficialmente algo sabido por todos, aunque negado hipócritamente por la mayoría de los políticos de la derecha, así como por lo que cabría denominar, con exactitud y no poca cautela formal, la prensa afín al PP o los medios afines al aznarismo. En aquellas tristes jornadas de marzo, entre la inmensa tragedia de los atentados islamistas en Madrid y las urnas abiertas el domingo día 14, Aznar intentó sin escrúpulo alguno difundir entre la ciudadanía la falsedad de que ETA había sido la autora de la matanza. Él mismo telefoneó a los directores de los periódicos de mayor influencia de Madrid y Barcelona a los que dio su palabra de honor en relación a que ETA había perpetrado crímenes tan horripilantes. Flanqueó al entonces presidente el actual secretario general del PP, Ángel Acebes en su condición de ministro del Interior. Nadie del sanedrín conservador osó alzar la voz para disentir de las mentiras que se propagaban desde el palacio de la Moncloa y lugares próximos.
Los principales dirigentes del PP participaron en la farsa con notorio protagonismo. Destacó en tan lamentable empeño el candidato a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, ahora presidente del PP, quien compareció ante las cámaras de televisión el sábado día 13 por la tarde, jornada de reflexión, con el fin de exhortar a los manifestantes que rodeaban las sedes de su partido, para mostrar así su indignación por las mentiras, que abandonaran el pacífico cerco. Eduardo Zaplana, a la sazón ministro de Trabajo y portavoz del Gobierno, se distinguió asimismo por su entusiasmo en defender la versión falsa sobre la autoría de los casi doscientos asesinatos. Zaplana en la actualidad continúa siendo portavoz, ahora del partido. Aznar estaba convencido no de que ETA fuera la culpable, sino de que si ETA lo fuera, el PP aún podría ganar, siquiera por la mínima, los comicios generales, mientras que si lo era Bin Laden la victoria sería para el PSOE, como al final terminó sucediendo. La intencionalidad electoralista pura y dura fue el motor de la actividad frenética como censor de Aznar. No hubo otra motivación. Que nadie, al respecto, se llame a engaño.
Algunos medios resistieron con coraje la avalancha moncloíta. Algunos medios contaron la verdad a sus lectores, oyentes o telespectadores. El honor de la profesión periodística en España quedó a salvo gracias a medios como la SER, CNN Plus, El País, El Periódico de Catalunya, La Vanguardia, ciertos programas informativos y de debate de Tele 5, la agencia Europa Press, determinadas televisiones autonómicas y otras de ámbito municipal o local, aparte sin duda de otros medios y también de muchos periodistas honorables que intentaron luchar contra las presiones gubernamentales a lo largo de esos días y se negaron a representar el papel de cómplices de una estremecedora patraña. Parece innecesario que este modesto servidor de ustedes cite a El Siglo. Su periodicidad le impidió estar presente en la refriega. Si lo hubiera estado, ¿quién puede dudar de qué lado se habría ubicado en tan decisiva batalla? Baste con leer este semanario en alguna ocasión para darse cuenta de por qué digo lo que digo.
Los medios de Prisa fueron de inmediato estigmatizados desde las tribunas de la derecha. La influencia de la SER, El País y Canal Plus junto a CNN Plus es formidable. Les fue atribuida una de las razones, quizás la más poderosa, de la espectacular derrota de Rajoy o, si se quiere, de Aznar, a pesar de que éste no se presentara. El odio africano que ya sentía Aznar contra el grupo que preside Jesús Polanco se multiplicó hasta el infinito a raíz de lo sucedido el 11-M y días posteriores. Recuérdese, por favor, que Aznar nada más llegar al poder político en la primavera de 1996 puso en marcha el aparato del Estado, incluyendo jueces como Gómez de Liaño, para destruir o dejar hecho trizas el holding periodístico más importante de España, el grupo mediático español de más prestigio internacional. La jugada le salió mal a Aznar sólo de milagro y porque de vez en cuando los dioses evitan castigos excesivos a los humanos más allá de las debilidades de éstos.
La animadversión del aznarismo en su conjunto hacia Prisa fue azuzada hasta el paroxismo por Pedro J. Ramírez y su alegre muchachada bautizada, por la época de mediados de los noventa del siglo XX, como AEPI o Sindicato del Crimen. Ramírez fue el comandante en jefe de toda esta tropa. El furibundo antifelipismo de casi todos sus componentes y las ganas irrefrenables de liquidar a la competencia se canalizaron en la operación de acoso y derribo contra Polanco y sus colaboradores más inmediatos. El Sindicato como tal acabó disolviéndose con estrépito y notorias peleas internas. Pero el rescoldo contra el polanquismo, cual si el gran patrón de Prisa fuera el jefe del hampa, persiste y su fuego se aviva con relativa frecuencia. Los hechos ocurridos en el pasado mes de marzo contribuyeron a que los rescoldos se convirtieran de nuevo en hoguera. No fue Zapatero el vencedor del 14-M, sino Bin Laden apoyado por Gabilondo, Cebrián, Carlos Llamas, Ceberio, Estefanía, Daniel Gavela y, en el fondo, moviendo los hilos cual el Padrino, Jesús Polanco o Jesús del Gran Poder. Delirium tremens.
Con la comisión parlamentaria de investigación sobre el 11-M en marcha, adentrándose en la recta final, mientras se aguardan con sumo interés las comparecencias de Aznar y de Zapatero, el fuego graneado contra Prisa se mantiene. Bastaría con oír la COPE de Jiménez Losantos o de cualquiera de sus otros predicadores para llegar de inmediato a tal conclusión. O bastaría asimismo con repasar, aun de forma liviana, las páginas de El Mundo, donde Ramírez ha recuperado sin disimulo alguno su aureola de azote del socialismo y, por ende, del polanquismo. La concesión a los Informativos de la SER del Premio Ondas de este año, precisamente por su cobertura de aquellos cuatro días de marzo, provocó la aparición de una crónica en la sección de Comunicación que hubiera podido ser incluida sin problemas en la edición del diario Arriba, si continuara publicándose, o del diario El Alcázar, de existir todavía. Ramírez, mientras, sigue rastreando cualquier pista de ETA en el 11-M, incurriendo en un periodismo de fabulación francamente atrabiliario, por si puede hacer in extremis un favor a su antiguo amigo del pádel. Ni siquiera sus camaradas del Sindicato, a excepción de los más contumaces u hoscos, le acompañan ya en la aventura. Prefieren bañarse en piscinas más transparentes y urbanísticamente menos turbias.
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