Luis  G. del Cañuelo

Del sofista Jon Juaristi. 03/05/04

Jon Juaristi replica en ABC los ataques contra él y contra ¡Basta ya! vertidos por mí en El Siglo a raíz de un artículo de Juan Aranzadi publicado recientemente en El Periódico de Catalunya. Me acusa de "la incorporación deliberada del antisemitismo (...) al discurso mediático de la izquierda dialogante, y esto sí que representa una desagradable novedad, al menos en España (como Alain Finkielkraut ha observado, ya hace tiempo que, en Francia, la judeofobia está en el campo progresista y no en el de los fieles a Vichy)". No voy a discutir con Juaristi sobre el antisemitismo. No he sido jamás antisemita ni lo soy ahora. No me falta ya mucho para acabar mi estancia en este mundo, pero estoy convencido de que –salvo que sufra grave merma de mis facultades mentales– moriré sin caer en la tentación de considerar a los judíos enemigos míos o de la humanidad en su conjunto. No tengo ningún motivo para ello. Tal simplificación es impropia del pensamiento progresista o de izquierdas, que es el mío desde principios de la década de los años treinta. Ningún pueblo ni tampoco ninguna etnia específica es enemiga per se de nadie. Hay judíos buenos, regulares y malos. Como en todas partes. Pero si alguien ha interpretado mis palabras en el sentido apuntado por Juaristi, le pido ciertamente disculpas. Nada más lejos de mi ánimo que ofender a los judíos.

Jon  Juaristi tiene todo el derecho, faltaría más, a exponer sus ideas y a defenderse de lo que considera críticas inaceptables como las que se pueden ocultar detrás de conceptos democráticamente rechazables, como el antisemitismo o la judeofobia. Claro que a Juaristi cabría, al menos, describirlo intelectualmente como un contumaz errático o, si se prefiere, un asaz tránsfuga ideológico, lo que dificulta conocer cuáles son en cada momento sus ideas. Ahora aparecen como muy coincidentes con las de José María Aznar. Ello en sí mismo no es ni negativo ni positivo. Constituye, simplemente, un dato revelador, máxime si se tiene en cuenta el padrinazgo ejercido en favor suyo por el ex presidente del Gobierno. Por otra parte, sería oportuno que enfriara sus arrebatos. Me refiero concretamente a cómo termina su artículo: "Queridos Cañuelo y demás familia: bienvenidos a la Europa antisemita. Bienvenidos a la Europa criminal".

Pero, hombre, Juaristi, ¿cómo se puede ser tan rústico o, para ser más sofisticado en la retórica, tan maniqueo en los análisis? Por ahí, por ahí se le ve el plumero del aznarismo. O conmigo o contra mí. Menudo párrafo, el  penúltimo: "No es, en efecto, inocente ni casual que el antisemitismo de izquierda emerja justamente ahora, tras la incondicional rendición de la nueva mayoría a la yihad. Basta desempolvar los rudimentos de la dialéctica del amo y del esclavo para entenderlo. El odio del que se somete se dirige contra quien resiste, y quien resiste al terrorismo islámico, hoy por hoy, es Israel. La izquierda europea –y la española– ha decidido que la verdadera y única resistencia está en las bombas humanas palestinas. Error garrafal. No hay diferencia entre los terroristas suicidas de Jerusalén y los de Leganés". Para Jon Juaristi no hay más terrorismo en la zona que el palestino. El Estado de Israel se limita a plantarle cara. Elude Juaristi fijarse en el método utilizado por el Gobierno de ese Estado para plantar cara a los que él denomina, sin incluir reserva alguna, terroristas palestinos. Brillante exhibición de simplismo, la de este intelectual converso. De simplismo made in Far West. Los malos, los pieles rojas. Los buenos, los soldados del Ejército del general Custer: murieron con las botas puestas, aunque antes hubieran atacado gloriosamente poblados de indios indefensos y durmiendo. La exaltación cinematográfica de la llamada conquista del Oeste empezó en 1903 con El gran robo del tren. Honor a los héroes del revólver y del fusil, muchos de ellos cazadores de indios a los que denominaban salvajes. ¿Como los palestinos?

Me permito decirle, asimismo, que debería usted matizar algo más,  a pesar de que sólo fuera para no incurrir en errores, seguro que involuntarios, por supuesto, que afloran en su escrito abeceístico. Cita usted a Alain Finkielkraunt, que es, en efecto, un reputado filósofo francés. En declaraciones a La Nación, de Buenos Aires, Finkielkraut señala: "Pienso que el odio hacia los judíos coexiste con el rechazo al antisemitismo y, quizás, en las mismas personas. El antisemitismo deshonrado por Hitler era el odio hacia un pueblo (...). Era sobre todo un antisemitismo "de competencia", ya que los judíos eran acusados a menudo de ocupar el lugar de los franceses, de instalarse en Francia como parásitos. Este antisemitismo no ha sido rehabilitado. Ni bien asoma la punta de su  nariz, es inmediatamente condenado por el conjunto de la sociedad. Pero lo que sí detecto es el surgimiento de un antisemitismo "de compasión", compasión hacia esas víctimas que son los palestinos. Este sentimiento se expresa muchas veces bajo la forma de una judaización de los palestinos, percibidos como los judíos de hoy. Hoy los judíos son condenados al ostracismo, no en tanto judíos, sino en tanto nazis, no por ser considerados miembros de una raza inferior, sino porque son vistos como racistas".

El mencionado filósofo no comparte esta visión que se tiene, por parte de muchos sectores progresistas, de los judíos de Israel. Pero sabe distinguir entre el antisemitismo de Hitler y el rechazo que provoca la actitud de Israel frente a los palestinos. No son, conceptualmente, la misma cosa. La primera, la del nazismo, que llevó al holocausto, es apriorística, irracional e intrínsicamente perversa. La segunda es puntual, concreta, basada en hechos objetivos, aunque sean percibidos de modo distinto, y totalmente contrapuesto, ya sea la óptica con la que se contemplan favorable a los judíos o a los palestinos. Puntualiza Finkielkraut: "Si bien es cierto que la crítica a Sharon es legítima, es también cierto que puede haber una crítica antisemita a Sharon. Hacer de Sharon un nazi es, desde mi punto de vista, la forma contemporánea de antisemitismo".

¿Actúa en ocasiones Sharon como una especie de nazi o de neonazi,   sí  o no? Esta es la cuestión. Si la reacción de los gobernantes de Israel fuera diferente de la que es habitual, sobre todo con Sharon en la presidencia del Gobierno, ¿serían objeto de tantas y tan intensas críticas los judíos en la actualidad? Estoy seguro de que no. Ocurre algo parecido a lo del famoso antiamericanismo de las izquierdas, tildado casi de genético por no pocos voceros de la derecha. He ahí otro tópico que se repite sin apenas fundamento. El presidente Clinton, más allá de sus múltiples equivocaciones y torpezas, logró que Estados Unidos gozara de la mayor aceptación en casi todo el mundo, también entre las gentes progresistas, desde el final de la II Guerra Mundial hasta nuestros días. Habría que preguntarse por qué. Del mismo modo que convendría preguntarse por las causas de la animadversión creciente de la mayoría de los ciudadanos hacia Norteamérica, singularmente de los ciudadanos de izquierdas, con Bush en la Casa Blanca.

Jon Juaristi, en sintonía con Aznar (con Blair y con Bush, y con Sharon, sin duda), sentencia que se ha producido "la incondicional rendición de la nueva mayoría a la yihad". Se refiere, naturalmente, a la nueva mayoría política surgida de las elecciones generales españolas del 14 de marzo. No entiende nada. O no quiere entender nada. ¿La incondicional rendición equivale a decir no a la guerra de Iraq? En los viejos tiempos de la antigua Grecia a los filósofos se les llamaba sofistas como honroso sinónimo. Después, paulatinamente, los sofistas fueron ubicados en otro territorio: el de la falsedad hábilmente articulada. O arteramente construida. Éste es su oficio actual, el de sofista, capaz de situar a la "familia" progresista en la "Europa criminal

Publicado en El Siglo 03.05.04

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