OPINIÓN E IMAGEN

La boda regia, peor que un error, es un síntoma
José García Abad
16.09.02

Me confesaba una personalidad conservadora, incluso aznarista, que la Boda marcaba una frontera, un antes y un después del regio acontecimiento. La Boda es, en su opinión, una muestra dramática de pérdida de papeles por parte del presidente del Gobierno; no un error puntual sino la demostración de una pérdida de sentido de la realidad, un abandono del talante de un gobernante como servidor público, una pérdida de la imagen sencilla del dirigente moderno. En definitiva, estimaba mi compañero de mesa y mantel, que el boato real de esta boda reflejaba algo peor que una borrachera de poder: el virus que afecta a quienes permanecen en el poder mucho tiempo; un virus que en España recibe el nombre de “síndrome de La Moncloa”. Es ésta una enfermedad que, paradójicamente, José María Aznar trataba de prevenir  autolimitando su mandato a ocho años. Mi comensal llegaba a considerar la grandiosa ceremonia como la apoteosis que marca un fin de reino.

Quizás la cosa no sea para tanto, pero lo que es evidente es que el acontecimiento desplegará un efecto más profundo y duradero de lo que quizás previera el presidente del Gobierno. Comparto, no obstante,  la idea de mi comensal de que se trata, más que de un error, de un síntoma preocupante. Hubiera sido mejor para todos que nos quedáramos  en esta fase final del gobierno Aznar  con el vídeo de éste ejerciendo con todo esplendor de presidente de la Unión Europea. En la recta final de su mandato, que de hecho concluirá, como muy tarde, dentro de unos meses, tras las elecciones municipales, prevalecerá la imagen de la boda de El Escorial, que a diferencia del evento europeo representa un alarde de Estado al servicio de algo muy privado. Es la privatización suprema de un presidente de Gobierno y la estratificación de su entorno familiar, algo sólo propio de los monarcas. El aislamiento monclovita es un virus muy pernicioso que debe alertarnos una vez más –no faltan los ejemplos históricos– de los peligros inherentes al culto a la personalidad.  ¿Cómo es posible que nadie advirtiera al presidente sobre tales peligros? Me viene a la memoria un viejo chiste: “Franco ha muerto”  informa acongojado un ministro a otro. Y éste replica: “Si, pero a ver quién se atreve a decírselo al Caudillo”.

Deseamos a los novios toda la felicidad del mundo. El protagonista de una boda es la novia, siempre radiante en el gran acontecimiento, y que, como una princesa, tiene el privilegio de llegar la última a la ceremonia. Estoy seguro de que a nuestros sencillos Reyes no les hubiera importado que la novia, acompañada de su egregio padre, llegara al monasterio un minuto después, infringiendo el protocolo que establece que después del Rey no debe llegar nadie. Pero los 20 minutos que tuvieron que esperar los monarcas en el interior del monasterio en un tenso silencio multiplicado por los 1.000 amigos invitados hasta que apareciera Aznar del brazo de su hija fueron de los más tensos que recuerdan los asistentes. La impresión que ha producido esta ceremonia real entre la gente sencilla –la boda de la “tercera infanta” como decía Carmen Rigalt–  será duradera. Creo que la discutida decisión del PSOE de no hacer sangre de este asunto ha sido finalmente acertada, ya que ha tenido la virtud de que, las mayores criticas se hayan producido entre la gente de derechas, que en esta ocasión no tenían que cerrar filas frente a los socialistas.

La lista de invitados es un documento de extraordinario interés sociológico. Dejando de lado la clase política –los subordinados directos del padrino en Madrid y provincias, así como el socialista de cabecera de Aznar– el foco ilumina a la flor y nata del régimen, empezando por la musa del PP, Inés Sastre, que hoy traemos a nuestra portada. Allí había un esmerado ramillete de guapos, ricos y de buena familia que marcan el estilo de la nueva derecha. Allí estaba el órgano oficial de todo este mundo que es el Hola y, a respetuosa distancia, los otros órganos periodísticos del régimen, públicos y privados. Brillaba con singular esplendor  el mundo empresarial oficial, el de los presidentes de las empresas recientemente privatizadas en compañía de los empresarios de la jet como Alberto Cortina o Pepe Barroso, Don Algodón. Una fiesta de fin de régimen en todo su esplendor que me recordaba películas como El Ocaso de los dioses  o El Gatopardo


volver