OPINIÓN E IMAGEN

Enric Sopena
El Príncipe ¿ausente? ( * )

Amalia Sánchez Sanpedro, excelente periodista que no se avergüenza de ser progresista o de izquierdas –cuando resulta más fructífero y menos arriesgado navegar entre dos aguas o, sencillamente, hacerle el juego a la derecha– ha publicado sus memorias. Las titula Pendientes de la Noticia. La narración es tan extensa como amena. Se trata de un recorrido que va desde los últimos tiempos de la dictadura hasta ahora, incluyendo la transición. Pues bien, cabría precisar, a propósito del título mencionado, que el rey Juan Carlos comenzó a ser noticia en positivo –cada vez más en positivo– a partir de las primeras elecciones democráticas, las del 15 de junio de 1977.

Evoca Amalia en el capítulo Tal como éramos que entonces “aprendimos a corear la canción del grupo Jarcha Libertad sin ira”. Precisa que el 20 de mayo de aquel año imborrable “el Rey (...) recibió por primera vez en La Zarzuela a Felipe González, acompañado por Javier Solana”. Y subraya que el retorno a unas elecciones libres en España fue saludado con efusión por la prensa internacional: “El influyente Time” repartía piropos dedicados a Adolfo Suárez y “otros dedicados al Rey”. Nadie apenas, en aquella época, daba un duro por un Monarca cuyo origen era la voluntad de Franco. Sin embargo, Juan Carlos supo que –para perdurar– debía ganarse a la ciudadanía. El heredero de la dictadura se transformó en padrino de la democracia. Incluso, en un ejercicio hiperbólico excesivo, fue consagrado por algunos como “el motor del cambio”. Por su parte, y según recuerda Amalia, Santiago Carrillo manifestó al ser aprobada la Constitución: “Mientras él respete la Carta Magna, nosotros le respetaremos a él”.

Juan Carlos aprendió de Nicolás Maquiavelo: “Quien llega al principado con la ayuda de los grandes se mantiene con mayor dificultad que aquel que lo hace con la ayuda del pueblo”. La cita está extraída de la edición de El Príncipe, publicada en 1994 por Temas de Hoy y prologada por Sabino Fernández Campo, hombre clave en la evolución de Juan Carlos y, sobre todo, en la tenebrosa noche del 23-F.

No obstante, parece poco probable que la simpatía popular de la que goza el Rey pueda ser automáticamente transmitida a su sucesor, el príncipe Felipe. Lo tengo escrito en El Siglo con alguna frecuencia. Muchos de nosotros ni hemos sido ni somos monárquicos por convencimiento intelectual o político. Pero nos hemos sentido confortablemente cómodos con Juan Carlos como Rey constitucional. Somos republicanos juancarlistas y compartimos, grosso modo, el impecable razonamiento de Carrillo. Pero pocas cosas nos unen al príncipe Felipe. Éste ha de ganarse el puesto como –salvadas las distancias y las circunstancias– hizo su padre. A él no se le pide lo que exigía el renacentista Maquiavelo: “El príncipe debe ir personalmente a la cabeza de su ejército asumiendo él mismo las funciones de capitán”.

Resulta preocupante, sin embargo, que Felipe ni siquiera estuviera presente en la celebración de la Fiesta Nacional. Claro que mientras él se hallaba en Nueva York, la bandera norteamericana avanzaba por la Castellana. Vistas las cosas así –desde la óptica aznarista–, la ausencia del Príncipe no fue tal. No en vano EE UU y España –como sucede entre Bush y Aznar– empiezan a ser una misma cosa. Aunque EE UU sea el Imperio y España, una de sus provincias.

 

(*) Publicado en la revista El Siglo.20.10.03


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