OPINIÓN E IMAGEN
Aznar no sabe nadar
MATÍAS VALLÉS ( *)
Según adelanta el titular, hoy aportaremos una revelación que conmoverá las bases del Estado de Derecho. Agárrense a los flotadores, porque el presidente hispanoespañol no sabe nadar. O por lo menos, no nada nada. No queremos comprometer la seguridad nacional o natacional -¿qué ocurre si un iraquí lanza a Aznar a una piscina por donde cubre?-, pero nuestra conclusión no brota de una elucubración a partir de su físico poco natátil, sino de una observación minuciosa. Francis Bacon, padre de la ciencia moderna, nos ordenó que "no debemos imaginar ni suponer, sino descubrir". Y así lo hicimos.
Como cada año, una calurosa jornada de agosto me embarqué rumbo a es Grau menorquín, y me acerqué al máximo al llaüt presidencial -el Sea Force One-. La labor de vigilancia se desarrolló ininterrumpidamente entre la una y las siete de una tarde bochornosa, tiempo sobrado para estudiar los hábitos del halcón peregrino de Rodríguez de la Fuente, cuanto más del singular Homo aznarensis. De una a tres, nuestro objetivo permanece a popa con la cabeza fija en un voluminoso libro. Es difícil apreciar si Aznar lee, o si se ha empantanado en una página de tan ardua intelección que su desentrañamiento le ocupa dos horas.
Curiosamente, el especimen investigado no se tira al agua de cabeza ni de pies. Por el contrario, desciende parsimoniosamente los escalones hasta el mar. Pese al calor asfixiante, jamás se moja la cabellera o el bigote, ni se aleja del contacto del barco. En ocasiones da la impresión de no separarse siquiera de la escalerilla maternal. De dar una brazada, ni hablar, pese a las tentadoras y transparentes aguas socialistas del entorno menorquín. Las cautelas parecen excesivas, máxime cuando el Líder Providencial está rodeado de hombres rana, desplazados en zodiac y encargados de desalentar a algún atún que osara atacar a Su Presidencialidad.
Los chapuzones de Aznar en es Grau son indignos de un bebé con manguitos. Evita mojarse el pelo incluso cuando se ducha al regresar a la embarcación, donde se cambia religiosamente el traje de baño -aquel día utilizó prendas de color rojo y fresa-. Dada su minusvalía natátil, su preparador Bernardino Lombao debiera incluir algún ejercicio acuático en la dieta presidencial, porque el golf no te sirve de mucho en un naufragio.
Inmóvil, Aznar no se deleita en ninguna ocasión con el paisaje, ni al trasluz. En todo el día no leerá un periódico, no sintonizará un transistor ni será interrumpido por un teléfono móvil. La realidad es él. A las tres, con esa puntualidad enojosa de los autócratas, comida con Ana Botella. Es el único momento de convivencia del matrimonio. En todo el día no intercambiarán ni un solo comentario, ni una carantoña, ni una picardía. Se lo tienen todo dicho. Una relación bien lubricada.
Por el barco tontean el primogénito -campeón de rallies en Italia- y su novia, pero no nos detendremos en los secundarios del drama. Finalizado el ágape, Botella se ausenta para dormir una siesta en las cavidades de la nave. Aznar vuelve a sentarse enfrente de un libro, en la misma popa de antes. Durante cuatro horas más. A lo largo de toda la jornada, tres chapuzones sin despegarse del llaüt. No tiene habilidades ni debilidades. Lo hicieron de teflón. Su única excusa es que ese día decidiera la identidad del sucesor que ungirá mañana. Tal vez maquinaba el escarnio que dirigió a Jaume Matas en Ciutadella, recriminándole un discurso orientado exclusivamente a asuntos estatales cuando sólo es un líder provincial y no Providencial. Por fortuna para el mallorquín, Aznar no sucederá a Aznar. El protocolo de avistamiento en es Grau se repite a la mañana siguiente, para consolidar las conclusiones. Mientras el futuro ex presidente abandona el Port de Maó, ya está emplazado delante de su libro. No se rebaja a examinar ni por un momento las bellezas del puerto, que sólo los privilegiados han podido disfrutar con la guía del juez Mesquida. En resumen, Aznar no es contemplativo ni studiosus rerum naturalium. Sólo lee o hace tal que si, concienzudo como Franco pescando salmones trucados. Sus divagaciones sobre nacionalismo me importan tanto -y por idéntico motivo- como lo que opine Ronaldo sobre el mismo particular. Sin embargo, el saliente debería cerciorarse de que su sucesor nada con alguna soltura. Sin salir de Menorca, y en el capítulo de especies en extinción, Antich veranea con Salom, porque hay hombres que nunca escarmientan. Por supuesto, nos guardamos muchísimo de investigar esa simbiosis suicida, con tan escaso atractivo científico como el ciclo biológico de la Marmota flaviventris(*) Publicado en Diario de Mallorca, 31 de Agosto de 2003