OPINIÓN E IMAGEN

MARUJA TORRES ( * )
Veneno   

Hay un flujo negro paralelo, ponzoñoso, corrosivo. Mi propio televisor, pese a ser de buena marca, cometió suicidio. O eso creí.

Este vómito sin fin de la carcundia, este continuará del sectarismo, esta celebración del resentimiento. Esta retórica incontinente de señoritos malasombra. Este aleteo rencoroso de escaroladas damiselas. Esta mesa petitoria de adhesiones implacables. Este resurgir de vástagos amaestrados, que avanzan chulescamente, con los apellidos humeantes colgando de las caderas. Esta combinación de estreñimientos éticos y expulsión de zorullos patrioteros. Esta floración de conversos paniaguados. En suma, esta pervivencia insolente de la temible garrapata ibérica. La peor España, en estado de hemorragia intermitente.

El caso es que, en casa, mi tele fue la primera víctima. Dejó escapar un tristísimo quejido, al que siguió un pift de electrónico adiós a la vida. Me quedé helada, porque lo hizo en el preciso instante en que una de las cadenas gubernamentales estaba emitiendo el anuncio de un glorioso Tercer grado, a aplicar a Ana Botella en calidad de suma invitada. Era tanta la oportunidad del soponcio, que le atribuí al aparato la última y suprema dignidad del suicidio en defensa propia.

¿Puede existir vida inteligente en uno de estos chismes?, se preguntarán. ¿Pueden los televisores parecérsenos hasta el punto de desarrollar un comportamiento humano? Recuerden a los androides Nexus 6 de Blade Runner: eran tan perfectos que uno de ellos llegó a plantearle dilemas filosóficos a Harrison Ford. ¿Acaso nuestros televisores no reciben, a tiempo continuo, como nosotros, cuanto necesitan para desesperarse? ¿Adónde van a parar las informaciones acumuladas, las voces y los rostros cuya identidad encarnan por unos momentos, las barbaridades y los bárbaros que a diario los habitan?

Pobre trasto. Soltó un humillo pardo y hediondo que se expandió por la sala de estar, hasta fundirse con el humillo pardo y hediondo que yo misma expelo. Lo peor de España había acabado con él.

Entonces vino un técnico: "Envenenamiento. Pasa mucho, últimamente". Abrió el aparato, le extirpó los telediarios atrasados y se los llevó para enterrarlos. Ahora el televisor está mejor que yo.

( * ) Publicado en El País. 23.01.03


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