MANUEL VICENT

Espejo antiguo de una mujer

El Dios del barrio de Salamanca, en Madrid, es entre todos el más acreditado. Para que esté por completo de tu parte hay que tener al marido y a los hijos en retratos con marcos de plata distribuidos por aparadores y consolas; sobre la mesa de centro unos ceniceros de cristal tallado; figurillas de porcelana en los anaqueles de la librería con enciclopedias y otros volúmenes en piel cuyos lomos hagan juego con el color de la pared entelada; bendecir la mesa y servir los fideos con menudillos en sopera de alpaca entre una Santa Cena y un bodegón castellano del siglo XIX con algún conejo o perdiz ensangrentada que se reflejen en vitrinas llenas de copas.

Ana Botella, como vecina, sería una de esas señoras que deja el ascensor perfumado cuando va los domingos con el marido a misa de doce y si te cruzas con ella te pregunta amablemente por las oposiciones de tu hijo a notarías o qué tal ha quedado la abuela después de la operación de cadera y al salir de la iglesia se quita el velo, abre el bolso de cocodrilo para remediar a un lisiado en la escalinata y después compra pasteles. Dios ama a esa derecha que huele a Dior y no duda de su bondad. Se trata de un Dios básico, el de Ana Botella, absolutamente politizado, según las Sagradas Escrituras del registro de la propiedad, que están en el tercer cajón del armario ropero bajo un mantón de Manila.

Ana Botella no fue una niña pija de Serrano, sino una chica conservadora del barrio de Salamanca tocando ya a la frontera de Peñalver o Alcántara donde empieza ya otro Dios. Fue colegiala de las Irlandesas, la mayor de trece hermanos en una familia de clase media profesional y eso quiere decir que habrá hecho muchas camas, habrá intercambiado muchas faldas y rebecas, habrá ido a muchos recados a la farmacia, probablemente habrá puesto muchos termómetros y habrá visto hacer croquetas aprovechando la sopa que ha sobrado del cocido. Ana Botella pertenece a la derecha sometida a los valores clásicos, pero da la sensación de que el mando ejercido en el trajín doméstico sobre doce hermanos lo practica ahora sobre el marido, los hijos, los fontaneros, secretarias, servidores, criados, jardineros de La Moncloa y lo expande también por toda la política.

Cuando José María Aznar era todavía un candidato perdedor, una tarde fui invitado a tomar café en su casa del parque del Conde Orgaz. El futuro presidente, en mangas de camisa, aunque con gemelos de oro, repantigado en un butacón se fumaba un puro con aparente autoridad, pero, si bien Ana estaba sentada sobre la arista del sofá con las manos plegadas en el regazo, el vientre muy hacia dentro y el tronco erguido guardando la visita, daba la ineludible sensación de que era ella la que mandaba allí, porque no había opinión que su marido tan sobrado no le consultara con los ojos. Ana no era una de esas mujeres que riza el meñique al elevar la taza a los labios. Estaba pendiente como un halcón femenino de cada palabra, de cada gesto para que no escapara de su control. La charla tenía lugar en el salón al pie de una biblioteca, como diría Borges, muy poco fatigada. La mayor parte de los libros eran de un lujo encuadernado. Entre los lomos de piel con incrustaciones de oro resaltaban cuatro volúmenes de tapadura de la editorial mexicana Oasis, los únicos que estaban muy manoseados. Eran las obras completas de Manuel Azaña. Me sorprendió verlas allí. Ana dijo: "Se las regalé yo. Las compré de segunda mano en el Rastro por 1.200 pesetas". En la vida siempre hay cosas que uno no espera.

Ana y José María eran compañeros de curso en la facultad de Derecho de la Complutense. Se licenciaron en 1975, año en que Franco estiró la pata, y juntos hicieron el viaje fin de carrera a Roma, Atenas y Estambul, casualmente sentados uno al lado del otro en el avión. Tal vez les unió la infame naranjada de Iberia, pero, de hecho, se hicieron novios antes de aterrizar de nuevo en Madrid y enseguida emprendieron cada uno su respectiva oposición. Hay que imaginar a la pareja de tortolitos en aquellos días duros, agrios, libertarios de la Transición. Mientras los estudiantes y obreros corrían delante de los guardias bajo la lluvia de pelotas de goma dentro de una nube de gases lacrimógenos, donde también había tiros de verdad por la espalda, Ana le tomaría a su novio los temas de Hacienda Tributaria ante un café con leche en una cafetería las tardes de domingo. Ellos se labraban el porvenir sin meterse en política. Puede que José María fuera zascandileando con panfletos de la Falange Auténtica, pero Ana tenía los pies en el suelo y en ideología iba por el carril de la derecha hormonal de toda la vida, una Alianza Popular con varios ministros franquistas. Oposiciones, boda en 1977, arroz de los amigos al salir de la iglesia, la felicidad del orden en casa y la bendición de los hijos.

Ana Botella, funcionaria del Estado, siguió a su marido, inspector de Hacienda, destinado a Logroño, una ciudad de provincia donde las tardes eran muy largas. Allí Ana llevó a José María por el camino verdadero. Ella ya era militante de Alianza Popular. La sede estaba en un piso cuya escalera olía a guiso de coliflor. Allí lo mandó Ana para no verlo inquieto y aburrido en casa. José María llamó al timbre. Abrió la puerta un mindundi de base y le preguntó qué deseaba. "Quiero hacer política, me manda mi mujer, que es del partido", contestó el inspector de Hacienda. Y así todo seguido hasta poner las patas sobre la mesa junto a las de George Bush en la Casa Blanca. Mientras su marido recorría ese camino ella llevaba a los niños muy peinados y los rasgos de su rostro se iban haciendo voluntariosos y antiguos, de mujer fuerte.

Probablemente Ana Botella no ha leído un ensayo en su vida, ni tiene ningún interés especial por la literatura, el arte o la música; su estructura mental se funda en ideas básicas conservadoras, siempre derivando hacia lugares comunes, absolutamente rancios, aunque orlados con ideas de alguna ONG moderna. En este sentido es una mujer sin fisuras. En el damero femenino no se parece en nada a Eva Perón, ni a Hillary Clinton, ni a Carmen Romero. Evita llegó a España con una capa de plumas de marabú y una esclava de diamantes de un millón de dólares en el tobillo. Ana hace caridad con los desheredados vistiendo modelos de costura que combina bien. Hillary es una cornuda intelectual que ha tragado con los adulterios de pie, contra la pared del despacho de su marido; en cambio, Ana Botella en un arrebato de hembra hispana hubiera arrojado por la ventana de La Moncloa a Monica Lewinsky y detrás a José María con los pantalones en las rodillas. Por otra parte, si Carmen Romero y la mujer de Suárez apenas se hicieron notar, Ana manda en la sombra hasta límites insospechados y pese al aspecto de milhombres que tiene Aznar, el presidente del Gobierno da la sensación de que el primer objetivo que se ha propuesto en la vida es el de no desmerecer ante su señora.

Ahora Botella ha irrumpido en la política como el corcho de una botella de cava. En esta sociedad sin ideales la política se hace con imágenes, golpes de efecto, cotilleos de tertulia y telediarios basura. No cabe duda de que esta mujer pasará como un viento caliente de secador de peluquería por todas las portadas de revistas convertida en materia de degustación para una infinidad de marujas. Ana Botella pertenece a la derecha de toda la vida, que hace caridad perfumada, que se afinca en las opiniones del confesor y que sueña con casar bien a los hijos con familias establecidas y bien pensantes. La boda de El Escorial es la lacra de un mal sueño: tratar de pasar de una clase media de valores clásicos con caldo de fideos en sopera de alpaca a un mundo de oligarquía financiera aristocrática. Desde esa altura se inician las caídas.

(*) Publicado en El País. 12.01.03

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