OPINIÓN E IMAGEN

MANUEL RIVAS ( * )

El 'Prestige' no se ha hundido

Oh madre
¿qué he de clamar?
Pedimos una comisión,
una comisión representativa,
una comisión de investigación
Dimisión dimisión dimisión

(Dificultades de un estadista, T. S. Eliot)

No se puede mirar al mar en vano. El mar crea lenguaje. A través de la mirada, el mar penetra en los sentidos interiores, nos traslada su metabolismo, lava las palabras y escupe, tarde o temprano, las mentiras. Si miras al mar, si lo miras de verdad, es muy difícil decir bobadas. Hay en el mar una voluntad de estilo, una gravedad, una exigencia que mide nuestra talla. Diógenes superó su tartamudez conversando con el mar y con dos cantos rodados en la boca. Por cierto, fue Diógenes quien acuñó la expresión "por la sombra de un burro" para aludir a las maniobras de distracción que impedían debatir en el ágora lo realmente importante para Atenas.

Y aquí nos tienen. Perdiendo el tiempo. Batallando con las sombras de burro. Pero la última sombra que se ha cernido sobre el ágora, la inquisición contra Nunca Máis, es algo más que una maniobra de prestidigitadores para que el pueblo cambie de conversación. Es una sombra viscosa, de una extraordinaria gravedad para el medio ambiente democrático. Se trata del uso y abuso de los resortes del poder del Gobierno para atacar la honorabilidad, el patrimonio moral, de los ciudadanos que han ejercido en Galicia su derecho a la discrepancia. No es que alguien haya perdido los estribos. Lo que ha perdido es el jinete.

Hay un detalle importante en la intrahistoria del caso Prestige. Ni Aznar ni ninguno de los miembros de su gabinete que arrastraron los pies hacia Galicia tuvieron el gesto de mirar al mar. Se les ha criticado por la tardanza y por no pisar el chapapote para distinguirlo de la moqueta. Pero a mí me ha llamado más la atención esa falta de instinto para mirar de frente al mar. Un haiku japonés dice: "El asunto del pino apréndelo del pino, y el del bambú del bambú". Aznar fue a Galicia para verla en un mapa. No miró al mar. Lástima. Allí, al lado de la Torre de Control Marítimo, están las Penas das Ánimas, unas rocas bien conocidas por los coruñeses y donde el mar escribe sus memorias. De haberlo escuchado, aunque sólo fuese el tiempo de un haiku, quizás hubiese aprendido algo importante. Algo que no tiene que ver estrictamente con la política ni con la lucha por el poder. Por ejemplo, que el mar existe, que es la gran víctima en esta historia, y que el movimiento cívico surgido en Galicia con el nombre de Nunca Máis es la respuesta a un SOS, un compromiso de la sociedad con el mar, un pacto de supervivencia y un principio de esperanza. El mar que entra en las rías gallegas sabe muy bien que él tampoco sobrevivirá si la gente que las puebla pierde el principio de esperanza y renuncia a defender su hábitat, su ecosistema. Es decir, su país, su casa, su hogar.

Galicia no es un país ni remoto ni exótico: hoy sabemos que estamos en primera línea de la "sociedad de riesgo". La plaga anterior, la de las vacas locas, también fue, es, una crisis moderna, resultado de otra gran operación especulativa de un capitalismo impaciente. En ese estado de riesgo, la sociedad civil tiene el derecho y la obligación de luchar por su seguridad. De demandar medios públicos y políticas activas para garantizar nuestra seguridad. Sí, señor Aznar, este también es un asunto de alta seguridad. Recuerde a Karl Popper: la seguridad es directamente proporcional a la conjugación de libertad y justicia. Hemos ejercido nuestra libertad. Y queremos justicia para tener algo más de seguridad en el futuro. Una justicia que pasa por la creación, sin más dilaciones, sin más "sombras de burro", de una Comisión de Investigación en el Congreso de los Diputados. Si la creada en el Parlamento gallego quedó cercenada por no tener competencia para interrogar a quienes dependan del Estado (por cierto, ¿no es parte del Estado democrático el Parlamento gallego?), sólo de ustedes depende que se investigue o no la verdad. Una verdad, repito, que tiene que ver con nuestra seguridad.

Sí, el mar lava las palabras, regenera el lenguaje, devuelve sentido. En realidad, podríamos definir Nunca Máis como un movimiento conservador allí donde los políticos "conservadores" carecen de la mínima conciencia conservacionista y desprestigian, por ineficaces frente a lo privado, los servicios públicos que ellos mismos gestionan. Nunca Máis pretende la conservación del mar. Pretende que el mar de Galicia sea declarado área sensible, después de acumular una Deuda Histórica de Catástrofes. Pretende, por esta razón, que se establezca aquí la Agencia Europea de Seguridad Marítima, reclamación gallega que antes de la catástrofe del Prestige fue boicoteada por el actual presidente de la Xunta y su partido. Pretende llevar a todos los foros españoles, europeos, internacionales, la necesidad perentoria de reforzar los instrumentos técnicos y legales para preservar el medio marítimo. Nunca Máis no recaudó ni una perra de beneficencia con destino a los afectados porque el objetivo de Nunca Máis, obviamente, no podía ser suplantar a la Administración, sino, bien al contrario, exigir una Administración eficaz. Y los pasos que dio la Administración los dio, en gran parte, urgida por la protesta de Nunca Máis. Porque, además, y esto es algo que no entienden los hombres que no saben mirar al mar, Nunca Máis no es otra cosa que la respuesta multitudinaria, activa, solidaria, de un país afectado. Afectado en su ecología, en su economía, y también en su estado de ánimo.

¿Qué hubiera pasado de no surgir Nunca Máis? ¿Cuál sería nuestra situación hoy? ¿Qué dirían de los gallegos esos mismos que ahora nos calumnian por protestar? ¿Dónde estaría nuestro sentido comunitario, la responsabilidad con nuestros hijos? ¿Qué pretendían? ¿Que nos hubiéramos tragado toda la ristra de mentiras, sus bedtime stories, sus cuentos para ir a la cama? ¿Que nos hubiéramos encerrado en casa, como clientes sumisos, rumiando como siempre una mezcla de rencor y resignación? ¿Que nos tirásemos de cabeza contra los acantilados como las ballenas orca de Burela?

En la obscena campaña contra Nunca Máis, atizada en las comparecencias que siguen a los consejos de Gobierno central y Xunta autonómica, en Madrid y Santiago, se ha empleado el lenguaje y las técnicas de intoxicación del franquismo. Se ha hablado de "cabecillas" para calificar a ciudadanos libres, se ha difamado a ciudadanos honrados, se ha identificado a quienes ejercían sus derechos constitucionales de forma ejemplar y pacífica con "radicales, extremistas, primos de Batasuna y de jarraikos". Y todos sabemos la intencionalidad última de esa infamia. Se han utilizado medios de comunicación afines y los públicos para propagar la intoxicación, con la participación, no sé si entusiasta, de ese tipo de personajes que en gallego llamamos os da patadiña (los cobardes que dan la patada por detrás a quien está siendo agredido). Por supuesto, esos medios han silenciado las conferencias de prensa de Nunca Máis sobre su composición y exangües cuentas. Aparece, ¡oh, casualidad!, un denunciante con vínculos ultraderechistas. Y a continuación, con súbita diligencia, intervienen el fiscal general del Estado y el fiscal jefe de Galicia para investigar... ¿Investigar qué? ¡Investigar a Nunca Máis!

Mientras el Prestige sigue ahí, mientras el fuel, en la precisa descripción de un técnico francés, "avanza, entre aguas, sigilosamente", pretenden convertir el caso Prestige en el caso Nunca Máis. Todo parece responder a un tosco guión de serie negra. Atrás quedan los intentos del Partido Popular de Galicia para sumarse a la plataforma, atrás el Nunca Máis que Aznar enseñó a pronunciar a George Bush, atrás la confesión de Mariano Rajoy: "Sólo el pueblo gallego ha estado a la altura de las circunstancias".

Detengámonos, pues, ante las "sombras de burro". Nunca Máis está compuesta por la asociación libre de decenas de entidades legales, en su gran mayoría de carácter sindical, profesional, ecologista, o vecinal, preferentemente vinculadas al mundo del mar. Y en ella han confluido grupos locales y una gran parte de las personas que en Galicia desarrollan una actividad cultural, agrupadas en Burla Negra. Quien intente explicar Nunca Máis por el viejo esquema de un partido o vanguardia que, cual flautista mágico, arrastra a las masas no entenderá nada de lo que pasa en Galicia. No valen los antiguos esquemas. Nunca Máis expresa una revalorización del concepto de ciudadano, un ciudadano activo que demanda información veraz y participación para afrontar los problemas que le afectan gravemente. Es un movimiento de raíz democrática y conservacionista y algunos políticos hacen muy mal en tirar piedras contra ese tejado. No ha nacido para la competencia electoral. De no surgir Nunca Máis, el espacio que quedaría sería el del nihilismo y el desprecio a lo político. Las personas que han hablado en su nombre han dado siempre la cara, sabiendo lo que eso significa hoy en Galicia, donde hablar de listas negras no es una entelequia. Pero hay una Galicia del valor que sabrá decir lo de Quevedo: "No he de callar, por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises, o amenaces miedo".

En lo que se refiere a las cuentas de Nunca Máis, la campaña del Gobierno tiene un tinte macabro. Es como si no se hubiera hundido el Prestige y alguien decidiera no mandarlo finalmente al quinto pino, sino darle un giro de 360º y dirigirlo en regadera hacia la gente, hacia el lado limpio, tratando de manchar a la sociedad gallega.

La cuenta pública de Nunca Máis, en la oficina principal de Caixa Galicia en Santiago, debe ser una de las más transparentes de España. Cuando se puso en marcha la maquinaria de la infamia, el 8 de enero, los ingresos sumaban 85.901 euros, menos de 15 millones de pesetas. Sólo una pequeña cantidad, unos 21.000 euros, procedían de aportaciones exteriores, pues siempre se insistió en todos los folletos, llamadas telefónicas y páginas web que las donaciones directas para afectados deberían enviarse a las instituciones o cofradías. Al contrario, he visto a mucha gente de Nunca Máis rascarse el bolsillo como la he visto emplear horas y horas en limpiar chapapote.

No estamos hablando de un ente ideal. Dios me libre. Pero sí defendiéndonos de un tirón antidemocrático. De los que pretenden robarnos la dignidad y la esperanza. Hace ahora 20 años conseguimos con otra movilización ejemplar el cierre del cementerio de residuos radioactivos en la Fosa Atlántica, a 300 millas de Finisterre. También entonces algunos nos llamaron locos y radicales por ponerse debajo de los bidones. Pero lo conseguimos. La gente de mi generación ha vivido ya ocho grandes catástrofes de contaminación marina en Galicia. Muchos consideramos que ya es suficiente. Que hay que conseguir todos los medios posibles para que no vuelva a repetirse un daño de estas dimensiones. Lo hemos jurado ante el mar.

( * ) Publicado en EL País.18.01.03


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