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LA NOTICIA DEL DÍA
LOS VIAJES DE LA CRISIS DEL PRESIDENTE FRANCISCO CAMPS
El presidente de la Generalitat, Francisco Camps, ha optado por un modelo distinto del de Barack Obama. A medida que ha empeorado la situación socioeconómica de la Comunidad Valenciana más viajes al exterior ha realizado. Este fin de semana Camps ha concluido su quinto desplazamiento al extranjero en lo que llevamos de año, una misión que ayer calificó de "positiva". Ha sido un viaje de una semana a Brasil en el que ha estado acompañado del núcleo duro de su gobierno (los consejeros de Economía, Industria, Infraestructuras y Sanidad) y una delegación empresarial.
Ha sido un periplo transoceánico que se ha traducido en un puñado de convenios destinados a incrementar la colaboración entre la región brasileña de São Paulo y la Comunidad Valenciana. Sin embargo, Camps no ha podido evitar que hasta el otro lado del Atlántico llegasen los ecos de la mala situación económica por la que atraviesa la Comunidad Valenciana, con más de medio millón de parados registrados en las oficinas del Servef, y las críticas tanto internas (de la oposición), como externas (el Financial Times puso la economía valenciana como ejemplo de modelo obsoleto).
"Frente a aquellos que quieren hacer demagogia con este tipo de acciones políticas y buscarle una intencionalidad que no es la real, quiero decir que se trataba de desplazarse allí para buscar nuevas oportunidades de negocio", argumentó el pasado viernes la portavoz del Consell, Paula Sánchez de León, que sentenció: "El presidente de la Generalitat estuvo donde creímos que debía estar, buscando mercados para la Comunidad Valenciana".
El contrapunto lo puso la oposición. "¿Qué ganan los parados valencianos con los viajes de Camps?", se preguntó el diputado socialista Manuel Mata, que ha presentado una batería de preguntas en las Cortes sobre los desplazamientos del jefe del Consell. Lo cierto es que hasta la fecha es difícil de saber. El Consell no explica qué personas componen la delegación, elude anunciar con antelación el programa detallado de actividades -ni siquiera al Parlamento- y, lo que es más importante, no explica cuál es el objetivo de la misión más allá de declaraciones genéricas y la idea de vender la imagen de la Comunidad Valenciana en el extranjero. A todo ello hay que añadir que Camps, a diferencia de sus predecesores, evita siempre viajar con periodistas. De modo que la principal fuente de información de los viajes de Camps es la propia Generalitat y su contenido difícil de contrastar.
Durante la última semana, Francisco Camps ha mantenido una frenética actividad en São Paulo y Brasilia. En sus jornadas brasileñas el jefe del Consell ha mantenido entrevistas protocolarias con cargos locales, regionales y estatales de Brasil y ha asistido a la firma de distintos convenios de colaboración entre la feria, el puerto y la Administración valenciana con sus homólogos de São Paulo. La diputada socialista Cristina Moreno denunció el pasado jueves en las Cortes que, al menos en apariencia, no hay nada nuevo bajo el sol en lo anunciado por la Generalitat y reclamó la presencia de un presidente que huye del control parlamentario y una realidad incómoda. De hecho, explicó Moreno, el puerto mantiene relaciones con el de São Paulo desde 2004, la oficina del Ivex en Brasil lleva varios años trabajando y la feria también mantiene vínculos con sus homólogas del otro lado del Atlántico. Tampoco es novedad el anuncio de celebración en Valencia de la asamblea de la Asociación Latinoamericana de Metro y Subterráneos que el año pasado se realizó en Barcelona, que prevé con antelación las sedes de sus próximos encuentros.
Los representantes de las organizaciones empresariales, pese a ello, se muestran satisfechos con el viaje a Brasil, especialmente los que representan a las constructoras y a las consultoras, que han visto cómo Camps les facilitaba la posibilidad de hacer negocio en el gigante Latinoamericano, que tiene por delante la organización de un Mundial de Fútbol y unos Juegos Olímpicos y muchas infraestructuras por levantar.
Pero si el viaje a Brasil ha estado cargado de contenido, más polémicos han resultado los desplazamientos anteriores. El pasado 18 de enero Camps saltó hasta la orilla del Pacífico, a través de Canadá, para mantener una entrevista con el presidente de Microsoft, Bill Gates. El motivo oficial fue la firma del convenio para ubicar un convenio de la multinacional informática en Torrevieja. Lo cierto es que Gates está dedicado casi en exclusiva a la fundación que tiene con su esposa -dedicada a acciones humanitarias en el África subsahariana- y Camps se centró en dar a conocer al presidente de Microsoft la Comunidad Valenciana. Para ello, Camps intentó despertar el interés de Bill Gates con el programa de cooperación de la Generalitat y se mostró dispuesto a colaborar con su ONG.
La firma del acuerdo con Microsoft ya se había formalizado en la semana del 25 al 30 de enero que el jefe del Consell pasó en Nueva Cork. Un acuerdo que rubricó la presidenta de Microsoft España, María Garaña, que había visitado a Camps en el Palau con anterioridad. El viaje a Nueva York, la ciudad que el presidente ha visitado oficialmente en más ocasiones desde que preside la Generalitat, se trufó de varias reuniones promocionales. La agenda dejó tiempo a Camps para ir a visitar la parroquia de Sant Vicent Ferrer en Nueva York, entregar allí una senyera y defender la valencianía del santo ante el párroco.
La semana americana se completó con dos viajes, uno antes y otro después, a Bruselas. El primero, para acompañar a la Fundación Manuel Broseta en la entrega de su premio a Javier Solana.
Compromiso que le permitió eludir el Día de la Comunidad Valenciana en la Feria Internacional de Turismo (Fitur). El segundo para arropar al presidente de Murcia, Ramón Luis Valcárcel, en su aspiración de presidir el Comité de Regiones de la Unión Europea.
La oposición parlamentaria reclama ahora de nuevo que Camps rinda cuenta de sus periplos ante la Cámara, aunque no confía demasiado en que lo haga.
(www.elpais.com, 08/03/10)
La samba de Camps
Se dice, con razón, como estamos observando en los últimos años aquí, allá y acullá, que a los políticos de fuste hay que verlos actuar cuando pintan bastos. Con el viento de cola, cualquiera puede aspirar a que le vean como un Roosevelt o un Churchill de nuevo cuño, pero cuando sopla la tramontana la fuerza del viento desnuda al rey, si no es buen marino, y lo que queda a la vista no suele despertar el ánimo contemplativo. Tal podría decirse del presidente de la Generalitat, Francisco Camps, cuya travesía en este cargo ha discurrido tan plácidamente como si fuera el Oracle de la última edición de la Copa del América hasta que la galerna que se oteaba allá lejos en el horizonte y que parecía que no iba a cruzarse en su camino, dio un giro brusco y se abatió con toda su violencia sobre la nave del Molt Honorable. Desde entonces, más que navegar, bracea, aunque no se sabe si para adelante o para atrás. Eso sí, coherente consigo mismo, sigue la hoja de ruta de siempre, consistente en edulcorar -o falsear- la realidad, malgastar el dinero público en onerosas fruslerías y quejarse de lo malos que son los demás.
El viaje a Brasil que ha encabezado Camps esta semana es la expresión perfecta de un político, herido por el escándalo de supuesta corrupción del caso Gürtel, que parece no comprender tampoco que estamos en una crisis económica sin parangón y que su territorio, la Comunitat Valenciana, es uno de los más damnificados en esta tesitura, entre otros motivos por la política que él y sus antecesores del PP han puesto en práctica en los más de quince años que llevan en el poder. El informe publicado esta semana por The Financial Times retrata con bastante precisión la deriva de una economía, la valenciana, que vive un "tiempo de resaca" a causa del "colapso" de la burbuja inmobiliaria.
De lo anecdótico a lo general
La Comunitat ha superado en febrero el medio millón de parados, casi el 22% de la población activa. Da vértigo escribir la cifra. Los últimos datos revelan que el PIB valenciano decreció el año pasado un 3,95%. Y la deuda autonómica, capitaneada por la de la Generalitat, sí que ocupa posiciones de liderazgo en España. Estos resultados son la consecuencia de una larga década en la que la industria ha perdido peso en el Producto Interior Bruto -de un 25,5% en 2000 a sólo un 17,4% en 2009- y en la que se ha permitido que la construcción se convirtiera en el gran motor del crecimiento (del 8,7% al 12,3%). Se han levantado tantas viviendas -para turismo y para segundas residencias de europeos y españoles que vendrían porque nuestro sol es el que más calienta- que, cuando se consiga venderlas, muchas de ellas precisarán de una rehabilitación. Digámoslo de otra manera: hemos levantado los pisos que tocaba para diez años pero no hemos creado la riqueza suficiente para que trabajadores y empresarios del ramo se pasen esa década tumbados a la bartola.
Pero lo peor ha sido la sistemática desatención a la política industrial, que es el sector clave para la innovación y la competitividad de una economía. Un detalle al respecto lo encontramos en las exportaciones que, aún manteniéndose Ford, han perdido en los últimos años su posición en el ránking nacional, ya superadas también por Madrid. La participación valenciana ha caído del 14,4% de 1995 al 10,3% de 2009.
Faltan estímulos
Es evidente que las administraciones públicas no pueden sustituir el papel de los emprendedores, pero sí estimularlos y crear las condiciones para que florezcan. Aquí prácticamente no se ha hecho nada de eso. Produce asombro constatar la escasa inversión pública en I+D+i, un intangible que es el fundamento de la modernización económica y que la Generalitat debería haber mimado en lugar de ejercer de capataz de obras.
Tomemos también como ejemplo los institutos tecnológicos, ahora que el Consell gimotea porque han sido presupuestariamente ninguneados por el Gobierno central, a diferencia de los de Cataluña y País Vasco. Estos centros surgieron en los ochenta con el entonces Gobierno socialista. Fueron una iniciativa verdaderamente pionera en España. Y muy imitada. Se trataba de destinar fondos públicos para generar en esos centros tecnológicos innovaciones particulares o generales que permitieran mejorar un tejido industrial muy atomizado. Nada más llegar el PP al Consell introdujo el término rentabilidad en unos institutos nacidos para tenerla de otra manera, como una aportación social, no como si fueran empresas con necesidad de obtener beneficios.
No se trata de minusvalorar el papel que están ejerciendo ahora mismo esos centros, sino ejemplificar una forma de acción política. Una actuación que no ha tenido el menor miramiento en incurrir en asombrosos endeudamientos públicos para poner en pie infraestructuras totalmente inútiles, como el Ágora -afortunadamente, la crisis ha derrumbado los rascacielos de Calatrava a tiempo de que se convirtieran en edificios fantasma- o para atraer a Valencia los más variopintos eventos, en su mayoría con escasa rentabilidad más allá de relativas cuestiones de imagen: ¿cuántos de ustedes han viajado a Hungría atraídos por la carrera de Fórmula 1 en Hungaroring?
Ésa ha sido la política que se ha seguido en los últimos años: un brindis al sol, todo para el escaparate. Nada, prácticamente nada, dirigido a sustentar el tejido productivo, ése que, con un trabajo constante y paciente, nos habría acercado, ahora que llueve a cántaros, a las regiones alemanas más avanzadas, en lugar de alejarnos. Ahí sí que hubiéramos sido la envidia de todos. No era necesario, como Camps y su antecesor Eduardo Zaplana han dicho sin recato, irse tan lejos como a California o Florida.
Viento en contra
El pasado ya no se puede remediar, pero lo peor es que en el presente, en medio del huracán, nuestros capitanes sigan gobernando la nave como si tuvieran brisa en popa. Lamentablemente, así parece. Fíjense en el viaje de siete días a Brasil en una semana en la que Camps tenía sobre sí otra dolorosa comparecencia en las Corts con el caso Gürtel en la palestra. Este tipo de misiones comerciales destinadas a mejorar la presencia empresarial en otras zonas requieren de una minuciosa preparación. Se trata de, con el ariete que introducen los políticos, poner en contacto a empresarios de diferentes áreas geográficas y, en ocasiones, distintos sectores para que comercien o colaboren. Hay que hacer una labor de campo previa importante.
Lo que no es de recibo, como parece el caso, es que se organice con cierta precipitación y que la delegación la integren, exceptuando tres empresas -sólo tres-, los mismos que desde hace años se ven las caras día sí, día también aquí en Valencia, a saber, Camps, sus vicepresidentes Vicente Rambla y Gerardo Camps, el conseller de Infraestructuras Mario Flores y los presidentes o vicepresidentes -alguno fue a regañadientes- de las Cámaras, el puerto, Feria Valencia, las tres patronales provinciales, la autonómica Cierval...
Y todo ello para firmar varios convenios de una vacuidad presumible -¡qué socorridos son el puerto y la feria de Valencia para estos menesteres!-, mantener algunas reuniones protocolarias y una comida con un grupo de empresarios de Sao Paulo en la que Camps, el líder de la misión, intentó atraer la atención de sus interlocutores afirmando que la Comunitat Valenciana "es la parte más moderna y feliz de España". Para completar el panorama, Gerardo Camps, en otro momento de la visita, aseguró que la valenciana es un ejemplo de economía "equilibrada". Demasiado a menudo dan la impresión de que el Financial Times, desde luego, no lo leen, y que su única vía de información es Canal 9.www.levante-emv.com 07.03.10
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